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Los últimos de la cadena de valor

sábado 21 de octubre de 2017, 02:00h

Cada vez que escuche la palabra “valor” tiemble si usted es el beneficiario y no hablamos de un valor sentimental sino oneroso. “Poner en valor”, “solo un necio confunde valor con precio” o “estudiar bien la cadena de valor”. Todas estas son expresiones muy frecuentes en nuestro día a día. Si ese valor se traduce en dinero y usde tiene que adquirirlo, debe pagar a Hacienda. Existe un Impuesto sobre el Valor Añadido (IVA) que, como su nombre indica, parasita un bien tan escaso como es la creación de valor, entendiendo como aquella mejora en el producto o servicio que iguala o supera la expectativa del mercado.

Pagamos impuestos por trabajar, por morirnos y dejar en herencia, por generar beneficios si somos una empresa, etc. Hasta por hacer turismo. Pero el impuesto por excelencia (no es el único) que grava el consumo es el IVA. Y es el más injusto de todos porque no discrimina entre lo que tributa un rico o un pobre. El IVA anexo a la barra de pan o al menú del día es idéntico para Amancio Ortega como para usted.

Desde que nos levantamos hasta que nos acostamos, prácticamente todo acto de consumo está gravado con IVA. El café y la ensaimada del desayuno, la televisión de pago que vio anoche, la película de cine, la cena o la copa que tome esta noche y la ropa o el perfume que lleva, todo está sujeto al pago de este impuesto. Menos este diario digital, que al ser gratis, Hacienda no tiene donde meter mano, casi todo lleva IVA.

El IVA se genera durante la cadena de producción y todo el mundo lo traslada hacia adelante pero si usted es consumidor final está de mala suerte. Quienes consumimos, pagamos. Y pagamos por todo el valor creado en la cadena. Los consumidores somos los primos de la cadena. Pero aunque esté en medio, si el productor que comercializa un bien lo emplea para consumo propio se considerará autoconsumo y tributará igual que si fuera consumidor final.

El típico ejemplo en economía de primero de carrera es el de un agricultor que recoge el trigo y lo traspasa al molinero que lo muele y lo convierte en harina. El transportista la lleva al horno y éste fabrica una ensaimada, pan o el postre que le acompañará en la mesa. Del precio del trigo hasta la ensaimada, se ha ido incrementando valor y, aplicando el inseparable impuesto. El agricultor, el transportista hasta la prensa o el molino, el molinero, el transportista hasta el punto de venta, ya sea horno o supermercado, son los agentes que incrementan el precio y añaden valor al producto final. Cada uno a su medida.

El IVA no solo es injusto desde el punto de vista del consumidor final al no discriminar, como digo, entre pobres o ricos, entre jóvenes o ancianos, entre recién casados y recién separados o entre personas sanas o enfermas, sino que desde el punto de vista conceptual es una aberración para el progreso económico.

Gravar el consumo penaliza el crecimiento de una economía y la generación de riqueza pero además, gravar un acto como la creación de valor es un suicidio para la competitividad. La generación de ideas y la innovación no deberían estar penalizadas sino premiadas.

Junto al IRPF, el IVA es la principal fuente de financiación del Estado y existe en gran parte del mundo. España está en la media europea en cuanto al tipo general que es, recordemos, del 21%. En Estados Unidos varía según el Estado, habiendo algunos con tipo 0% y otros con el 9%. En la comunista China es el 17%, en Rusia el 18%, en Suiza el 8% y, encabezando el ranking, se encuentra Hungría con un tipo del 27%.

Un exceso en el tipo impositivo penaliza el consumo y, por tanto, la actividad económica. Está bien que existan los impuestos y que graven según qué actividades pero no la creación de valor cuando lo que se pretende es hacer más competitiva una sociedad.

La exportación a otros países o entregas intracomunitarias, si el destino es otro estado de la UE, están exentas de IVA. La incongruencia es que, mediante la exención, se pretenden hacer más competitivos los productos o servicios de un país pero esa creación de valor nos penaliza a los que estamos dentro.

En definitiva, el IVA es manifiestamente mejorable tanto en su definición como en su esencia pero sobre todo, en sus posibilidades de rebaja.

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