Durante años ha generado curiosidad la teoría según la cual los gemelos idénticos mantienen una conexión telepática especial. Son esos hermanos que provienen de un solo óvulo fecundado que se divide en dos, y por tanto tienen el mismo sexo y comparten rasgos faciales y ADN. Hay numerosos testimonios que avalan este fenómeno de percepción extrasensorial entre ellos, que se manifiesta en tres tipos de experiencias: pensar lo mismo de manera simultánea, anticipar hechos futuros (como una visita, o una llamada) y, el más sorprendente, sentir el mismo dolor físico. La tesis es sugerente y ha dado lugar a literatura y cine de calidad, como «Los hermanos corsos», la novela de Alejandro Dumas, o «Los ojos de Julia», la película protagonizada en 2010 por Belén Rueda.
Sin embargo, la ciencia médica nos dice que, a día de hoy, no existen evidencias que demuestren la telepatía gemela, y da un valor más anecdótico que científico a esos testimonios. La posibilidad de compartir pensamientos, emociones o sensaciones físicas sin necesidad de comunicarse tiene que ver con factores ambientales y experiencias comunes, y no tanto con los genes. Los investigadores creen que a veces se exagera esa conexión entre gemelos porque se activa el sesgo de memoria selectiva, o sea, que se tiende a recordar las ocasiones en que se dio una coincidencia, y no todas las demás en las que no se produjo esa conexión especial. Yo creo en la ciencia, pero también creo a los científicos, cada vez más numerosos, que reconocen que la ciencia no es capaz de explicarlo todo.
Este mes de agosto le he dado vueltas a esa teoría. He pasado unas cuantas veces en mi vida por el quirófano. Tengo tornillos y placas de titanio en el pie derecho, en la clavícula y en la mano izquierdas. Me fracturé hace treinta años el húmero, provocando un penoso pinzamiento del nervio radial, y me he fisurado seis costillas de un solo golpe. Algunos médicos me han dicho que soporto el dolor por encima de la media, una cualidad que no implica demasiado mérito porque depende, sobre todo, del umbral de cada persona. Ese es un límite sensorial que no se elige, porque todos preferiríamos ser capaces de aguantar estoicamente cualquier daño corporal.
Hace un par de semanas, la persona que más quiero del mundo se hizo mucho daño en la espalda, y cada vez que la veía sufrir sentía un dolor que se me hacía insoportable. Pensarán que era una sensación que tenía que ver con los nervios, o la ansiedad, pero no. Era el mismo dolor muscular intenso que se experimenta durante un estado febril, o después de haber sufrido un accidente con contusiones generalizadas. Hubo momentos en los que, cuando el personal sanitario la movía en su cama antes y después de su cirugía, tuve que darme la vuelta para no mirar, porque me dolían una barbaridad el tronco y las piernas, como si alguien me hubiera molido a palos todo el cuerpo.
Se ha escrito mucho sobre las virtudes de los hombres y mujeres que trabajan en nuestra sanidad pública. La apoteosis de esa exaltación se produjo durante los meses más duros de la pandemia, cuando el pueblo salía a los balcones para corear su agradecimiento. Como la memoria es corta, al poco nos volvimos a desayunar con noticias sobre agresiones físicas a médicos, enfermeras y celadores, cada vez más frecuentes, por parte de familiares de enfermos. Entiendo que en los periódicos sólo se recogerán los casos más graves, o los más escandalosos.
En la semana que este verano he permanecido día y noche en un hospital público español, he podido comprobar en persona dos cosas. La primera, la enorme profesionalidad, el conocimiento, el sentido del humor, la capacidad para insuflar ánimos y el amor por su trabajo de la inmensa mayoría de profesionales que han cuidado de un familiar mío. La segunda, la bajeza moral, la mala educación, el egoísmo y la ignorancia de algunos conciudadanos, que deben de pensar que un centro sanitario es algo parecido a un hotel de lujo, con un mayordomo para cada habitación.
Hay personas groseras, desagradecidas e insensibles, que no sólo no padecen el dolor ajeno, sino que son incapaces de entender que, en un hospital saturado, cuando un sanitario tarda en acudir a una habitación no es porque esté jugando a las cartas, ni viendo una serie de Netflix. «Tú estás aquí porque yo te pago el sueldo», le oí gritar una madrugada a un energúmeno dirigiéndose a una enfermera que había tardado más de cinco minutos en suministrar un calmante a su mujer ingresada. Como si aquel gañán con pinta de subsidiado financiara él solo con sus impuestos la Seguridad Social de este país.
En el verano que hoy finaliza se ha discutido mucho sobre la masificación turística. Tanto hablar de saturación para al final confirmar que hay españoles que deberían viajar más, concretamente a países más ricos que el nuestro. Y así constatar el privilegio sanitario del que disfrutamos. Pero, donde hay derechos, existen también obligaciones. Como mínimo la de mostrar empatía y respeto por quienes cuidan de nuestra salud.
José Manuel Barquero