La cultura importa

Tómese a dos personas (llamémosles A y B) y ofrézcase a A una cantidad de dinero (digamos, 20€) para que la reparta entre ambos. A puede dar a B la cantidad que elija, desde 50 céntimos hasta 20 euros, y, si B acepta, ambas partes se retiran con sus ganancias y ya no vuelven a interactuar.

Según la teoría económica clásica, B debería aceptar cualquier cantidad de dinero que le ofreciera A. El «homo economicus» decidirá racionalmente que cualquier suma, por pequeña que sea, es preferible a cero, que es lo que obtendrá si rechaza el trato. Sabiendo esto, A debería racionalmente ofrecerle 50 céntimos y retirarse tranquilamente con sus 19,50 euros restantes una vez aceptado el trato.

¿Funcionan así las cosas en la realidad? Pues no. Los experimentos demuestran que las ofertas suelen ser mucho más equitativas (40–50 % del total), y que las que se consideran «injustas»” (por debajo del 20–30 %) suelen ser rechazadas. Esto último es muy relevante: estamos muy dispuestos a penalizar al aprovechado aunque nos cueste dinero. Es decir, el «juego del ultimátum» (que así se llama en psicología) enseña que hay muchos otros factores en juego aparte del mero cálculo económico. Para empezar, demuestra que valoramos la equidad. Y, más relevante aún, que estamos dispuestos a sacrificar beneficios materiales para hacer cumplir normas morales: sí amigos, somos animales punitivos. De ello proviene nuestra moral y nuestra capacidad de cooperar. 

Este es un experimento conocido, pero el antropólogo y profesor de biología evolutiva de Harvard Joseph Henrich descubrió algo singular: no funciona igual en todo el mundo. En concreto, los resultados descritos se repiten con regularidad en lo que llamamos occidente, pero no en otras culturas. Curiosamente, otras sociedades menos sofisticadas que la nuestra se comportan de forma más parecida al «homo economicus» de nuestros sofisticados economistas.

Hay otros ejemplos. Imaginen que les ofrecen 100€, pero les dan a escoger entre recibirlos inmediatamente u obtener una cantidad mayor transcurrido un año. ¿Por qué cantidad estarían dispuestos a esperar? Un sueco medio escoge la opción diferida a partir de 144€, pero un ciudadano de Ruanda exige mucho más: 212€. Curiosamente estos datos están correlacionados con el nivel de corrupción de un país: aquellos más predispuestos a diferir la recompensa suelen disfrutar de instituciones más estables.

Y este me gusta especialmente. Imagine que está en el aeropuerto y descubre que le han dado el cambiazo a su maleta. Y ahora piense en estos dos escenarios: en el primero, ha sido Hernández, que, sencillamente, le ha robado la maleta. En el segundo, ha sido Fernández que se la ha llevado por error porque era muy parecida a la suya. ¿Juzgaría con igual severidad a Hernández y a Fernández? Pues si es occidental no: trataría más duramente al que intencionadamente le ha robado. Pero si es nativo de las islas Fiyi no hará diferencias: la cuestión es que le han dejado sin maleta. 

Es decir, las distintas culturas presentan diferencias psicológicas. Pero la cosa es más curiosa aún: las distintas culturan moldean distintas psicologías. Los occidentales tenemos diferencias psicológicas porque hemos creado a lo largo del tiempo (y de forma no premeditada) determinadas instituciones. El proceso es sorprendente: las normas, instituciones y creencias de una sociedad crean un ecosistema cultural que, en cierto sentido, actúa de manera análoga a los ecosistemas físicos. Por eso, junto a la selección natural opera una evolución cultural. 

Este asunto de la cultura es muy complejo (ahora se empieza a entender), pero también muy real. Es, además, bastante inflamable y debe emplearse con cuidado, porque puede fácilmente servir de cobertura al tribalismo y disparar la xenofobia. Pero debemos tomarlo muy en serio. Por ejemplo, cuando Sánchez pretende buscarse una salida como lobista chino, a costa de debilitar nuestras relaciones con nuestros tradicionales socios occidentales, está entrando como un elefante ciego en una cacharrería, sin saber qué se va a cargar. Y cuando nos enteramos de que hoy el 20% de los que viven en España han nacido en el extranjero, y que esta cifra asciende al 25% en el caso de los adultos en edad de trabajar*, deberíamos alarmarnos ante la evidencia de que tenemos en el gobierno aprendices de brujo, que no entienden las fuerzas que están desencadenando, y a los que muy previsiblemente se les van a descontrolar los conjuros.

*Datos obtenidos de Kiko Llaneras.

Suscríbase aquí gratis a nuestro boletín diario. Síganos en X, Facebook, Instagram y TikTok.
Toda la actualidad de Mallorca en mallorcadiario.com.

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Más Noticias