En una isla con un carácter cerrado y poco abierto al mar, se crean hábitos y costumbres que con el tiempo devienen en vicios que los foráneos y hasta los propios aborígenes critican.
La mala costumbre de hablar y comentar sobre el uno u el otro y las formas enrevesadas y subliminales de hacer el mal y poner la zancadilla al vecino son propios de la raza humana, pero si ha esto se le añade una cucharada de envidia y una pizca de hipocresía se genera un cóctel explosivo digno de la película “Fast and Furious”.
Una de las cosas que más llama la atención al que viene a Mallorca desde fuera es la categorización social que ostentamos. Como en todas partes, hay clases altas y bajas, medias y “outsiders”. Pero nosotros tenemos una división más, peculiar de estas islas, la de los mallorquines y los forasters. En general se aplica este término a todo aquel individuo venido de la península, especialmente desde la meseta hacia el Sur, y frecuentemente, se ha venido usando de modo despectivo (incluso hay una expresión, “es forasterum”, que viene a ser algo así como un sinónimo de la chusma). Sucede que el carácter isleño es cerrado y ve con desconfianza a todo el venido de fuera. Cualquier grupo social, para blindar mejor su identidad, se diferencia, en general, poniéndose por encima de los vecinos, y el caso de las islas, al ser geográficamente un espacio cerrado, facilita más este concepto psicológico frente a lo que sucede en otras poblaciones. Si a esto lo complementamos con una historia llena de invasiones, conquistas, escaramuzas, asaltos y reconquistas, puede que se entienda mejor esta afición por mirar mal a todo el venido de fuera.
Por todo lo traído a colación anteriormente, ahora la cuestión se ha llevado a la sublimación, pues, ya no sólo se cierra en banda la sociedad mallorquina con los forasters, si no que, los mismos mallorquines comienzan una guerra desaforada para subsistir y permanecer en su estatus sacando las espadas y látigos al mismo tiempo que sonríen a su semejantes.
Ya lo decía hace un tiempo atrás el vasco del Govern, quien afirmaba sin pestañear y con toda la razón del mundo que los mallorquines no sabemos ser asociativos, que cada uno trabaja por y para si mismo y eso de ayudar y cooperar con el vecino, con la empresa competidora o en equipo nos cuesta un horror; máxime si encima a todo ello le sumas las malas artes que actualmente la sociedad esta tomando, el resultado obtenido son codazos, apariencias falsas disfrazadas de halagos y comidilla de cocina que beneficia al transeúnte estupefacto pero no al residente, ni tampoco a la convivencia social.
La importancia del cambio de sillas y cambio generacional en todos los ámbitos y sectores de la sociedad mallorquina esta haciendo de esta una isla hipócrita. Entre el circo judicial y mediático que llevamos arrastrando estos años y la competencia devastadora que nos llega de fuera con inversiones extranjeras sin parangón, los mallorquines estamos a la que salta, con un ambiente crispado e hipócrita. Que pena de isla bonita, como cantaba Madonna, y todo ello, sin traer a colación el hecho de que ya se ha perdido por completo el calificativo de Isla de la calma.
Sólo ruego, para que en breve, esta isla no sea conocida como la isla de los hipócritas, Oremus pro Domine.





