La realidad que dibuja el Anuario de la Juventud de las Islas Baleares es como un espejo que nos obliga a mirarnos de frente de una forma poco alentadora. Las generaciones más jóvenes viven atrapadas en una tormenta perfecta de vivienda inaccesible, precariedad laboral y deterioro de la salud mental que no admite soluciones que sean meros parches. Más que cifras frías, se trata de vidas que se fracturan sin que se actúe con la urgencia que esta emergencia exige.
Según los datos del anuario, sólo el 15,3 por ciento de los jóvenes de entre 16 y 29 años vive hoy fuera del hogar familiar, un porcentaje que refleja cómo un derecho básico se ha convertido en un privilegio reservado a unos pocos. Y aunque Baleares supera ligeramente la media estatal, la verdad es que hablar de emancipación cuando más de ocho de cada diez jóvenes dependen de sus familias para tener un techo propio es aceptar que algo esencial no está funcionando.
Es más, sólo un tercio de los jóvenes entre 25 y 29 años puede permitirse vivir por su cuenta, lo que convierte la etapa vital de independencia en una ilusión lejana para la mayoría. Esta situación está directamente relacionada con un mercado de la vivienda que castiga con alquileres desorbitados y una estructura salarial que no da abasto para cubrir ni siquiera las necesidades más básicas.
Se trata de jóvenes que trabajan, aportan, estudian y quieren construir un proyecto de vida, pero a los que el contexto estructural les corta las alas antes de poder volar
La consecuencia social no es una abstracción: la percepción de la situación de la juventud es mayoritariamente negativa, con un porcentaje abrumador que describe su presente como “regular”, “malo” o “muy malo”. Solo el 34 por ciento confía en que vivirá mejor que sus padres, revelando una pérdida de expectativas que debería encender todas las alarmas.
Y si a eso le sumamos que la salud mental de este grupo de población está sufriendo de forma más intensa que en otras partes del país -con niveles de ansiedad y depresión preocupantes vinculados directamente a la inseguridad residencial y laboral-, el cuadro social se vuelve aún más inquietante.
No se trata de una generación vaga o apática. Se trata de jóvenes que trabajan, aportan, estudian y quieren construir un proyecto de vida, pero a los que el contexto estructural les corta las alas antes de poder volar. El Anuario no sólo diagnostica; también implora a las autoridades que actúen con valentía, implementando políticas integrales de vivienda asequible, empleo digno y salud mental pública, porque postergar estas decisiones condena al archipiélago a perder talento, cohesión social y futuro.





