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Antes de dormirme

sábado 08 de agosto de 2020, 02:00h
Desde pequeño, casi siempre suelo dormir en posición fetal, de lado y acurrucado. Es como si colocado así, de ese modo, estuviera algo más protegido de los males o de los miedos que suelen acechar a veces, en la oscuridad de la noche, a nuestro alrededor. Cuando era niño, pensaba que colocándome de esa manera, ningún espíritu malo podría hacerme nunca ningún daño. Y todavía hoy sigo pensando en gran medida de ese mismo modo.

Ahora, antes de dormirme, suelo repasar siempre un poco cómo ha ido el día, y suelo pensar también en las cosas que fueron bien y en las que no lo fueron seguramente tanto. Después, suelo pensar en cómo será tal vez el día siguiente, o en alguna posible gestión que quizás tenga que hacer, o en qué noticias irán siendo las más destacadas o las más importantes conforme vaya pasando la jornada. En ocasiones, suelo preguntarme también qué día hará al levantarme, sobre todo en las noches en que me he dormido acompañado por el suave sonido de la lluvia.

Algunas noches, suelo ilusionarme pensando también en qué película veré quizás al día siguiente, aunque luego, por falta de tiempo, muchas veces no suela ver ninguna, o sólo media, por lo que dejo entonces la otra media para otro momento, el primer momento en que por suerte pueda seguir disfrutándola. Otros posibles motivos de ilusión son pensar que tal vez podré ver a alguna de las personas que sé que sinceramente me aprecian, y viceversa, o que podré pasear durante un rato por Palma, sin prisas, serenamente, con calma. Todos esos pensamientos me ayudan poco a poco a dormirme, sin tener por ahora la necesidad de contar decenas de ovejitas saltando disciplinadamente una valla.

A veces, cuando me pregunto cómo deben de ser las personas que leen estos artículos, pienso en si coincidiremos de alguna manera en nuestra manera de ver la vida o en nuestros gustos literarios, cinematográficos o musicales. Y a veces me da por pensar que muchas de esas personas quizás duerman también como yo, de lado y siempre acurrucadas, protegidas así de los miedos o de los espíritus malos, que incluso siendo ya adultos suelen acechar, a veces, en la profunda oscuridad de la noche.
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