No hace falta ser un reputadísimo consultor de comunicación para saber que, desde hace años, existen en el mercado multitud de herramientas que miden la reputación on line de empresas e instituciones. Son programas cada vez más sofisticados y precisos, que han ido evolucionando sus métodos de análisis para atender al peso creciente de las redes sociales en la discusión pública. Quien dice medir la reputación, dice medir cualquier otro parámetro que sea de interés. La pólvora se inventó en China allá por el siglo IX, y ahora el gobierno de España la anuncia en rueda de prensa.
Esta semana, se ha presentado en la Moncloa con gran fanfarria y titulares a cuatro columnas, HODIO, un sistema para monitorizar la difusión de contenidos que promuevan el odio. Es una novedad equivalente a descubrir hoy América, porque existen observatorios, financiados con dinero público, que vienen haciéndolo desde hace más de un lustro. También lo hacen entidades privadas, como La Liga de Fútbol Profesional, y otros chiringuitos de dudosa fiabilidad.
Todo vale para mantener entretenido al personal. Sin embargo, merece la pena detenerse en los datos ya recogidos por esas herramientas que el gobierno, al parecer, no sabía que existían. Por ejemplo, en 2025, los contenidos que crecieron de manera exponencial en las redes fueron los del odio antisemita. A ello contribuyó el debate sobre el «genocidio» en Gaza y la respuesta desproporcionada de Israel a los ataques de Hamas del siete de octubre.
«Desde el río hasta el mar» no es título de un poema romántico. Es un lema que reclama la existencia de un solo Estado palestino. Es decir, niega la solución de los dos Estados. Muchos de sus partidarios, como el régimen iraní, lo que proclaman expresamente es la aniquilación total del Estado de Israel. La «entidad sionista», como dicen ellos. La pregunta que cabría hacerse es en qué medida los ministros del gobierno de Sánchez que vocean esa consigna en las manifestaciones, han alentado también el odio antisemita.
Apostaría todos mis campos de algodón a que HODIO considerará ese eslogan un verso bucólico y pastoril. Porque nadie ha explicado el modelo de clasificación que empleará su algoritmo, ni los criterios de etiquetado, ni la definición de odio. No me digan que no tiene su gracia que los mismos que gritaban esa proclama belicista hace unos meses, sean hoy los que más fuerte vociferan el «no a la guerra».
Hemos llegado al absurdo de que el rey de la polarización quiera medir las consecuencias de la polarización. Pedro Sánchez ha desmontado el partido que contribuyó a la transición democrática en España, para convertirlo en un factor divisivo de la sociedad española. Y eso tiene consecuencias. En Madrid, y también en las comunidades autónomas. El martes asistimos en el Parlament de Baleares a un debate surrealista, contado de manera surrealista por la mayoría de crónicas parlamentarias.
En 2018, los partidos de izquierda que gobernaban nuestra comunidad aprobaron exclusivamente con sus votos la Ley de Memoria y Reconocimiento Democráticos. Partido Popular y Ciudadanos votaron en contra por considerarla una ley parcial que generaba división, que no respondía a una memoria integradora y que dejaba fuera a víctimas inocentes de un conflicto civil indeseable. Es definitiva, la rechazaron, estando en minoría, por ser una ley profundamente ideológica.
Ocho años mas tarde, cambia la mayoría y, por tanto, cambia la ideología más votada por los ciudadanos. Y esos mismos partidos, y muchos periodistas, se rasgan las vestiduras porque se deroga una ley que no contó con el apoyo del partido que hoy es el más votado. ¿Pero no era eso la democracia? Si en 2018 el PSIB pretendía aprobar una ley que perdurara en el tiempo, ¿no hubiera sido lógico buscar un consenso con el principal partido de la oposición, y candidato a gobernar cuando no lo hacen los socialistas? Ay, no, que entonces se enfadaba Podemos.
Nos guste más o menos, cuando uno elige el extremo de un lado está legitimando el extremo contrario. Y, siendo honestos, se ha de reconocer que, en España, la primera en echarse al monte fue la izquierda. Entre otras cosas porque Vox prácticamente ni existía. Es gracioso comprobar cómo el mismo PSOE que dio por muerto el bipartidismo y los acuerdos de Estado, es ahora el que reclama al PP que no pacte nada con nadie a su derecha. Es decir, el centro derecha convertido en florero del sistema, que no sólo no puede gobernar con Vox sino tampoco derogar las leyes ideológicas de la izquierda. O sea, que Prohens se haga un Rajoy para que engorde el candidato de Abascal en Baleares. Un discurso demasiado burdo, incluso en boca de Iago Negueruela.
Josë Manuel Barquero
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