Mampara sobre mampara

Me ha costado ir acostumbrándome a entrar en la farmacia o en el súper disfrazado como si fuera a atracarlos. En más de una ocasión he estado tentado de gastar una broma al boticario, pero no está el mundo para cachondeos y no quiero que me partan la cabeza con una botella de Nenuco, si no hace falta.

Por otra parte, no puedo evitar tampoco pensar en la terrible sensación que deben experimentar las mujeres que en demasiados países son aún obligadas a deambular ataviadas con un burka. Comprendo ahora perfectamente el suplicio que les supone salir así a la calle y la liberación que debe ser para ellas llegar al hogar y poder respirar sin tener todo el tiempo un trapo negro delante del rostro, aunque tengan que soportar a un energúmeno medieval.

Cuando comienza a sonar insistentemente la sintonía de la reapertura -supongo que son las ganas reconcentradas-, surgen en los periódicos imágenes de bares y restaurantes con mesas divididas mediante mamparas de metacrilato, un intento agónico de que no desaparezcan estos establecimientos de pura inanición.

Me agobia pensar que en lugar de ir a relajarnos, nos van a estabular. Por un momento, pasa por mi mente la imagen del lloc de unos primos nuestros en Ciutadella, con sus blanquinegras vacas frisonas comiendo en batería en una larga hilera, sin dirigirse entre ellas un solo mugido, cada una a lo suyo; el flash me provoca angustia.

Discuto con mis compañeros del despacho cómo vamos a organizar la futura atención presencial a los clientes, sin que parezca que estamos en el locutorio de la prisión. Soy consciente de que hay una lucha interna en todos nosotros entre evitar una ridícula exageración que nos convierta en Fort Knox y proteger y protegernos con toda la seguridad razonablemente exigible.

Una idea me asalta constantemente: ¿Nos estamos volviendo todos locos?

Los bancos recuperan también las mamparas que suprimieron hace más de una década para lograr una artificial imagen de amable proximidad y poder así seguir engañándonos. Hoy, la proximidad está prohibida, acercarse a alguien a menos de un metro constituye un tabú a la altura de las más escabrosas prácticas sexuales. Pero ya casi nadie va al banco, luego no importa mucho.

Todo lo hacemos a distancia, las reuniones de trabajo, el vermut con los amigos; y, los solteros y desparejados sin vecinos/as liberales en su bloque, hasta las relaciones íntimas. Me refiero, claro, a las interpersonales, porque el amor propio ya venía siendo mayormente cibernético.

Comienza a desaparecer de nuestra memoria el olor de la piel ajena. Me huelo el brazo para que las neuronas no se me acostumbren a estar ociosas, que no pierdan la forma. No hay ERTE para ellas.

Aquellos que tenemos hijos del siglo XXI hemos criticado la obsesión de los millenials de cultivar la amistad por whatsapp, repitiéndoles hasta la saciedad que dejaran el puto teléfono de una vez, salieran a la calle y se vieran en persona y, mira por dónde, ahora tenemos que prohibirles hasta que coincidan con sus vecinos en el contenedor de basura. Para que puedan estirar las piernas y respirar un poco de aire -más puro que nunca-, los enviamos al reciclaje del cartón a hacer cola como si fueran astronautas del Apolo XI. Solo nos falta pasarlos por el autoclave.

No sé si se me nota mucho que aborrezco este mundo de mampara sobre mampara.

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