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Democracia Manchú

Por Fernando Navarro
viernes 01 de diciembre de 2023, 06:00h

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El psicólogo Leon Festinger desarrolló la teoría de la disonancia cognitiva a partir de experimentos tan pintorescos como este: póngase un anuncio en prensa para contratar personal, encárguese a los candidatos los trabajos más horrorosamente aburridos que se pueda imaginar, y ofrézcase al terminar un dinero adicional si aceptan mentir a los siguientes candidatos contándoles que el trabajo ha sido interesantísimo. El caso es que entre los que aceptaban el soborno y mentían –aquí está la gracia- se producían dos reacciones diferenciadas: si les habían dado una cantidad significativa asumían que habían mentido y santas pascuas, pero si la recompensa había sido magra se convencían de que el trabajo no había sido, en realidad, tan aburrido. Festinger lo formuló así: la concurrencia simultánea de creencias y conductas irreconciliables pueden llevar al individuo «al reajuste de las creencias para acomodarlas a la conducta, en vez de cambiar la conducta de acuerdo con las propias creencias». En el experimento, las creencias «mentir está mal» y «yo no soy un cutre» chocaban con la conducta «estoy mintiendo por una miseria», así que –en lugar de dejar de mentir y renunciar al dinero- resultaba más sencillo hacer ajustes en la parte más débil, que siempre es la realidad: no he mentido porque realmente el trabajo no era tan aburrido. Curiosamente esto mismo practicaron los chinos en la guerra de Corea. Ofrecían a los prisioneros norteamericanos pequeños suplementos en sus raciones de arroz si escribían comentarios reconociendo errores de Estados Unidos o aciertos del comunismo, y cuando eran liberados ya se habían convencido de que lo escrito era cierto. El desconcierto ante las súbitas conversiones, y el temor a que los chinos hubieran desarrollado diabólicas técnicas de lavado de cerebro, indujo cierta paranoia en la sociedad norteamericana, y a John Frankenheimer a rodar The manchurian candidate.

El ajuste de disonancia es, entonces, un intento tramposo de eludir el esfuerzo que cuesta mantener unas creencias. Como resultado de ese ajuste, una conducta dictada por la comodidad puede acabar determinando inadvertidamente las creencias, convirtiendo a la realidad en plastilina en el proceso. Funciona un poco como la nave espacial de Futurama que, gracias a los niblonianos, en vez de desplazarse, reordenaba el universo a su alrededor. Fíjense que es exactamente lo que han hecho los ministros y diputados manchurianos del PSOE que, como el afán de poder los ha llevado a un lejano confín de la galaxia política –desde el que, por cierto, todo lo que contemplan les parece ultraderecha-, pretenden que ese extremo aberrante sea la nueva normalidad. Y por eso ahora estamos hartos de ver a personas inteligentes y formadas, también en nuestros círculos más próximos, deformando la realidad para no renunciar a su inversión identitaria en el PSOE a pesar del extravagante lugar al que lo ha llevado Sánchez. Los que hace seis años se habrían escandalizado ante la mera posibilidad de pactar con los herederos de los terroristas, o de rescatar de la justicia a golpistas, están ahora tan tranquilos en esa situación excéntrica, poniendo cara de que aquí no ha pasado nada e intentando disimular lo despeinados que han quedado con los bandazos.

Los spin-doctors –los niblonianos de los partidos- llaman al ajuste de disonancia «mover la ventana de Overton», y les va estupendamente: saben que, si se mueven pasito a pasito, el sectarismo de los votantes los puede arrastrar hasta las posiciones que dicte la conveniencia personal de sus líderes. Todo ello sin que los votantes perciban el desplazamiento, por lo que se adaptarán con naturalidad a la nueva situación. Porque el ajuste de disonancia es, en realidad, una maldición: proporciona confort a corto plazo al que lo practica, pero no deja indemne su inteligencia. Tampoco su dignidad, porque lo lleva a normalizar vivir en el mal olor. En resumen, conviene estar permanentemente en alerta ante la acción insidiosa de este mecanismo porque, como resumía Gabriel Marcel, «quien no vive como piensa, acaba pensando como vive».

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