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El tiempo perdido

viernes 23 de agosto de 2019, 01:00h

Hay plazos que no están determinados en los reglamentos pero están marcados por el sentido común. Uno de ellos es el razonablemente previsible entre el primer intento de investidura del candidato formalizado por la propuesta Real, oídas las expectativas optimistas expuestas por el pretendiente a la Presidencia del Gobierno y el segundo intento, una vez fallida la pretensión de ser respaldado por la mayoría absoluta del Congreso de los Diputados. Es decir, conseguir un número de “síes” mayor que el de “noes”. Este plazo se entiende como un breve paréntesis entre dos niveles de aceptación de un mismo candidato y un mismo proyecto. Fallido el máximo grado de aceptación cabe acogerse al menos exigente pero también válido: la investidura por superior manifestación de afirmaciones sobre negaciones. Se comprende que el candidato puede haberse equivocado en su cálculo inicial de máximos por algún error de apreciación o incumplimiento parcial de compromisos por parte de un cierto número de diputados. Se comprende que se pueda corregir un error de estimación acogiéndose a la segunda opción que le permita ser investido con un menor grado de aceptación.

Lo que es insólito es que el candidato estire la longitud del tiempo de investidura aprovechando la ausencia de plazo reglado hasta el día fatídico en que, pasada tal fecha, está reglada imperativamente la obligación de convocar nuevas elecciones. Hasta las últimas jornadas de este plazo, Pedro Sánchez está prolongando tres meses su Gobierno en funciones, incluidas vacaciones, viajes y distracciones varias para, en el límite del tiempo, ensayar presentarse en una coyuntura cambiante, cuando ya pertenecen a una estampa pretérita los planteamientos con que justificó su primer intento fallido para el que negoció, aunque hoy se desdiga, un Gobierno de coalición con Podemos que antaño parecía una fórmula presentable y ahora parece una quimera inaceptable.

Aquella investidura fallida lo fue porque aquellos a quienes consideraba sus “socios preferentes” no eran tales sino “socios condicionantes”. Este error de visión es una muestra de incompetencia política que hace a Sánchez responsable de lo que llama “bloqueo” cuando solo es un autobloqueo originado por su propio error y su fantasía dogmática de una comunidad “progresista” de ingredientes incompatibles y sin una elemental coincidencia constitucional. Tras el largo paréntesis, Sánchez trata de exculparse de su autobloqueo acusando de bloqueadores a quienes, en uso de su libertad de opinión, no se pliegan a sus deseos. Lo mismo da que se trate de su antiguo “socio preferente” Podemos que de su opositor Ciudadanos. Unos por no votar afirmativamente. Otros por no abstenerse, Son “bloqueadores” por el simple hecho de ser como son. Hasta el Partido Popular puede ser un factor de bloqueo por no rendirse a una abstención “patriótica” para evitarle a Sánchez” la ingrata tarea de convencer a los independentistas y populistas con concesiones indeseables. El único que no está obligado a poner nada de su parte que lo comprometa con unos o con otros es Sánchez. Él es el único que no se plantea bajar de su pedestal egolátrico, pase lo que pase y cambie lo que cambie.

Si resulta necesario convocar nuevas elecciones generales no será por su culpa sino por la de quienes no le siguen la corriente, a su derecha o a su izquierda. Son los malos españoles incapaces de valorar que durante este largo paréntesis Pedro Sánchez se ha consagrado como un magnífico gobernante capaz de llevar a España a los más altos niveles de prestigio. Sánchez no es capaz de comprender que el abuso de los plazos y, consecuentemente, de su permanencia en el pedestal de su gobierno en funciones le ha hecho desmerecer y descalificarse en vez de ensalzarlo. Se presente o no se presente al segundo intento de investidura, la realidad es que arrastra el peso de un Gobierno vacilante sin más base de apoyo que algún compromiso entre falsarios. Nada ha cambiado de sus deficientes relaciones con el conjunto de los grupos parlamentarios que imposibilitaron su primer intento de investidura. Sería absurdo repetir el proceso en estas condiciones. Si hay nuevas elecciones en noviembre será por la sola responsabilidad de Pedro Sánchez, por su táctica de resistencia en la Moncloa a toda costa y su incapacidad de tender puentes constructivos en algún sentido. Es él y solo él quien deberá pagar la factura del tiempo perdido

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