¿Qué significado tiene para usted intervenir en un espacio con tanta historia educativa?
— Es muy especial. Los jesuitas han tenido un papel único en la historia y su apuesta por la excelencia les ha diferenciado. En mi caso, además, hay un vínculo personal y académico con su legado, desde mis referentes intelectuales hasta la formación de mi propia familia. Por eso es una ilusión estar aquí. Estar en uno de los centros más antiguos del mundo en activo es, sencillamente, emocionante.
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En los últimos años se habla mucho de salud mental, especialmente entre los jóvenes. ¿Estamos avanzando realmente en ese sentido?
— Está bien que se hable, pero no basta: hay que actuar. Y una de las claves es la prevención. Prevenir significa construir una sociedad más sana: con menos ludopatía, menos violencia de género, menos corrupción. Porque cuando vemos casos de personas que viven en dinámicas destructivas —con excesos, adicciones o conductas desordenadas—, eso acaba derivando en desequilibrios emocionales.
También es necesario estudiar los factores genéticos, los biomarcadores, la herencia… todo lo que influye en el temperamento con el que uno nace. Y, por supuesto, mejorar las “circunstancias”, como decía Ortega y Gasset, para facilitar que las personas desarrollen un carácter capaz de afrontar las situaciones propias de la vida.
En esa línea, debemos educar a los niños en una personalidad basada en el verdadero aprendizaje: entender que lo importante es el otro, desarrollar la empatía, la conciencia, saber utilizar herramientas como la inteligencia artificial o el cariño hacia una mascota, pero sin olvidar que, ante todo, somos humanos.
¿Se está banalizando la salud mental hoy en día?
— Hay que entender que vivimos en un contexto complejo. Por ejemplo, TikTok está llevando a muchos jóvenes a entrar en auténticas “madrigueras” de las que es muy difícil salir, por los contenidos que consumen: bandas, conductas problemáticas o trastornos como la anorexia. Esto perturba y genera inquietud, a la que se suman nuevas dudas vinculadas a herramientas como ChatGPT: algunos jóvenes se preguntan constantemente si están bien o mal, o llegan a cuestionarse si un cambio emocional puntual implica un trastorno.
Existe, por tanto, un riesgo de banalización: la sobreexposición del tema o el relato constante de experiencias personales puede generar distorsiones. En un país como España, con baja natalidad y alta esperanza de vida, es necesario atender estos problemas, pero sin sobredimensionarlos ni simplificarlos.
Antes, ante posibles diagnósticos como el TDAH, los padres eran más prudentes por miedo a estigmatizar; hoy a veces parece que se busca una etiqueta para cualquier malestar, lo que también es preocupante. Lo que más inquieta es la falta de ilusión y de proyecto vital en muchos jóvenes. Esa pérdida de sentido es un problema profundo.
¿Aboga por prohibir las redes sociales hasta los 16 años como plantea el Gobierno?
— Es lógico plantear límites a determinados contenidos y plataformas, como ya ocurre con la pornografía violenta. En algunos casos, soy favorable a la prohibición. La sociedad ya establece restricciones en ámbitos como el consumo de alcohol, la conducción o el acceso a armas, e incluso el derecho a voto hasta los 18 años. Si hay contenidos especialmente perjudiciales, tiene sentido poner límites.
El debate está en dónde situar el corte, si en los 14 o en los 16 años, pero lo importante es asumir que existen productos muy lesivos para los jóvenes. Estamos viendo fenómenos preocupantes, como agresiones sexuales en grupo, que antes no eran tan visibles. En muchos casos hay una falta de educación afectiva: se confunde el amor con la posesión o con la violencia, cuando la sexualidad debería estar vinculada al respeto, el afecto y el cuidado.
Como exdefensor del menor, ¿cuáles son hoy los principales riesgos para la infancia?
— Fui Defensor del Menor en Madrid entre 1996 y 2001 y después presidí la red europea, formada por 14 defensores. Hoy veo varios riesgos claros. El primero, la sobreprotección: no estamos enseñando a los niños que la vida exige esfuerzo y compromiso. El segundo, la pérdida de contacto con la naturaleza. Somos animales y necesitamos ese vínculo. En tercer lugar, no se fomenta la espiritualidad —que no es lo mismo que la religiosidad—, algo esencial en el ser humano. También me preocupa el auge de una sociedad muy narcisista, muy del 'selfi', cada vez más centrada en uno mismo y menos en los demás.
Otro riesgo es el consumo de alcohol y drogas como vía de escape o desresponsabilización: se utilizan para justificar conductas que se sabe que están mal. A esto se suman las separaciones mal gestionadas y, especialmente, la falta de educación en empatía, sobre todo en los varones. No se les enseña suficientemente a respetar, a entender lo que siente el otro, y eso sigue derivando en casos de violencia de género. Dicho esto, también hay avances. Vivimos en una sociedad más diversa, con mayor respeto hacia las distintas orientaciones e identidades. En ese sentido, hemos mejorado claramente.
Respecto a la ley del menor, usted ha defendido en ocasiones la necesidad de revisar su marco legal. ¿Cree que debería reformarse y en qué aspectos concretos?
— Soy uno de los padres de la Ley Orgánica 5/2000 de responsabilidad penal del menor, que cumple 26 años. Habría que plantear, en hechos graves, intervenir desde los 12 en vez de desde los 14. Es una pena, es una muy mala señal para la sociedad, pero tenemos hechos muy graves, entonces en algunos casos hay que intervenir antes de los 14, sin duda.
Luego me preocupa y me perturba sobremanera que el seguimiento de muchos años me ha demostrado que si un chico comete una agresión sexual siendo menor, el riesgo de que lo cometa cuando cumple los 18 es muy alto. La ley, siguiendo la Convención de Derechos de la Infancia, limita y cancela el historial del menor. Es decir, el expediente del menor prácticamente se destruye, por lo que tenemos un mayor riesgo para posibles víctimas.
