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El abrazo perdido

jueves 10 de septiembre de 2020, 06:00h
Voy por mi querida calle de San Miguel y contemplo a las personas que intentan no tocarse con sus mascarillas y su pequeña separación.
De repente contemplo a una pareja que han quedado en una cafetería y que por lo que parece hace mucho tiempo que no se ven.
De repente, su abrazo es inevitable, la emoción del contacto de la piel contra la piel, la caricia de la mano de él en la melena de ella, me estremece y me recuerda que poco a poco vamos perdiendo el tacto, el olfato y sabor de una caricia, la emoción que se sentía ante ella, la felicidad de recibirla y un sinfín de emociones que poco a poco estamos perdiendo desde que los medios nos recuerdan a diario los daños colaterales de esta pandemia.
Siento una disidencia absoluta por l falta de tacto, la caricias perdidas, los amores de antaño y la emoción olvidada.
Es una pena que nuestros hijos no puedan aprender de nuestros brazos lo que se sentía cuando íbamos por la calle respirando aire fresco, abrazando a un amigo o amando en público.
No quiero ni pensar que, a las generaciones venideras vayamos a dejarles una sociedad enferma, carente de abrazos y caricias, transmutadas en unos ridículos toques en el code que me hacen sentirme más violenta que cercana a mis seres conocidos.
¿A quien se le habrá ocurrido esa ridiculez del codo?, ¿no se sienten absurdos totalmente tocando el hueso de su vecino?
Me niego a pensar que, el buen apretón de manos ante el cierre de un negocio vaya a ser decapitado por una pandemia, que tantos años de trabajar la inteligencia emocional con mis clientes, se disipe en un suspiro y que nada ni nadie se de cuenta de la aberración que puede causar en nuestra raza humana semejante retroceso histórico emocionalmente hablando.
Un codo... ¿quién querría tocar un codo de otra persona?, ¡por favor, seamos un poco sensatos dentro de semejante locura en la que estamos sumidos!
Me niego a perder los abrazos, las caricias y el encuentro entre almas que nos ha costado varias décadas conseguir acercar a los que nos dedicamos al crecimiento personal, porque señoras y señores, queridos lectores sin esos susurros al anochecer acompañados de caricias, el mundo no sería mundo y nuestro alma volvería a estar dormida.
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