Desde que nacemos, vivimos rodeados de personas, de objetos y de sonidos, pero sobre todo de palabras, aunque nosotros aún no podamos utilizarlas en nuestros primeros meses de vida.
Con un poco de suerte, quienes están entonces a nuestro lado no sólo nos cuidan, nos miman y nos abrazan, sino que también nos repiten una y otra vez que nos quieren, que somos las criaturas más guapas del mundo y que nos comerían enteras —algo que por fortuna no suelen hacer—, mientras al mismo tiempo nos cantan nanas preciosas y nos recitan hermosos cuentos de hadas.
En torno al primer año de vida, siendo aún unos bebés, solemos comenzar ya a hablar, lo que nos permite ir dejando atrás poco a poco la risa o el llanto como casi nuestros únicos modos de comunicación.
Con nuestras primeras palabras, «papá», «mamá», «pis», «caca», «tata», «gato», empezamos ya a entender un poco mejor el mundo y quizás también empezamos a entendernos un poco mejor a nosotros mismos. El siguiente paso, un tiempo después, suele ser ya aprender a leer y a escribir.
De ese modo, al cabo de unos pocos años, todavía en la infancia, conocemos ya cientos de palabras, con las que podemos expresarlo prácticamente todo, incluidos también nuestros anhelos y nuestros sentimientos más profundos.
A partir de la adolescencia, suele haber un segundo cambio, igualmente bastante crucial, que es que cada uno de nosotros se va decantando poco a poco por el uso preferente y habitual de unas palabras y no de otras, que es algo que en cierto modo también nos va configurando como personas. Esa decantación hacia el uso de determinadas palabras se acentúa quizás ya definitivamente en la edad adulta.
Partiendo de esa circunstancia, a muchos de nosotros nos resulta especialmente agradable poder hablar con personas que optan por utilizar habitualmente palabras o expresiones respetuosas y que además exponen sus reflexiones de manera sosegada y tranquila.
Esas personas se encontrarían, por tanto, en las antípodas de aquellas otras que con su acritud o su intransigencia pueden llegar a provocarnos una cierta angustia o ansiedad —además de un posible reflujo gástrico o una subida de la tensión— cada vez que dicen algo o que hacen afirmaciones más o menos incendiarias en sus perfiles de X, de Instagram, de Facebook o de Whatsapp.
Para intentar evitar esa posible incomodidad física y anímica, a partir de cierta edad tendemos a veces a buscar ya sólo la compañía de aquellas personas que con sus acciones, sus palabras o su manera de ser pueden ayudar a conseguir que nuestra estancia en este mundo sea o nos parezca un poco mejor.
Yo incluso diría también que hay palabras que, cuando las escuchamos o las decimos, en cierto modo nos protegen o incluso pueden llegar casi a sanarnos física o psíquicamente, sobre todo cuando llevamos acumuladas ya algunas heridas y cicatrices importantes en el alma.
En ese sentido, me gusta recordar que el escritor Álex Rovira publicó hace ya algunos años un muy interesante libro con un título muy sugerente, Las palabras que curan, que llevaba la siguiente dedicatoria: «A la buena gente, que cree en el poder del amor y en el poder de la palabra y actúa en consecuencia para hacer de este mundo un lugar más habitable».
Otro recuerdo personal que tengo en esa misma línea, entre filológico y sentimental, es el de la bellísima canción de Mocedades titulada precisamente así, Las palabras, grabada por vez primera en 1986. «Las palabras son tan vanas/ cuando no se dicen con el corazón./ De la nada/ se disparan./ Pero si no tienen alma,/ aunque brillen como el sol,/ que se vayan con el último adiós», decía su poderoso estribillo.
Seguramente, cada uno de nosotros tiene sus palabras o expresiones favoritas, a modo de pequeño bálsamo o de reconfortante alivio para el espíritu. Algunas de las mías serían «gracias», «lo siento», «no pasa nada», «perdóname», «habla sin miedo» o «todo irá bien».
También formarían parte de mi pequeño diccionario ideal aquellas ideas que deberían poder concretarse siempre en la vida real, como «libertad», «democracia», «tolerancia», «empatía», «compasión», «justicia», «indulgencia» o «moderación».
A todas esas expresiones e ideas añadiría hoy otras, en especial tras la pandemia del coronavirus, como «vacunas», «aplausos», «esperanza», «investigación», «responsabilidad», «futuro» y «amor», sobre todo «amor».