Por ejemplo, un chico que ha cometido una agresión con 15 años, el riesgo de que lo cometa con 17 o con 19 es muy alto. Así como en otro tipo de delitos, aunque sean muy graves, el riesgo de reincidencia es escaso, en el caso de la agresión sexual es alto.
Desde el Observatorio de la Salud Mental que dirige, detectan preocupación por la ansiedad, la violencia familiar o la desestructuración. ¿Qué le trasladan hoy los profesores que antes no ocurría?
— Cerca del 90% de los profesores percibe altos niveles de ansiedad en el alumnado, pero no es la ansiedad normal ante un examen, sino una más profunda, ligada a entornos familiares desestructurados, conflictos o separaciones mal gestionadas. Ese “no me da la vida” se ha instalado y tiene consecuencias. Además, ansiedad y depresión suelen ir de la mano, y en los jóvenes esta última se manifiesta de forma distinta.
También ha cambiado el profesorado: hace una década, el 60% iba a clase con entusiasmo; hoy, el 36%. Muchos sienten falta de reconocimiento y cierta confrontación con las familias, aunque no siempre sea real. A esto se suma la necesidad de adaptarse a nuevas realidades: se exige formación continua, capacidad pedagógica y base cultural, mientras se han tenido que reforzar figuras como la autoridad del docente o del médico. En una sociedad desigual, el contexto familiar y educativo condiciona mucho: cada uno construye su camino, pero el punto de partida pesa.
Menciona que la inteligencia artificial es más un concepto de marketing que una inteligencia real. ¿Qué papel puede tener en la educación sin sustituir lo humano?
— Hemos desarrollado un vademécum para el profesorado con 21 clínicos, una guía que ya se usa en miles de centros educativos. A partir de ahí incorporamos la inteligencia artificial como apoyo: mediante un código QR, los docentes formulan preguntas y, si la respuesta está en el vademécum, la IA la ofrece de forma inmediata, lo que agiliza mucho el trabajo.
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Cuando la cuestión requiere criterio o profundidad, la IA no responde y la consulta pasa a un equipo humano de especialistas, que la estudia con rigor. Por ejemplo, dudas sobre diferencias entre profesionales o intervención en altas capacidades. La IA es útil para gestionar información ya existente, pero no puede sustituir la toma de decisiones. Es una herramienta que ayuda y optimiza, pero el criterio sigue siendo humano: saber cuándo y cómo actuar es responsabilidad de las personas.
Insiste en conceptos como el respeto, la palabra o la dignidad. ¿Cree que estos valores se están debilitando en las nuevas generaciones o es una percepción exagerada?
— Mi experiencia con jóvenes es bastante positiva. En la universidad y otros ámbitos veo compromiso, responsabilidad y capacidad de criterio. No es una cuestión de edad, sino de actitud. Tendemos a generalizar, pero hay muchos jóvenes que entienden la dignidad, saben decir que no y quieren progresar. Los medios a veces ofrecen una visión sesgada.
He trabajado también con realidades muy duras, incluso con delincuencia grave, pero sigo siendo optimista. Además, he visto mucha generosidad en proyectos solidarios como la Fundación Pequeño Deseo, donde la respuesta social es extraordinaria. En general, la mayoría de jóvenes con los que trato son responsables y con valores como la lealtad, la honradez y la dignidad.
Usted ha tratado casos muy duros como psicólogo forense. ¿Qué le han enseñado sobre la naturaleza humana?
— Dos ideas clave. La primera, que la maldad existe: hay personas que disfrutan haciendo daño. Pero también el sistema funciona en muchos casos: alrededor del 80% de los menores que delinquen no reinciden y pueden reconducir su vida.
La segunda es que muchos jóvenes, incluso en contextos difíciles, pueden rehacer su vida si se les da oportunidad. Eso es esperanzador. Aunque también hay casos de delitos graves en adultos donde la sociedad debe protegerse, garantizando seguridad sin perder el trato digno.
¿Estamos confundiendo protección con sobreprotección en la crianza?
— Sí, a menudo. Algunos padres evitan el conflicto y ceden demasiado, y eso es un error: educar implica poner límites y enseñar a afrontar la frustración.
La sensibilidad también se educa: no se trata de debilidad, sino de incorporar valores como empatía, cuidado y respeto. Se aprende con experiencias concretas, como cuidar una mascota, una planta o acompañar a personas mayores. No basta con decir “sé buena persona”, hay que practicarlo. Así se construyen hábitos como el respeto, el lenguaje adecuado o el perdón.
¿Somos mejor sociedad de lo que creemos?
— Sin duda. En lo cotidiano la gente suele ser buena, pero tendemos a generalizar lo negativo. Los medios refuerzan esa visión porque lo negativo genera más atención.
Hay muchas iniciativas positivas que no se cuentan: proyectos educativos, solidaridad, compromiso. Lo negativo hace más ruido, pero no define la realidad. En el fondo, somos mejor sociedad de lo que pensamos.
En un mundo acelerado y con inteligencia artificial, ¿qué estamos perdiendo?
— La IA es útil, pero no puede sustituir lo esencial. La tecnología facilita, pero también puede alejarnos de lo importante: leer, reflexionar, estar en silencio o en contacto con la naturaleza. También se pierden espacios de diálogo real, de conversación sin gritos ni insultos. Eso es clave transmitirlo a los jóvenes.
Trabajo con personas que sufren situaciones muy complejas y por eso insisto en que no podemos perder lo humano. Hay que aprovechar la tecnología sin renunciar al conocimiento, la reflexión y el contacto con los demás.








