Nos repitieron hasta la saciedad que, con la llegada al poder de Giorgia Meloni en el otoño de 2022, Italia retornaría a los tiempos más oscuros. Los telediarios, los boletines de la prensa radiofónica y las cabeceras de los ya casi antediluvianos diarios de papel la calificaron, una y otra vez, de neofascista, y de heredera de Mussolini. Quien se hubiese informado únicamente a través de la prensa oficial hubiera llegado a la conclusión de que los italianos se habían equivocado.
Sin embargo, a día de hoy, la realidad vuelve a ser muy distinta de la narrativa publicada. El gobierno de Meloni va camino de convertirse en el de mayor duración de la historia reciente de Italia. Además, puede afirmarse que se ha consolidado como la gran referente europea. Efectivamente, se puede afirmar que es la líder más relevante de la Unión. Ha eclipsado a la insustancial y controvertida reina Úrsula. De hecho, ahora parece que Von der Leyen busca, casi desesperadamente, fotografiarse junto a la dirigente italiana.
La presencia de su figura menuda, y de sus expresivos gestos faciales, se ha convertido en algo habitual en los foros más relevantes de la geopolítica mundial. Sus decisiones y actuaciones, inicialmente denostadas e incluso judicializadas, están siendo progresivamente asumidas por el conjunto de la Unión Europea.
La posición comunitaria respecto a materias tan relevantes como la no confiscación de activos rusos, las fórmulas para alcanzar un modelo migratorio más socialmente asumible, o la flexibilización normativa para el sector del automóvil, han estado decisivamente influidas por la Roma. Sus iniciativas se han consolidado como la opción compartida por todos, mal que les pese a los sectores más radicales.
En el ámbito nacional, sus éxitos económicos y sociales —aunque puedan calificarse de moderados— resultan de enorme importancia para un país que lleva lustros sin terminar de encontrar su rumbo. El control del déficit, la creación de empleo y la estabilidad de los mercados que su gobierno está logrando están inducen, a muchos de sus compatriotas, a la recuperación de la confianza en sí mismos y en sus instituciones.
En política internacional, su realismo atlantista le ha valido el respeto de Washington, donde la consideran la mejor y más genuina representante del Viejo Continente. De hecho, su despegue definitivo como líder global se produjo al saber aprovechar la presidencia italiana del G7 en 2024. Desde entonces, las iniciativas de cooperación con varios países africanos, su sintonía con la nueva Argentina de Milei, encaminada a la prosperidad, y los lazos estratégicos que está tejiendo con la India —ya sea mediante la promoción del Corredor Económico India–Oriente Medio–Europa o la colaboración en el desarrollo e implementación de la inteligencia artificial a través del proyecto Blue Raman— le han otorgado una proyección internacional indiscutible.
Sin ninguna duda, su discurso basado en el entendimiento y la tolerancia —y, por tanto, claramente anti-wokista— constituye una de las claves fundamentales de su éxito. Sus intervenciones públicas, y su presencia en redes sociales, tienen mucha más relevancia de la que se percibe desde los medios de comunicación subvencionados españoles. Defiende la familia, la identidad sexual como dato biológico, la herencia cristiana liberal y tolerante de Europa, la presunción de inocencia, una democracia libre de tutelas de comités de expertos y, por supuesto, la propiedad privada. Combate la cultura de la cancelación, rechaza las políticas de género, el desasosiego climático y el victimismo que pretende justificar cualquier práctica contraria a Occidente. Estos días, de forma coherente, ha defendido la acción militar de EEUU en Venezuela. Ella misma —mujer y líder indiscutida de la derecha europea— es un revulsivo político que explica buena parte de su magnetismo.
En definitiva, Meloni no ha traído ni el apocalipsis ni el autoritarismo que anunciaba nuestra cada vez más desautorizada prensa tradicional, sino algo mucho más incómodo para el pensamiento dominante: estabilidad, coherencia y aceptables resultados. Hoy por hoy, en una Europa agotada de retórica woke y huérfana de liderazgo, ella se ha convertido en la figura política más influyente. De esta forma, una vez más, queda demostrado que a la derecha política le fascinan los liderazgos femeninos.





