Li Keqiang, número siete en la jerarquía del poder en China y viceprimer ministro, inició ayer una curiosa visita a España, en la que se ofreció a hacer lo que ningún otro país de Europa había planteado: comprar deuda pública “para ayudar a España a salir de su situación presente”. No piensen que la noticia la da el Gobierno español, siempre interesado que demostrar que tenemos credibilidad, sino que es el propio gobierno chino el que ha volcado todo su potencial mediático para difundir al mundo entero su apoyo a España. Xinhua, la agencia de noticias del Gobierno chino, dio amplio eco a la visita, explicando lo que en términos diplomáticos carece de toda importancia: China ayudará a España porque en 2005 firmó un acuerdo de cooperación. En realidad, España, insolvente hoy, está vendiendo su peso en algunos organismos internacionales, a cambio del dinero que le pueda permitir salvar este año, hasta que se normalice su déficit y pueda respirar más tranquila. Incapaz de desarrollar una política exterior coherente -The Economist la califica de posicionamientos propios de una ONG, ridiculizando sobre todo la Alianza de Civilizaciones-, China sí ha encontrado en España un país que le puede ser útil en su estrategia de influir en Europa. De forma que, pronto, en la siguiente negociación de una posición europea sobre los derechos humanos en China, ya no sólo será Francia quien se calle, sino que España incluso puede que termine viendo los valores de China en este sentido. Sería lógico, también, que en la siguiente negociación sobre las políticas de cambio climático, España tuviera mucha más comprensión con las potencias emergentes que son hoy, con Estados Unidos, el primer problema en materia de contaminación. Ayer, por lo pronto, la declaración china, sin ambigüedades, respecto de su deseo de comprar deuda española, supuso una ligera bajada de los tipos de interés para los bonos españoles.





