La moción de censura que se anuncia en el consistorio manacorí evidencia que, más allá de las fantasías frentepopulistas que determinados sectores de la izquierda albergan, la realidad material y el necesario pragmatismo en la gestión municipal se alejan de los postulados ideológicos de quienes conciben el poder político como el instrumento para dar satisfacción a los intereses de ‘los suyos’.
Como acertadamente escenificaron ayer las fuerzas que han acordado la moción, lo importante de un alcalde no es tanto que cumpla estrictamente con el programa de su partido, como que trate de gobernar en beneficio de todos los ciudadanos de su localidad, lo que es evidente que no ha sucedido en Manacor.
Estar dispuesto a partir por la mitad la sociedad a la que se sirve en aras a imponer las propias ideas es siempre una mala praxis, máxime cuando ni siquiera se ostenta una mayoría suficiente y estable. De hecho, generar división es un error que no es tolerable ni con mayorías absolutas, como demostró el caso de José Ramón Bauzá.
Manacor es el primer caso de esta legislatura, pero se cuecen más. Palma, sin ir más lejos, se salva solo por la actual suma de escaños, pero el consistorio de Ciutat, con algunas decisiones sectarias para consumo de los radicales tampoco está gobernando para todos los palmesanos.





