Estos días pasados, la liturgia nos ha recordado el ‘misterio central del cristianismo’: la encarnación de Dios’. El Evangelio de Juan lo expresa en términos de todos conocidos: “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14). Para el cristiano, aquí radica su esperanza. No en las previsiones y cálculos humanos, por optimistas que sean. El mensaje de Dios a la humanidad consiste, precisamente, en esto: en que Dios ha querido ‘compartir nuestro camino, para que nunca estemos solos en la travesía de la vida’ (León XIV, Ángelus, 4 de enero de 2026).
¡Insondable misterio! Dios se encarnó en un ser humano, en Jesús de Nazaret, y en Él se nos ha revelado a todos, se nos ha dado a conocer, se nos ha comunicado y entregado. Como ha recordado León XIV, ‘se hizo uno de nosotros, eligió estar con nosotros, quiso ser para siempre el Dios con nosotros” (Ibidem). Dios se ha unido a la condición humana. El Trascendente ha venido a nosotros en ‘la debilidad de la carne humana’ (Ibidem). Como nos dejó dicho José M. Castillo, “Jesús, por tanto, representa y significa que en lo humano, y solo en lo humano, es donde podemos encontrar a Dios y donde podemos relacionarnos con Dios” (cf. Delgado del Rio, La despedida de un traidor, págs. 215-222; Castillo, La humanidad de Dios, Trotta, 2016).
Precisamente, León XIV, mediante sus palabras en el Ángelus aludido, ha hablado de un compromiso “hacia Dios, porque si Él se hizo carne, si eligió nuestra humana fragilidad como su morada, entonces siempre estamos llamados a pensar en Dios a partir de la carne de Jesús y no desde una doctrina abstracta. Por eso, siempre debemos verificar nuestra espiritualidad y las formas en las que expresamos la fe, para que sean realmente encarnadas, es decir, capaces de pensar, rezar y anunciar al Dios que viene a nuestro encuentro en Jesús; no un Dios distante que habita en un cielo perfecto sobre nosotros, sino un Dios cercano que habita nuestra tierra frágil, se hace presente en el rostro de los hermanos, se revela en las situaciones de cada día” (cf. la reflexión de Juan A. Estrada, s.j., Humanización de Dios y humanización del mundo).
Con estas palabras luminosas, León XIV hace suyo el magisterio de Francisco y, sobre todo, reafirma el impulso que afloró un modo de entender el cristianismo, un tanto relegado en la vida de la Iglesia, en la perspectiva de la encarnación y humanización de Dios. Por tanto, “viviendo como vivió Jesús así es como podemos conocer a Dios y hacer lo que Dios quiere que hagamos” (Castillo). Esto es, a través de lo humano, de lo profano, de la lucha por construir la sociedad del momento y cooperar, de modo activo, en la obra de la creación, encontraremos a Dios. ‘Cuanto más humanos seamos, más ‘divinos’ nos hacemos’.
Asimismo, el Papa agustino también ha querido subrayar otro compromiso hacia el ser humano. “Si Dios se ha hecho uno de nosotros, toda criatura humana es un reflejo suyo, lleva en sí su imagen, conserva un destello de su luz; y esto nos llama a reconocer en cada persona su dignidad inviolable y a ejercitarnos en el amor mutuo unos hacia otros. De este modo, la encarnación nos pide también un compromiso concreto por la promoción de la fraternidad y de la comunión, para que la solidaridad sea el criterio de las relaciones humanas; por la justicia y por la paz; por el cuidado de los más frágiles y la defensa de los débiles. Dios se hizo carne, por eso no hay un culto auténtico hacia Dios sin el cuidado de la carne humana” ¡Magnífico!
El resto es obra de cada uno. Lo importante es saber que la propuesta que acabas de escuchar ha de impregnar tu vida y, en esa medida, la hará madurar y la colmará de felicidad. Ten el coraje de realizar, imitar en el día a día, las actividades de humanización que ocuparon la vida pública de Jesús (Delgado del Río, La despedida de un traidor, Caligrama 2023, págs. 227-244). Esto dará sentido a tu vida.



