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El declive del charnego

Por Álvaro Delgado
lunes 04 de julio de 2022, 04:00h

Aunque a ustedes les pueda parecer que “charnego” es un término despectivo, lo empleo para titular esta columna porque su mismo protagonista, el portavoz parlamentario nacional de Esquerra Republicana de Catalunya Gabriel Rufián, lo ha usado varias veces en el Congreso de los Diputados para referirse a su persona. O sea que, ante su autodefinición manifestada en la sede solemne de la soberanía nacional, quién soy yo para llevarle la contraria.

Resulta que el impulsivo Rufián, un tipo que revolucionó los usos parlamentarios españoles usando un estilo retador y chulesco que parecía sacado de las novelas de Juan Marsé o Eduardo Mendoza, ha agotado el favor de su partido. Corren serios rumores de que su tiempo en las Cortes se está acabando, y de que Esquerra pretende mandarle, en la primavera de 2023, a ejercer de candidato municipal en su pueblo natal de Santa Coloma de Gramanet -eterno feudo del PSC- donde los separatistas de Junqueras han encontrado siempre un muro inalcanzable. Un castigo terrible para el inquieto portavoz.

Lo cierto es que a su caída en desgracia ha contribuido considerablemente él mismo, con esa flojera verbal que constituye santo y seña de su fulgurante trayectoria política. Por un lado, por referirse en estos términos a Carles Puigdemont en una entrevista que le hacía TV3, un día después de recibir un importante premio en Madrid: “tarado no es el que se equivoca poniendo un tuit, sino el que proclama la independencia”, lo que generó los previsibles sarpullidos en los espectadores habituales de la televisión pública catalana. Por otro, por haber largado en público -algunas semanas atrás- que el fugado Puigdemont “había actuado como un James Bond de pacotilla” cuando se conocieron sus reuniones secretas con personajes del entorno del presidente ruso Vladimir Putin.

Toda la desatada verborrea de Rufián, que no deja de tener una impronta de clara representación teatral con un punto humorístico -como todo lo que rodea al personaje- debe ponerse en relación con el contexto adecuado: primero, el de la acendrada rivalidad existente en Cataluña entre los dos actores principales del independentismo, que son ERC -su propio partido- comandado por Oriol Junqueras, que fue encarcelado por mantenerse en su puesto tras la Sentencia del procés (aunque luego resultó indultado), y JxC, el partido de Puigdemont, que salió pitando hacia Bruselas -oculto en el maletero de un coche- en actitud dudosamente heroica.

Otras circunstancias personales explican también la deriva discursiva del portavoz de Esquerra en el Congreso. Por ejemplo, el tiempo vivido en Madrid, ciudad que ejerce siempre gran fascinación -que muchas veces es recíproca- sobre los más conspicuos representantes del independentismo vasco y catalán. La cálida acogida brindada por la capital del Estado, cuando en las escuelas públicas de su tierra enseñan a los de su generación que viajando a Madrit se adentran en una especie de Mordor mesetario inhóspito y hostil, ha dejado una huella indudable en el impulsivo joven de Santa Coloma. Que además acaba de contraer matrimonio con una periodista vasca a la que conoció en el Congreso, Marta Pagola, jefa de prensa del PNV. Si a eso unimos que los representantes de la opinión pública enemiga, la Asociación Española de Periodistas Parlamentarios, van y le conceden el Premio anual al mejor parlamentario del año la cosa ya va camino de aquella abrupta conversión de San Pablo cayéndose bruscamente del caballo.

La verdad es que, por unas cosas o por otras, los españoles nos vamos a quedar sin Rufián. Ahora que le estábamos cogiendo cariño. Muchos echaremos de menos esos discursos peliculeros, ese desabrido tono de chuloputas, esas miradas retadoras, esa lentitud en la declamación -con sus características pausas interminables desafiando al enemigo-, y ese deje del Arrabal perdonando la vida a todos sus contrincantes. Se nos marcha un indiscutible fenómeno parlamentario de la postmodernidad política española. Un tipo que, desde la pavorosa simpleza de sus argumentos -todos casi siempre trufados de un maniqueísmo pueril- no deja de haber marcado un estilo eficaz, reconocible e impactante.

Toda esta curiosa trayectoria personal experimentada por Gabriel Rufián no deja de poner de relieve otra importante cuestión. Que no por menos evidente resulta de inferior relevancia. Y no es otra que el considerable desgaste que está sufriendo, desde el fracaso del procés, el complejo y variopinto mundo del separatismo catalán. Como ha contado recientemente en El Debate el periodista Joan López, los perfiles más hiperventilados del independentismo atacan a Rufián en las redes sociales de forma creciente por ser de origen hispanoparlante, poniendo en pública duda sus credenciales de “independentista de pata negra”. La imposibilidad de mantener la tensión por una presunta República catalana que nunca acaba de llegar está causando serios estragos en las filas del bando secesionista. Y, como no podía ser de otra manera, acaban pagando el pato los charnegos.

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