Harto ya de estar harto

Cuando alguien asegura que será breve al inicio de su disertación, es casi seguro que se prolongará más de la cuenta y mucho más de lo deseable. En esta ocasión romperé el maleficio, porque no puedo más con la canícula estival, el precio de los helados (y otros artículos de primera necesidad) pero, sobre todo, estoy harto de la hipocresía política.

No podemos, ni debemos, soportar que el deterioro institucional y la pérdida de credibilidad de un sistema de convivencia democrático esté erosionando, hasta su destrucción, todo aquello por lo que algunos perdieron sus vidas y otros muchos luchamos con denuedo en las calles. La Constitución de 1978 supuso un antes y un después de un país occidental, que aspiraba a ser, no sólo de los más avanzados de Europa, económica y socialmente, sino un ejemplo de armonía y regeneración, tras los enormes conflictos a los que nos hemos visto abocados históricamente. Los pactos de la Moncloa, el acatamiento de un marco legislativo que avanzaba a trompicones, pero que ni un golpe de Estado consiguió revertir, y las muchas renuncias de ambas partes para lograr un objetivo común, han descarrilado estrepitosamente, como ya predijo Antonio Machado hace un siglo.

Con las encuestas publicadas este principio de semana sobre la falta de confianza en la imparcialidad de la judicatura, sólo las Fuerzas y Cuerpos de seguridad del Estado o la UME merecen la aprobación general de una sociedad desesperanzada y perpleja. Aunque rojo es el pañuelo de los navarros en San Fermín, la camiseta de la selección balompédica y el aviso de AEMET por calor para la mayor parte del territorio nacional, nuestra clase política ni se ruboriza ante la magnitud de despropósitos y contradicciones a las que nos someten. Podría citar como ejemplo al PSOE, actuando siempre como oposición y defendiendo a ultranza lo que critica hasta el desmayo, sin temer a manipular la realidad, en lugar de mejorarla; también el PP, cuando cuestionan un día lo mismo que respaldaron la víspera; más de lo mismo con los neoliberales que denigran al partido en el que militaron la mayoría, para alivio de sus antípodas; o a los nacionalistas, que siempre ponen la mano al Estado  del que reniegan, cuando lo necesitan; o a las izquierdas radicales, que se tapan la nariz y miran hacia otro lado cuando peligran sus dietas. 

Hay que poner en entredicho el abstencionismo, al que nos incitan, porque las reglas del juego que acordamos reparten los escaños por los votos emitidos en color, al margen de cuantos hayan sido introducidos en las urnas. De este modo, dejaríamos el futuro del país en manos de los que opinan que la culpa de todo está en el otro hemisferio, pero hay que hacer algo para que el sumidero no nos arrastre a todos. Mi pesimismo, virtud que se le atribuye al optimista bien informado, no es apocalíptica, pero se acerca mucho al borde del abismo. O generamos anticuerpos a la polarización, que ZP reconoció era imprescindible para preservar el poder, y fomentamos la esperanza en el futuro, con referentes que piensen en las próximas generaciones y no en las siguientes elecciones, o sólo tendremos ejemplar algún rincón de la costa sin urbanizar. 

Me gustaría mantener el espíritu asertivo del que siempre he hecho gala, ante cualquier teclado o micrófono, pero no hay Tadalafilo que resuelva la impotencia que sufro por no comprender cómo hemos podido llegar hasta aquí y cómo revertir la escalada de confrontación y perdida de respeto al diferente. Ni los pitones de los morlacos en cada encierro, desde este 7 de julio, pueden hacer tanto daño como el desapego y la fragmentación. No es menos cierto que los síntomas de la enfermedad son tan extendidos por doquier que la OMS debería declarar la emergencia pandémica por “populismovirus”, pero si no reaccionamos con criterio y sensatez para evitar las manipulaciones de los titiriteros, acabaremos convertidos en protagonistas de Un mundo feliz, que ni era feliz ni sería el lugar donde nos gustaría vivir.

Menos mal que, cuando gana España en el Mundial de fútbol, en algo estamos casi todos de acuerdo. A ver si dura…

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