El 23 de abril fue el Día del Libro

El 23 de abril fue el Día del Libro, una fecha que debería servirnos para algo más que para subir una foto con una portada bonita o recordar de pasada que leer es importante. Debería servirnos para parar un momento y preguntarnos qué lugar ocupan hoy los libros en nuestra vida, en nuestras casas y, sobre todo, en la educación de nuestros hijos. 

Vivimos rodeados de pantallas. El móvil acompaña cada espera, cada trayecto y cada rato muerto. La tableta entretiene, la televisión distrae y las redes sociales llenan minutos que, sin darnos cuenta, se convierten en horas. No se trata de demonizar la tecnología, porque también tiene cosas buenas. Pero sí conviene reconocer algo evidente, leer exige otra actitud. Leer pide calma, concentración, silencio interior. Y precisamente por eso tiene tanto valor. 

Un libro no solo cuenta una historia. Un buen libro ensancha la vida. Nos permite vivir otras épocas, entender otros caracteres, sufrir con personajes que no existen y, sin embargo, se nos quedan dentro como si los hubiéramos conocido. Ahí está Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell, con su mezcla de orgullo, supervivencia, amor, pérdida y carácter. Ahí está Orgullo y prejuicio, de Jane Austen, que no es solo una novela romántica, sino una mirada inteligentísima sobre la educación, el juicio precipitado, el orgullo social y la dignidad personal. Ahí están también Jane Eyre, de Charlotte Brontë; Mujercitas, de Louisa May Alcott; Cumbres borrascosas, de Emily Brontë; La Regenta, de Leopoldo Alas “Clarín”; o tantas novelas protagonizadas por mujeres fuertes, contradictorias, valientes, heridas o lúcidas, que ayudan a comprender mejor la vida que muchos discursos modernos. 

No hace falta leer por obligación ni convertir la lectura en una competición. No se trata de presumir de libros, ni de hacer listas interminables, ni de aparentar cultura. Se trata de algo mucho más sencillo, coger un buen libro, sentarse con tranquilidad y dejar que una historia nos acompañe. Leer diez páginas buenas puede valer más que pasar una hora mirando tonterías en el móvil.

A mí me gustaría que esa costumbre no se perdiera. Y, sobre todo, intento inculcársela a mi hija. No como una imposición pesada, sino como un regalo. Que vea libros en casa. Que entienda que leer puede ser un placer. Que descubra que en una novela puede encontrar aventuras, emociones, preguntas, respuestas y también compañía. Porque un niño que aprende a disfrutar leyendo tiene una riqueza que nadie le puede quitar. 

Comprar libros también es una forma de cuidar la cultura cercana. Detrás de una librería hay personas que recomiendan, que orientan, que mantienen vivo un oficio precioso. Y detrás de cada libro hay autores, editores, traductores, correctores, ilustradores y lectores que forman una cadena silenciosa pero imprescindible. Por eso, el Día del Libro no debería quedarse en una celebración simbólica. Debería ser una invitación concreta, entrar en una librería, elegir un libro y llevárselo a casa. Y, por qué no decirlo, sigue siendo uno de los placeres más baratos y duraderos que existen, un libro cuesta poco para todo lo que puede llegar a dar. 

Por eso, aunque el 23 de abril ya haya pasado, el mejor homenaje al Día del Libro sigue estando pendiente, comprar un buen libro, abrirlo y leerlo. Sin prisa. Sin ruido. Por placer. Y, si tenemos hijos cerca, dejar que nos vean hacerlo. Porque quizá esa sea la mejor manera de enseñarles que leer no es una tarea del colegio, sino una forma maravillosa de estar en el mundo.

Suscríbase aquí gratis a nuestro boletín diario. Síganos en X, Facebook, Instagram y TikTok.
Toda la actualidad de Mallorca en mallorcadiario.com.

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más Noticias