Lo que queda del Mallorca

Desde que vi con mis propios ojos a un mallorquinista de toda la vida abrazar efusivamente a Javier Martí Asensio, hoy en la cárcel por pagar sus acciones con un dinero del club que nunca ha vuelto al club, comprendí que en Son Moix se instaló un pedestal virtual al que asciende todo hijo de vecino que ostente el poder interno y externo y bajo el que, por supuesto, se inclinan en primer lugar los seguidores más cercanos dispuestos a no perder las prebendas que alimentan su mallorquinismo, ya sea a través de cargos, carguitos y carguetes además de alguna que otra invitación, porque los descuentos, entradas a cinco euros, son para la plebe.
El nuevo dios es Maheta Molango, experto en pedir disculpas a través de las redes sociales aunque, visto su último “twitter”, no se entere ni de qué dia juega el Mallorca contra el Alavés. Tampoco se ha informado sobre cuestiones más graves, pues de lo contrario habría tomado algunas decisiones distintas a las de mantener a un puñado de ociosos que gravan la economía del club sin dedicar tiempo ni conocimientos, empezando por un entrenador de vuelta, un director deportivo sin cartera como los ministros de Franco, o un director de comunicación que entiende de fútbol lo mismo que yo de ganadería taurina, por no hablar del embajador de no se sabe qué embajada pero no falla a una sola comida de directivas.
Lo que le sucede a este equipo no me sorprende. Lo llevo pronosticando desde el pasado mes de agosto a costa de ser apuñalado y vilipendiado desde mis propias filas. Y a partir de su llegada, cuatro meses después, no he visto que el consejero delegado cambie nada ni a nadie, salvo colocar a sus amigos del Brighton, y fichar para Fernando Vázquez a los seis jugadores que se le negaron a Pepe Gálvez, con una inversión mínima. Al parecer tampoco sirve para representar al club en el palco presidencial, función encargada a Monti Galmés ante la prolongada ausencia de Utz Claassen por una enfermedad que no le impide fotografiarse para recibir un premio con un bronceado impropio de cualquier virus.
La letanía se hace más larga, pero seguiremos otro día con el rosario de despropósitos. Particularmente, Molango se me ha caído del burro.
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