Hay algo en la prosa de Paul Auster (1947-2024). Tengo la sensación que me podría estar contando cualquier cosa absolutamente irrelevante para mi (una historia del cine mudo o los tugurios que frecuentaba el joven Stephen Crane), que ahí estaría yo, fiel y devoto a través de las páginas, llevado por esa prosa sencilla pero llena de sentido. Por supuesto sé que detrás de esa escritura, de esa narración fluida, hay mucho trabajo. Un auténtico talento y oficio pulido (seis horas diarias, a menudo siete días a la semana) y, sobre todo, y esto es lo que más me interesa de Paul Auster, posible en su mirada sobre el mundo, su memoria, su sensibilidad. Sus motivos. Es decir, de qué escribe. Por qué escribe. La ficción para decir el mundo, para entenderse, para realizarse. Paul Auster escribe lo que ve, escribe por que ve.
Auster lo pasó realmente mal. Tan mal que en sus memorias (A salto de mata, Anagrama) cuenta cómo fracasó, una y otra vez, no para levantarse, sino para seguir escribiendo. Tomó todas las decisiones posibles que hoy consideraríamos equivocadas en términos de utilidad sobre su futuro, fue totalmente a la contra, pero eligió su condición de escritor por encima de todas las cosas. Como todos los grandes escritores, tiene excelentes cuentos y traigo para esta columna el cuento de Navidad de Auggie Wren. Esquirol, lo cita en La Escuela del alma para explicarnos la cualidad de la atención. Auggie trabaja en el estanco que frecuenta Paul. Un día, le invita a su casa a enseñarle su obra. Auggie fotografía todos los días, a la misma hora, la calle Atlantic esquina Clinton (este sitio). El resultado es un “un curioso ataque de repetición que te dejaba aturdido, la misma calle y los mismos edificios una y otra vez, un implacable delirio de imágenes redundantes. Ante el desconcierto de Paul, Auggie interviene:
“—Vas demasiado deprisa. Nunca lo entenderás si no vas más despacio.
Tenía razón, por supuesto. Si uno no se toma el tiempo para mirar, nunca logrará ver nada. Elegí otro álbum y me obligué a ir más despacio. Presté mayor atención a los detalles, noté los cambios de clima, observé los variantes ángulos de la luz a medida que las estaciones avanzaban. Pude detectar finalmente las sutiles diferencias del tránsito, anticipar el ritmo de los distintos días (el tumulto de las mañanas laborales, la quietud relativa de los fines de semana, el contraste entre los sábados y los domingos). Y así, poco a poco, fui reconociendo las caras de las personas en el fondo, los transeúntes en su camino al trabajo, la misma gente en el mismo lugar cada mañana, viviendo un instante de sus vidas en el objetivo de la cámaras de Auggie.”
Llamada de atención sobre la atención, quizá la Navidad sea un buen lugar desde el que ver más allá en lo de todos los días. Un lugar desde el que tener más mirada, otra distinta y tomarnos nuestro tiempo, para, como diría Esquirol, hacer posible el cuidado. Pero el cuento de Navidad de Paul Auster para mi es otro. Es su fidelidad. La fidelidad a una idea de sí mismo, en este caso como escritor. Ese fundamento moral de la personalidad, lo que le hace ser. La fidelidad a su mirada, a su memoria, a la idea que tiene de sí. Fidelidad, en fin, a su escritura. Feliz fidelidad que le permitió vivir su vida de acuerdo con él mismo. Feliz Navidad.





