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Enrique Razquín o como las siete vidas de un gato
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Enrique Razquín o como las siete vidas de un gato

La entrevista al protagonista de nuestra ruta itinerante iba a ocurrir en el centro de Palma, a unos metros de la Iglesia de Sant Felip Neri, dónde su esposa Francisca y su hija Rebeca regentan una tienda de moda con marcas exclusivas, principalmente Etxart & Panno y dónde en el mismo edificio él, tiene su taller, estudio.

Enrique Razquin Martín, nace el 8 de septiembre de 1957 en la calle Felipe Gorriti, cerca de la Calle San Fermín y el Casco Antiguo de Pamplona.

En el año de su nacimiento, se inaugura The Cavern en Liverpool, la Leo Castell Gallery en Estados Unidos con la intención de ser el centro universal del pop art, India adoptaba el sistema métrico decimal, Paul McCartney conoce a John Lennon y forman la banda The Quarryman que más adelante se convertiría en The Beatles, la Unión Soviética pone en órbita el Sputnik 2 con la perrita Laika a bordo, nacen Miguel Barceló, Gloria Estefan, José Coronado, Hans Zimmer, Frances McDormand, Juan Luis Guerra, se editan, Desde Rusia con amor de Ian Fleming, Doctor Zhivago de Boris Pasternak, El libro de los seres imaginarios de Borges, en el cine títulos inolvidables, Fresas salvajes y el Séptimo sello de Ingmar Bergman, Senderos de gloria de Kubrick, El último cuplé de Orduña y Testigo de cargo de Billy Wilder. Fangio conseguía el campeonato del mundo de Fórmula 1, el 23 de julio se aplicaba la última ejecución con garrote vil en Pamplona.

Su padre también Enrique, joyero de profesión murió con 33 años envenenado por los gases tóxicos que utilizaba en la trastienda de la joyería y su madre Isabel se dedicaba a las labores de casa hasta que quedó viuda y tuvo que encargarse del negocio familiar. La casa, el taller y la tienda estaban en el mismo edificio.

Cuando mi madre quedó viuda yo tenía siete años y mi hermana tan solo cinco y medio y con aquel golpe terrible ahora debería hacer frente a una situación familiar y económica muy compleja para ella. Sin experiencia y con una competencia que aumentaba cada día, además de la presión en aquel tiempo que se padecía por la existencia de ETA, con las exigencias a los negocios en general. Recuerdo en navidades que nos llegaba una misiva donde nos aconsejaban que tipo de decoración era conveniente usar para los escaparates: no Papa Noël sí el Olentzero. Esas y otras cosas influyeron para que unos años después se cerrase la empresa.

Apenas con año y medio sufre un accidente doméstico que cambia su vida y la de sus padres, teniendo en cuenta que se fastidia la úvula (campanilla), la faringe, el esófago y el tubo muscular que va de la laringe al estómago, la tráquea y otros órganos que padecieron por ese infortunio.

Cuentan que siendo un bebe de dieciocho meses puse la mano sobre una mancha y la chupé y resultó que aquel líquido era sosa cáustica. Me quedé sin campanilla, me dañé el esófago y la tráquea, durante un año me alimentaron a base de inyecciones y al principio los médicos le decían a mis padres que no podría resistir y que no sobreviviría, pero un médico de Pamplona que había conocido en Francia un caso con ciertas similitudes de un niño que ingirió legía, me salvó la vida con el tratamiento que me aplicó. Tuve secuelas y una lenta recuperación, con grandes apuros para respirar, para masticar, para soñar. Para mis padres aquello debió ser un calvario, de atenciones, de visitas al médico, de tensión.

¿Cómo fue el Enrique estudiante?

Fui al colegio de Maristas en Pamplona internó desde los seis años. Era una educación con disciplina muy férrea, cualquier pequeño error se castigaba, a veces el castigo era exagerado. Como estudiante no fui nunca un ejemplo, aunque me defendía bien en historia y en geografía y en cualquier deporte, sobretodo el fútbol y más en dibujo. Acabé bachiller y reválida.

Cuando cumplió catorce años y por consejo del abuelo materno que en aquel tiempo era delegado de la Once dejaron atrás la ciudad natal y vienen a Mallorca.

En aquellos años Pamplona era una especie de pueblo grande, Mallorca era una ciudad más abierto, más libre y noté esa diferencia enseguida. Allí los vecinos ejercían un control que aquí no existía. Sobre todo con mi madre por su estado de viuda, si vestía de una forma u otra, si hablaba con alguien. Fue fácil integrarnos al nuevo sistema.

