«No creer en absolutamente nada, salvo en aquello en lo que creen todos los demás, es una enorme ventaja evolutiva». Esto dice la protagonista de la novela Manía, de Lionel Shriver. Ha presenciado, con asombro, cómo una idea perfectamente estúpida ha contaminado rápidamente la sociedad. Cómo ha barrido a aquéllos, muy minoritarios, que han pretendido oponerse a ella, incluida la propia protagonista. Y cómo los que han triunfado, aquéllos a los que la sociedad ha premiado, son los oportunistas se han apresurado a apuntarse al movimiento y enarbolar la bandera correspondiente.
La idea, que se ha propagado con la velocidad de un virus, es eésta: el mayor factor de discriminación entre las personas es la inteligencia. Es perfectamente injusto, porque viene determinada por un reparto genético aleatorio. Entonces, hay que barrer las diferencias. La igualdad exige entender que no hay planteamientos brillantes y estúpidos, sino distintas soluciones, todas ellas válidas. La meritocracia se convierte en un principio siniestro, promotor de la desigualdad, y la propia palabra «estúpido» se convierte en un tabú.
Por supuesto, los menos dotados intelectualmente, y también los más indolentes y los más perezosos, acogen esta teoría con entusiasmo. La nueva ola que invade la sociedad les proporciona un inesperado poder, y reaccionan tal y como era previsible: abusando de él. Inmediatamente se desarrolla una Inquisición que vigila celosamente a todo aquél que destaca, y los menos capacitados empiezan a exigir discriminaciones «positivas» que los compensen de los agravios pasados. Las notas desaparecen de la enseñanza y las universidades; a fin de cuentas, calificar implica establecer una jerarquía intelectual. Dado que los menos brillantes son (o somos) una mayoría, es posible sospechar (aunque la novela no lo menciona) que hay una acción política que propulsa la corriente en busca de nuevos caladeros de votos. Con el tiempo llegan al mercado laboral aquellos cuyo mérito es precisamente no tener mérito. No han tenido que estudiar ni aprender, así que los médicos son incapaces de curar, y los aviones se empiezan a caer. La sociedad decae de forma acelerada, para regocijo de sus competidores internacionales.
Lo de menos es la idea concreta que infecta la sociedad en Manía. De hecho, al final se produce un pendulazo y se impone otra igualmente nociva: el cociente intelectual se impondrá (algunos sugieren tatuarlo en el brazo) y sólo se podrá votar si se acredita uno superior a 115. Por eso lo interesante no es la idea en sí, sino la vulnerabilidad de una sociedad a la chifladura. «Ver como toda una población se traga sin rechistar una proposición a todas luces lunática, y después se adhiere a un montón de convenciones sociales nuevas y ruinosas, ha rebajado profundamente mi opinión de la humanidad en general», dice la protagonista. Es lo que hay. Porque Manía refleja una distopía, pero perturbadoramente cercana. La chaladura woke ha esparcido, con total tranquilidad, ideas igual de delirantes, y la reacción de la sociedad ha sido similar: adaptarse mansamente.
En un ecosistema así de contaminado, el secreto del éxito no está en tener ideas propias («las convicciones profundas son una bola y una cadena») sino unas antenas que permitan detectar rápidamente la moda social del momento y adaptarse a ella. Fíjense con qué naturalidad ha trasladado Greta Thunberg su enorme preocupación por un «apocalipsis» climático hacia un «genocidio» en Gaza. Y observen como Javier Bardem mutó su intensa inquietud por los saharauis por la que ahora siente por los gazatíes (spoiler: en ambos casos la preocupación real es igual a cero). La moda es cambiante, y lo único que permanece es esa afición a subirse a un podio moral desde el que exhibir su virtud y regañar al adversario. Los cristianos de Nigeria, los que padecen hambre en Sudán, y los masacrados por la teocracia iraní son como los pantalones de campana: no están de moda. Mala suerte.
¿Cuál debería ser, entonces, la función de los políticos? Dado que tienen el gigantesco poder de contribuir a la propagación de ideas, hay que exigirles que no fomenten las más delirantes, aunque puedan resultarle electoralmente rentables. Y, a ser posible, deben intentar crear ecosistemas que no promuevan la desvergüenza, que a su vez favorezcan políticos desvergonzados. Este es el círculo vicioso en el que las sociedades occidentales se encuentran. De momento me contento con que se empiece a entender que los más aficionados a subirse a los podios morales suelen ser los más chungos.


