La sala Zero de Es Gremi acogió el pasado sábado algo que fue mucho más que un concierto: una celebración de la música y de las voces femeninas convertida en emoción compartida.
Hay noches que no se anuncian como especiales y, sin embargo, lo son. Suceden sin estridencias, casi con naturalidad, hasta que uno percibe que algo distinto está ocurriendo. El sábado, en la sala Zero de Es Gremi, pasó exactamente eso.
El proyecto Ellas Homenaje, capitaneado por Verónica Rodríguez Bibiloni, tomó el escenario y lo transformó en un territorio donde la música dejaba de ser espectáculo para convertirse en algo más profundo: un espacio de verdad y de celebración colectiva de las voces femeninas.
La sala estaba llena y el público lo entendió enseguida. Lo que ocurría allí no pedía una escucha distraída. Pedía presencia. La clase de atención que aparece cuando la música deja de ser mero entretenimiento y comienza a tocar algo más íntimo.
Detrás de cada canción, una banda que supo exactamente cuál era su lugar. Javier Rodríguez a la batería, Biel des Punt al bajo, Bernat Artigues a la guitarra y Maxi Arcari a los teclados sostuvieron cada momento con precisión y sensibilidad. Hay músicos que acompañan; otros crean el espacio donde la música puede respirar. Ellos hicieron lo segundo.
Poco a poco, el escenario se fue abriendo a nuevas presencias. La violinista Soriana Ivaniv introdujo una tensión delicada que electrizó la sala en los momentos justos. Nora Roldán fundió guitarra y canto con una naturalidad luminosa. Irene Trabalón, Nuria Garau, Anna García, Mavic y Anne Florio fueron sumando matices hasta construir un paisaje sonoro donde cada intervención encontraba su lugar.
El repertorio dibujó un mapa emocional que atravesaba décadas y estilos. Sonaron canciones de La Oreja de Van Gogh y Mecano, la potencia de Tina Turner y Adele, la intensidad de Mónica Naranjo o Lady Gaga, la delicadeza de Laura Pausini, la melancolía de The Cranberries, el indie cálido de Amaral y la energía luminosa de Cyndi Lauper. Canciones que muchos llevaban tatuadas en la memoria y que, esa noche, volvieron a respirar con nueva vida a través de nuevas interpretaciones.
En un mundo donde el ruido compite con el ruido y la atención se dispersa en mil direcciones, una sala llena cantando, bailando y tarareando canciones que forman parte de la memoria colectiva tiene algo de celebración y también de resistencia.
Porque la música, cuando es verdadera, abre grietas por donde entra la luz.
Y el sábado, en Es Gremi, las voces sabían exactamente dónde vive el alma.
No llamaron a la puerta.Entraron.








