Raramente, el deporte constituye objeto de mis artículos. Hay excelentes periodistas deportivos que se cuidan de analizarlo en profundidad y, como se dice vulgarmente, entre bomberos procuramos no pisarnos la manguera. Máxime, cuando del Real Madrid se trata, pues digamos que me interesa más bien poco lo que consiga o deje de conseguir sobre el rectángulo de juego el autoproclamado club más laureado del mundo futbolístico europeo, salvo que afecte a los equipos de los que soy seguidor.
Ahora bien, la rueda de prensa ofrecida ayer tarde por Florentino Pérez excede con mucho el ámbito estrictamente deportivo y se adentra en el de la pura polémica pseudopolítica, rayana con la psicopatología, con gran repercusión social. Puede que cada día mueran centenares de ciudadanos ucranianos, pero a muchos españoles les interesa más comentar la patética imagen de un Florentino fuera de sí que saber cuántos civiles han muerto hoy a manos del ejército de sicarios de Putin.
Se supone que las personas que tienen la fortuna de vivir activamente pese a rondar los 80 años de edad han aprendido a lo largo de su vida a reflexionar sosegadamente y a relativizar las cosas y suplir la combatividad testosterónica propia de los individuos más jóvenes con una cierta benevolencia, hacia los demás y hacia uno mismo.
Pero ayer tarde el anciano Florentino se desnudó completamente ante los medios de comunicación, y de qué forma. Comentarios machistas y casposos al margen, la falta de altura institucional del presidente del Real Madrid fue tan escandalosa que hasta los miembros del gabinete de prensa del club lucharon denodadamente por intentar que cesase su vómito de exabruptos contra periodistas con nombres y apellidos. Florentino se trumpificó, solo le faltó amenazar con destruir el Camp Nou.
Cuando su club gana títulos -y en ese plano, su CV es inmejorable- Florentino nada tiene que decir, ni de árbitros, ni de la prensa. Pero, ay, cuando lleva dos temporadas en blanco, entonces el sueño de su razón produce monstruos. La culpa de que Mbappé no conecte con la grada pese a ser -de momento- el pichichi del campeonato, es de los maléficos redactores deportivos del ABC, o de la COPE,… o de la hoja parroquial. De quien sea, menos de Florentino y de sus decisiones empresariales. Si Vinicius, pese a estar dotado de extraordinarias cualidades futbolísticas, se comporta en el campo como un auténtico macarra de discoteca, será, sin duda, culpa del Caso Negreira. Que varios de sus jugadores se insulten y se aticen en los entrenamientos es también consecuencia de los 18 puntos que le “han robado” los árbitros. En fin, el cúmulo de disparates expelidos por el presidente merengue fue de tal calibre que hoy la prensa generalista cuestiona si, en realidad, no solo ha llegado el fin de un ciclo deportivo, sino el de un ciclo vital o, como mínimo, de un ciclo mental.
Alguien que ya pasó el trance de hasta tres malas temporadas, tras las cuales dejó el cargo por primera vez en 2006, debería saber que, en el deporte, como en política, existen esos ciclos, y que ahora le toca brillar a su máximo rival. Ajo y agua; y punto. Pero Florentino concibe su club como algo parecido al Movimiento Nacional en tiempos de Franco, el partido-club único sin dialéctica posible con los demás. Si el no gana, la competición está adulterada. Naturalmente, una empresa multinacional -nunca mejor dicho- como el Real Madrid está obligada a analizar las causas y a tratar de que la próxima temporada el equipo vuelva a funcionar, porque en este circo romano moderno en que se ha convertido el balompié, para vender camisetas y ganar centenares de millones de euros es necesario que, de vez en cuando, tus fichajes multimillonarios justifiquen las pornográficas cifras que cobran y ganen trofeos. Si no, los niños de África o Asia acaban por hacerse del Barça o del PSG y por comprar el merchandising de la competencia, y eso ya afectaría a la cuenta de resultados, que es lo único que a Florentino en realidad le interesa, por más que cacaree su preocupación por ‘el socio’. Miren, en esto se parece a otro gran ególatra futbolístico, tan autocomplaciente y pagado de sí mismo como él, Josep Lluís Núñez.
Entretanto, quizás algún aficionado debiera cuestionarse cómo el equipo que se vanagloria de representar ante el mundo la idea de España -o, al menos, una cierta idea de ella, porque afortunadamente nuestra España es diversa- es capaz de saltar al campo en una competición internacional sin alinear a un solo jugador español. Todo por España, pero sin españoles. Se mueve mucho más dinero y comisiones fichando dos docenas de mercenarios extranjeros sin afección alguna por nuestro pueblo o nuestro territorio que trabajando desde las categorías inferiores para conseguir un conjunto de chavales surgidos de nuestras barriadas y colegios con los que los merengues de a pie se puedan identificar. Y luego se extrañan que el seleccionador tenga serios problemas para convocar a algún jugador del Real Madrid.





