El juego de Vox

Transcurridos tres cuartos de la legislatura en la que Vox pudo haber participado en la gobernanza de diferentes comunidades autónomas, sorprende al espectador desapasionado el sesgo que los de Abascal se empeñan en imprimir a sus negociaciones.

Vox no es la fuerza mayoritaria de la derecha en nuestro país y, pese a su meritorio crecimiento, no lleva camino de serlo. La razón es que España es uno de los escasos países europeos en los que el centroderecha interclasista tradicional no se ha desintegrado, sino que tiene un suelo muy sólido. Vox crece en expectativa de apoyo popular, pero está dejando de pescar en el caladero del PP y, en este momento, su crecimiento se nutre del llamado ‘voto cabreado’, que anidaba tradicionalmente en la izquierda radical. La atomización y pérdida de cualquier atisbo de credibilidad entre los comunistas reciclados de Podemos, Sumar y otras opciones locales beneficia, curiosamente, a Vox.

Pero la concentración del poder en una única persona -Santiago Abascal- y la purga generalizada que están sufriendo muchos de los cargos de cierto nombre del partido está destrozando los equilibrios internos entre los diferentes sectores de Vox. El ala liberal -Espinosa de los Monteros, Vidal-Quadras, etc.- es hoy historia, y predomina un giro hacia el estatismo, las soluciones impuestas desde arriba, la intransigencia y la unipersonalidad de la formación. Vox es ya el Partido Abascalista, sin la más mínima contestación, y no por convencimiento, sino por eliminación.

Abascal se mira en el espejo de Le Pen y de otros líderes de la derecha populista europea que han conseguido o van a conseguir más pronto que tarde alcanzar el poder. En su ensoñación, fantasea con que el Partido Popular se diluirá porque el electorado acabará viendo que PSOE y PP son lo mismo, mensaje falsario sobre el que cabalga su estrategia. Mientras tanto, pierde la perspectiva del país en el que vive y comienza a frustrar a muchos de sus votantes que lo que esperaban era que Vox fuera el acicate para un cambio de políticas a la derecha, y no el agente -supuestamente involuntario- necesario para la supervivencia política de los de Pedro Sánchez.

El domingo tendrá lugar el tercer set de esta partida electoral autonómica y se auguran resultados parecidos a los de Extremadura y Aragón. El tacticismo de Vox tratando de erosionar por igual a socialistas y populares tiene fecha de caducidad. El próximo lunes comenzará a vislumbrarse si lo de Abascal era un mero cálculo electoral o si es una apuesta a largo plazo. Lo primero, podría tener una explicación. Lo segundo, es el camino a la irrelevancia que ya transitaron antes Ciudadanos y Podemos.

Una gran parte del apoyo electoral de Vox proviene de exvotantes del PP que, simplemente, quieren que exista un garante de que las políticas de los populares no se pierden en pasteleos que acaban perpetuando medidas implantadas por la izquierda. Es decir, para una parte del antiguo electorado popular el problema ha sido la escasa coherencia postelectoral de los anteriores dirigentes del PP. Por tanto, es perfectamente legítimo y entendible que se vote a Vox para intentar garantizar que los gobiernos alternativos al sanchismo desplieguen políticas de derechas, porque la nefasta experiencia de los ejecutivos de Rajoy y su inexplicable tancredismo político -no hacer nada para no molestar- no les ha salido gratis a los populares.

Ahora bien, lo que estos votantes no van a entender es que, por tacticismo a medio plazo, el causante de que no haya gobiernos sólidos de centroderecha sea precisamente Vox.

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