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El discurso

viernes 25 de diciembre de 2020, 11:11h

Puntualmente, como cada 24 de diciembre a las nueve de la noche, apareció el Jefe del Estado en los televisores, radios y pantallas de los dispositivos que los han sustituido.

Esta vez, escuché con atención, porque habitualmente manda la tradición que el discurso de Nochebuena tenga serias interferencias festivas de jamón de Guijuelo, alguna gamba y una o varias copas de cava y que, al final, sepamos lo que dijo el monarca por la prensa del día siguiente, que acostumbra a ser tan repetitiva como los titulares de las olas de calor en agosto. En suma, casi nunca es noticia.

Ayer, en cambio, era distinto, pues la expectación creada era inaudita. Les confieso que a mi me interesaban, sobre todo, los comentarios en las redes después de finalizar la comparecencia. Muchos de los nautas se limitaron a un adhesivo ¡Viva el rey!, otros valoraron el significado de determinados párrafos. Los hay que hablaron de oportunidad perdida por la Corona y, sinceramente, no sé qué diantre esperaban que dijera.

Este país necesita urgentemente un gigantesco diván de psicoanalista, porque ahora algunos republicanos quieren que el rey salga en la tele, manifieste urbi et orbi -como hace hoy el Papa- que su padre es un defraudador de Hacienda y un corrupto; que la monarquía es heredera del franquismo; que la Transición fue un camelo vigilado por militares fascistas; que Suárez no fue un demócrata, sino un tahúr del Misisipi; que Cataluña y en País Vasco, faltaría más, tienen todo el derecho del mundo a tomar las de Villadiego cuando deseen sus respectivos gobiernos; que Otegui es un hombre de paz; que el vicepresidente Iglesias es el gall de possessió del Gobierno y un dechado de coherencia personal; que Sánchez nunca miente; que la II República fue el paraíso terrenal; que hay que prohibir los toros y la Religión en la escuela; y que él, gracias a su matrimonio plebeyo, ha sufrido una metamorfosis, ha abrazado la fe verdadera -bolivariana, por supuesto-, y encabezará la próxima manifestación del 1º de mayo tras hacerse liberado sindical de una fábrica de tornillos. Ah, y, como colofón, que luego no fuera a olvidarse de hacerse el harakiri con la katana que Hirohito le regaló a su abominable progenitor ante todos los espectadores, mientras entonaba el himno de Riego.

El rey estuvo ayer noche todo lo impecable que puede estar un ser humano cuando se ve en la tesitura de matar a su padre en público para seguir viviendo. No me parece a mí que fuera esa una exigencia menor.

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