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Entretiempo

miércoles 30 de octubre de 2019, 03:00h

Henos, ahí, zambullidos de pleno en la época otoñal; en esté período incómodo que transcurre grisáceo entre el traje de baño, los pies de pato y el arpón antibesugos... y el cocido, los calcetines de lana y los turrones. Como todas las transiciones, la estación que denominamos otoño es sumamente aburrida. La verdad es que es un momento del año en que ni fu ni fa sino todo lo contrario. Si fuéramos sinceros, deberíamos añadir a la cuestión el razonamiento de que la primavera sigue la misma dinámica y también es un tostón de mucho cuidado. Lo que sucede es que a la primavera se le añade, siempre, esta chorrada sublime del romanticismo, de la sangre alterada, del amor y de tantas otras bobadas; y así, como quién no quiere la cosa, el equinoccio primaveral pasa como un torbellino de pasiones, hojas reverdecidas y clavos a granel.

Los solsticios -el de verano, calentito él y reposado... y el de invierno, con su estufita y su lluvia blanca- son toda otra cosa. Son estaciones de verdad; señoronas estaciones con su bochorno y sus heladas correspondientes, como debe ser. Nada de medias tintas ni de ahora sí, ahora no, ni de aguas templadas o soserías varias.

Por si todo esto fuera poco, otoño y primavera (otra cosa que comparten) son meses de imposible acción en lo que el vestuario se refiere. ¡No hay manera, oigan! Durante la estación invernal el personal sale de su casa bien lavado, mejor desayunado y con una vestimenta ad hoc, es decir, abrigado hasta las cejas: botas de piel ancha y forradas de cabritillo, calcetines con doble ración de lana peluda, calzoncillos largos, pantalones de pana con cinturón termodinámico, camisa de franela con cuadros cromáticos, camiseta de felpa, bufanda, abrigo cruzado, gorro escocés y todo lo que haga falta. En verano, por su parte, la gente sale a la calle casi en pelota picada -estilo conejo- con sus elegantes chanclas, los pelos de las extremidades al vuelo, su camiseta “imperio” y unos shorts de mírame y no me toques. A esto se le llama precisión y seriedad.

Ahora bien, si nos volvemos a situar en el panorama otoñal observaremos que no hay manera humana de vestirse durante el citado período: si uno sale del hogar abrigado (porque hace un frío que no pela pero que resulta ser de una humedad recalcitrante que profundiza en la enjundia de los huesos) entonces ocurre que al mediodía los humanos se asan de calor y al regreso al pabellón familiar vuelta la burra al trigo. Así no es manera de ir por el mundo.

Antes -ahora ya no, como en todo en esta mierda de mundo caramelizado y, sobre todo, globalizado- existían un tipo de prendas que se llamaban de “entretiempo” y que cumplían con su deber de ser, a la vez, ligeras, confortables, resistentes y calóricas. Todo esto -y casi todo lo que se movía de forma espléndida y magnífica- se acabó con la llegada del desastre del prêt a porter que lo vulgarizó todo y, junto con Ryanair, finalizaron con la civilización y todo lo que suponía la cultura selectiva. ¡Ahí le duele!

Para más inri, otro despropósito se ceba en las entrañas de los equinoccios: el cambio horario. Por si la población no estaba lo bastante aturdida en general con todos los video-juegos, los “Sálvame”, los periódicos que se cuecen en la caverna madrileña, la COPE (con la iglesia hemos topado) y el conflicto de los taxis, resulta que, de golpe y porrazo, en una noche oscura de un sábado turbulento, a sangre fría, a uno le hacen dormir una hora menos o una hora más, lo que más les convenga en cada caso. No se sabe, exactamente, quien decide esta salvajada pero el caso es que se ordena y punto; y el pueblo, domesticado siempre, obedece, acata y se calla lo que piensa (si es que piensa en algo, con tantas tribulaciones...).

¡Equinoccios fuera! ¡Otoño dimisión!

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