Fui al colegio Juan de la Cierva del barrio del Vivero y aquí percibí más aún las diferencias cuando comparaba la enseñanza que yo había recibido en un colegio de curas con la de esos profesores. Me resultaba chocante, compartir clases con chicas ya que nunca había ido a un colegio mixto y más aún oír a mi hermana llamando de tu, a su profesor. A mí con quince años me permitían fumar en el patio.

Su madre quería que siguiera estudiando pero usted no estaba por esa labor.

Y lo hice hasta los dieciséis años, pero veía a los amigos de mi edad que trabajaban y ganaban dinero y se permitían cosas para mí inalcanzables. Así que un día tomé la decisión.

Mi primer oficio fue en una industria fabricante de plástico llamada Inmaplast, el dueño era un señor vasco. Allí vieron mis aptitudes por el dibujo me encargaban el diseño de las etiquetas para las bolsas.

Llegó el periodo de cumplir con el servicio militar.

Me fui a la Legión en Fuerteventura al tercio Juan de Austria Tercero de la legión con 20 años. Al poco de haberme incorporado sufrí un accidente. Estábamos haciendo unos ejercicios de instrucción y me golpeé con tanta fuerza que me abrí la cabeza. Me pusieron más de veinte puntos.

Un tribunal médico me excluyó temporalmente y me mandaron para Palma. Seis meses después me convocan y me destinan al CIR de Playa de las Canteras de las Palmas. Allí estuve muy bien tratado por los militares de rango que me encargaban diseños que debía elaborar sobre papeles de pergamino y pude vestir de paisano el resto de la mili.

Me quedé un año viviendo allí tras haber cumplido el servicio militar ya que me habían salido algunos trabajos.

¿Regresó alguna vez a Pamplona?

A punto de cumplir los dieciocho y coincidió con la fiesta grande, con unos amigos corrí por primera vez en los sanfermines, un trayecto corto, fue tan rápido que apenas experimenté el efecto de la adrenalina, desde telefónica hasta plaza de toros y luego dentro en el encierro unos pases. Hubo una segunda vez, con mi tío Jesús que es un valiente y habitual corredor. Calculo que debía tener unos veintidós años y en esta ocasión comencé en la calle Estafeta, siguiendo algunos de los consejos que me habían dado. Corriendo y guardando la distancia de los toros y de quien tienes delante, atrás y a los lados. En algún momento del recorrido yo miraba de reojo aquellas cornamentas a la altura de mis hombros y caí. Me quedé quieto cubriendo la cabeza con las manos como marcan las normas y empecé a notar pisotones, golpes, no sé si de gente o de los astados. Cuando la tierra dejó de moverse me levanté y me dije: esta ha sido la última vez. Tengo aún algunas cicatrices en mi cuerpo de aquel día.

Para correr en los sanfermines, hay que estar muy bien preparado físicamente. Los corredores habituales saben que nunca se puede citar al toro, ya que el animal lo único que quiere es salir cuanto antes de esa encerrona y aconsejan no correr detrás de él. Nunca hay que tocarlo. No se puede ir de espectador, cuando todos corren, tú también. No se debe estorbar a los pastores ni a los dobladores que juegan un papel crucial para evitar peligros y llevar a los animales a los corrales.

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Tras Inmaplast pasé por varias empresas del sector publicitario.

Trabajé durante tres años como rotulista con Vicente Vila y fue una época de aprendizaje, Vicente era un genio y aquel trabajo me encantaba. Era un tiempo en que cada rotulista teníamos un gesto de pincel, un estilo artesanal reconocible. Vicente consiguió que valorásemos aquel oficio, siendo más exigentes con la calidad de los encargos. Creo que le debemos mucho por sus enseñanzas y por su humanidad.

En aquella época residía en Bahía Grande y decidí montar mi propio taller por lo que busqué una casa que me ofreciese esa posibilidad. La encontré en la zona de Tolleric y allí pasé unos años.

Corre el año 2005 y usted tiene algo más de cuarenta, cuando recibe la llamada del Caribe y se embarca en una aventura con la familia.

Fue una decisión consensuada con mi esposa que tuvo que dejar la tienda de moda en manos de una sobrina. Vino con nosotros mi hija Rebeca. Yo tengo otra hija llamada Ainhoa nacida de mi primer matrimonio y quedó en Palma. Marchamos para Méjico y estuvimos desde 2005 hasta 2008 y ha sido una de las mejores experiencias que he vivido. Nos instalamos en Playa del Carmen y monté un taller de rotulación. Las consecuencias provocadas por el huracán Wilma hicieron que los encargos fueran continuados. Aunque allí se trabaja a otro ritmo, el tiempo avanza más lento que aquí.

Ahorita voy, eso podría ser nunca, güey.

En 2008 regresa a Mallorca.

