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El escándalo de La Salle, punta del iceberg

Por Gabriel Le Senne
jueves 01 de diciembre de 2022, 06:00h

Esta semana toca el escándalo de la expulsión colectiva de La Salle, o más bien, el escándalo de querer poner una bandera española en clase. Al igual que en el caso Montero de la semana anterior, se produce este nuevo fenómeno, producto del control ‘progresista’ de los medios, consistente en lo que podemos denominar ‘inversión del sujeto pasivo’ del escándalo: el culpable primigenio se convierte en pobre víctima necesitada de especial protección a causa de la agresión incalificable de la ultraderecha, y viceversa, las víctimas se convierten en culpables. Así, la profesora de catalán que expulsa a toda la clase por colocar la enseña nacional para animar a la selección española de fútbol y negarse a retirarla, se convierte en pobre víctima por haber recibido amenazas en las redes sociales, donde siempre hay algún mastuerzo (y si no, no cuesta mucho crearlo). Que los padres y hasta los alumnos también reciban amenazas, da igual. De cada caso, se selecciona lo que interesa, se silencia lo que no, y listo.

Lo que tenemos aquí en realidad es bastante claro: una profesora de catalán que no puede impartir su asignatura teniendo enfrente la bandera nacional (española, claro). Y es que su asignatura, hablando con franqueza (ups), pretende la construcción de otra nación (la pancatalana, claro, que incluye Baleares y demás païssos). Así que la actitud de la docente -o mejor quizás ducente, puesto que más que enseñar (‘docere’) nada, su función es guiar (‘ducere’) a los niños al paraíso del progreso pancatalanista prometido- resulta muy coherente (ironía on).

A esta honrada profesora debemos agradecerle que el escándalo puntual nos permita poner una vez más el foco en lo que está sucediendo en la enseñanza. Porque lo peor que podría suceder sería que los padres y toda la sociedad se fijaran únicamente en ‘el caso’, cuando es sólo la punta del iceberg; el canario en la mina que avisa del gas letal que se ha infiltrado y que nos está asfixiando sin que muchos lo adviertan siquiera. Lo relevante no es ‘el caso’, sino ‘el sistema’ ¿educativo? que nos han organizado, o que nos hemos dejado organizar.

Es lo que pretenden ocultar las autoridades, que ya han salido en defensa de la pobre profesora (y de su sistema); pero también cierta oposición que habla de ‘desinflamar’, ¡el verbo empleado por Sánchez para su política catalana post 1-O! No, nada de desinflamar: lo que hace falta es, primero, diagnosticar la causa del problema, y segundo, aplicar el tratamiento adecuado para sanarlo. De lo contrario, igual desinflamamos por el momento, que es lo más cómodo para seguir con nuestras vidas y nuestros cargos como si no pasara nada, pero mientras el cáncer seguirá creciendo y no podremos detenerlo.

Pues bien, el diagnóstico: el nacionalismo pancatalanista se ha insertado en los programas educativos, en los libros de texto y materiales que deben estudiar nuestros hijos, y en muchos de sus profesores. La construcción nacional catalana se impulsa a través de tergiversaciones históricas y mediante la ‘inmersión’ en la lengua catalana de Barcelona. Como recordaba José Manuel Barquero en este digital, la doctrina oficial que se enseña a nuestros hijos -y que estos deben aprender si quieren aprobar- ataca el bilingüismo, es decir, pretende suprimir el español. Esto hasta se ha llevado al Estatut(o), que trata implícitamente al español -me niego a llamarlo ‘castellano’- como lengua ‘impropia’ de ‘les Illes Balears’ (que ni tan siquiera pueden llamarse ya Baleares oficialmente).

¿Cuál puede ser el tratamiento de esta enfermedad, que es la que conduce inexorablemente a la discordia y el enfrentamiento, hasta el punto de que la propia bandera nacional se considera un ‘símbolo divisivo’? Pues corregir el Estatuto, reponer el español en el lugar que le corresponde en la enseñanza, y rectificar planes de estudios, libros de texto y profesorado. O incluso, idealmente, y lo prefiero mil veces, desde mi perspectiva liberal, permitir una verdadera libertad educativa, y que los padres puedan elegir realmente la educación para sus hijos. Incluyendo, como es natural, las lenguas en que estudian. ¿A que no les irá bien? Porque son totalitarios que quieren adoctrinar no ya a sus propios hijos, que es normal, sino a los de los demás. En esa línea va también la última campaña animando a inmiscuirse en la educación de los hijos ajenos: otro torpedo contra la familia, disimulado por supuestas buenas intenciones.

Por último, respecto a ese cínico argumento contra la bandera de que ‘no hay que permitir ningún símbolo político o divisivo en clase’: efectivamente, retiremos lazos morados, amarillos, arcoíris, murales y demás símbolos no oficiales y propaganda política disimulada que infesta las escuelas.

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