No he conocido a ningún futbolista que no haya declarado fiel a su entrenador al menos hasta un día después de que su club le haya cesado. Nunca lo he visto en el Mallorca ni recuerdo haber tenido noticias de ello en cualquier otro club español. La cosa cambia en cuanto se produce el relevo en el banquillo o es el jugador quien toma las de Villadiego. Por eso si Maheta Molango quería conocer la opinión de la plantilla respecto a Fernando Vázquez, le hubiera resultado más práctico preguntar a Colunga u Ortuño, pues hoy día la distancia no es óbice para contactar con cualquiera hasta en el lugar más lejano del mundo. Si a mi se pasara por la cabeza indagar entre los empleados del club cómo ven la gestión del consejero delegado, no recurriría a Iván Campo, Javier Recio o Tino Martínez, por poner ciertos ejemplos. Me dirigiría a otros ejecutivos y trabajadores cuyo nombre me reservo para no torpedear sus puestos de trabajo, aún consciente de que los hay que hace tiempo buscan insistentemente empleo en otros lares.
Como ya he explicado en múltiples ocasiones, el mundo del fútbol es como un jardín de tópicos en forma de árboles, arbustos o flores. Las dimisiones o ceses de técnicos y sus circunstancias o condiciones ocupan una parcela exclusiva de la especie que cada uno considere más apropiada. Que se marchen por su propio pie hay pocos. Casi sin excepciones siempre se consideran capaces de remediar hasta la más negativa de las situaciones. Y, en la misma medida, ninguno que renuncie a la totalidad de sus contratos, lo que a veces obliga al directivo a reconsiderar su decisión antes de aplicar la guillotina. Solamente ha conocido a uno, Héctor Cúper, que no reclamó más que lo correspondiente hasta su último día trabajado y que, en vísperas de una jornada con el Mallorca en descenso tuvo la gallardía de reconocer que no aspiraba a otra cosa que ganar un partido, solo uno, antes de terminar la temporada. Pero, ya saben: la excepción confirma la regla.