Volvíamos al punto de partida. Recuperábamos la tienda de moda que trasladamos de calle Bonaire a calle Tous Ferrer para finalmente establecernos aquí, en carrer de’n Vilanova junto a la Iglesia de San Felipe Neri donde hemos cumplido un decenio.

Pasados los cuarenta, comienza a practicar la pintura, a pesar de haber sido un buen dibujante, tener experiencia en rotulación, aerografía, serigrafía, esa virtud había quedado retenida.

Siempre me entusiasmó pintar, con la aerografía, serigrafía, rotulación, vallas publicitarias, carrocerías de coches, cascos, motos, absorbí mucha experiencia y sobre lienzo había practicado en solitario. Desde entonces no he parado de estudiar, de informarme, de contactar con otros artistas y de probar y probar. Debo decir que haber trabajado también en cartelería de cine durante años con el maestro Nando Carreras, te aporta bagaje para enfrentarte a otras disciplinas. Soy consciente de que soy un autodidacta con mucho por aprender. Llevo unos veinte años y esto es una continua búsqueda hacia la personalidad, el carácter con el que quieres impregnar cada nueva obra y no pararé hasta conseguirlo.

Podría parecer la letra de una canción del pop rock español; calles mojadas, luces de neón, reflejos en el agua, imagen urbana. Son algunos de los elementos con los que Enrique completa su rompecabezas artístico.

Un repentino tornado nos envuelve y en su interior reconozco la frontera que divide su fantasía surrealista de un impresionismo que libera figuraciones a borbotones. Escenas cotidianas de lenguaje urbano que adquieren un protagonismo pop a través de los óleos y acrílicos que este inventor maneja.

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Todos tenemos unos puntos de apoyo, unos nombres a los que aludimos por un motivo o por otro.

¿En qué artistas se fija usted?

En muchos. De los clásicos en Rubens y en Rembrandt, en el surrealismo y la fantasía paisajista de Dalí, del arte contemporáneo en la figuración sublime de Lucien Freud y admiro la ironía de Manolo Valdés. Aunque si tuviera que hacer una referencia al arte que yo practico, el nombre sería Jeremy Mann.

Jeremy Mann es un pintor estadounidense que destaca por sus paisajes urbanos, trabajados en paneles de madera, la gran mayoría de sus obras se inspiran en la ciudad de San Francisco, su lugar de residencia. Es un artista elogiado por la crítica experta y coleccionistas, tanto por sus piezas más reconocidas de escenas cotidianas en las urbes, como por sus impresionistas naturalezas muertas o retratos de mujeres jóvenes.

Como a tantos el estado de alarma ha paralizado algunos sueños.

¿Cómo ha utilizado las horas durante en esta pandemia?

La pandemia nos ha dañado es indudable y lo peor ha sido para aquellas familias que han sufrido pérdidas personales. Yo he seguido en la soledad de mi estudio, pintando y restaurando muebles, es una manera de distraerte pero al mismo tiempo de seguir entrenándote. Lo suyo es no parar con la intención y el objetivo de que las obras tengan singularidad, sean identificables. Es la obligación del que quiere dedicarse a este menester, no dejar nunca de investigar, sin que se convierta en una obsesión. Las cosas llegan si uno trabaja, solo hay que tener paciencia.

En esta corta trayectoria ha expuesto en Méjico, en Suiza, en Estocolmo, en Barcelona y en Palma.

En una de sus últimas piezas vemos al cuarteto de Liverpool cruzando la Avenida Jaime III de Palma. El artista ha trasladado una legendaria imagen tomada el 8 de agosto de 1969 por Iain Mcmillan y que sirvió para una de las portadas más famosas de la historia de la música, con John, Paul, Ringo y George cruzando el paso de peatones de Abbey Road.

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Abro un libro que tengo sobre la mesita de noche y pienso que para definir las labores artísticas de Razquin voy a utilizar al azar la primera palabra que da inicio a esa página; hueco.

Este gesto de suerte me obliga a una reflexión inesperada sobre lo que está construyendo. Hueco porque siempre debe haber un espacio en el que aniden nuestras quimeras, porque el arte es flexible y a veces veleidoso y por tanto en su volubilidad se crean continuamente espacios nuevos, hueco porque el arte debe estar vacio hasta que el artista decida lo contrario, porque es la exigencia obligada de quien se esfuerza, hueco porque de lo contrario la perfección nos pisotearía. Hueco hubiera sido si en la vida de este hombre no encontrásemos, ejemplos de superación.

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Nuestra visita finaliza en la terraza de un bar cercano, brindando con unas cervezas fresquitas al calor de este verano avanzado.

Le pedimos al camarero que inmortalice el recuerdo con la cámara de Francisca Sampol y al segundo intento damos por válida la colaboración.

Un día placentero en nuestra agenda.

Textos: Xisco Barceló

Fotografías: Francisca Sampol

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