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El tablero inclinado: un ejemplo práctico

Hace un par de meses que tengo las redes sociales bastante abandonadas. No se trata de una decisión vital, de un bloqueo radical a las nuevas tecnologías, ni nada de eso. Un día me levanté, pensé en el tiempo que les dedicaba, en la cantidad de videos «interesantes» que consumía a diario, y eliminé las aplicaciones del móvil. Así, sin más. Ahora, sólo accedo a las redes desde un ordenador, con menos frecuencia, y tengo más tiempo para leer, escribir y ver buenas películas. Nunca he fumado, pero supongo que dejar el tabaco debe de ser algo mucho más complicado.

Ya digo que no me he convertido en un ludita de las redes. Mantengo mis perfiles abiertos, y eso me permite seguir en contacto con personas que están lejos, y también con una parte de la realidad que no aparece en los medios de comunicación a través de los que me informo habitualmente. Sin ir más lejos, el otro día leí en el muro de una «amiga» de Facebook un post que comenzaba siendo un elogio de Nicolás Maduro, y acaba exaltando las bondades del comunismo en Cuba, China y Corea del Norte. Sí, Corea del Norte, han leído bien.

No piensen que hablo de una chiflada. La autora es profesora de filosofía en la UNED, y en su texto, bien redactado, reclamaba respeto para sus opiniones como ella respetaba las opiniones de los demás. Concluía así: “Soy una persona respetuosa y comprensiva de una realidad que tiene muchas aristas y micromundos. Entiendo que en cada esquina residen mil mundos y circunstancias y mil formas de vivirlas. Mirad a ver si podéis hacer lo mismo. Sería básico para defender esa democracia que tanto defendéis”. O sea, primero defiende las dictaduras de izquierda, y después te da una lección de democracia.

Las redes sociales sirven, entre otras cosas, para esto. Cada individuo puede vomitar ahí su basura mental, sus contradicciones y sus traumas, y no pasa nada. El algoritmo sugiere y tú decides en un par de clicks qué hacer con todo eso. Sucede que todos creemos que un periódico serio no funciona así. Lo elaboran cada día profesionales del periodismo organizados según una cierta jerarquía. Hay redactores, jefes de sección, editores y directores que priorizan unos contenidos sobre otros porque, a diferencia de las redes, el espacio es limitado.

Por eso mismo, porque conozco el funcionamiento de un periódico, sigo epatado por la entrevista publicada este jueves en el diario Ultima Hora, realizada por un periodista curtido en mil batallas, como Torres Blasco. Un señor de 90 años que vive en Cuba y se llama Sancho Morey, dice que Venezuela no es una dictadura, que Maduro ganó las elecciones con limpieza y que nos encontramos ante ˝el fin de imperio yanqui”. Hace dos meses ya había vaticinado que si Estados Unidos intervenía en Venezuela “sería un nuevo Vietnam”. He consumido un párrafo de la columna para dejarles aquí estas perlas, cuando podía haberles resumido la entrevista sólo con su titular: “Las calles están llenas de chavistas y nadie apoya a Corina Machado”. Como en Cuba, donde todos siguen amando a Fidel.

No me detendré en el criterio editorial del periódico más leído en Baleares a la hora de publicar semejante alegato totalitario, ni tampoco en la amable disposición del periodista a la hora de recoger las opiniones alucinógenas del entrevistado. Simplemente constato una realidad demasiado extendida: existe un periodismo que comprende mucho mejor las dictaduras de izquierdas que las de derechas. No las defienden pero, si tuvieran que elegir, lo tienen claro. Esta preferencia no les impide impartir lecciones de democracia, como la profesora comunista de la UNED.

Pero ahora viene lo mejor. Torres Blasco nos informa que el pasado noviembre, el ínclito Sancho Morey aprovechó unos de sus viajes habituales a Mallorca para reafliiarse al PSIB. De hecho, en la entrevista no sólo se deshace en elogios a Delcy Rodríguez, sino también a Pedro Sánchez. Cuesta encontrar dictadores de derechas vivos, pero ¿alguien se imagina a un afiliado del PP glosando las virtudes del líder bielorruso Aleksander Lukashenko? O de Fulgencio Batista, si nos sirvieran los muertos para el ejemplo. ¿La libertad de expresión dentro de un partido democrático ampara la defensa pública de dictadores? ¿Debería el PP abrir un expediente a un afiliado que dijera en un periódico que toda España apoyaba a Franco? Yo pienso que sí.

Cuando se habla del famoso «tablero inclinado», es conveniente ir a lo concreto. Es fascinante comprobar la desfachatez con la que se aplica una doble vara de medir a la hora de juzgar regímenes que aplastan las libertades civiles. Si la motivación ideológica para pasar por la piedra a los opositores es la correcta, o sea, de izquierdas, cabe publicar opiniones tan siniestras como las del señor Morey. Si el autócrata es de derechas, nos convertimos en fervientes defensores de los derechos humanos. El PSIB no abrirá un expediente a su afiliado Morey, porque antes en Ferraz deberían abrir uno Zapatero.

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