La masificación es un fenómeno universal fruto de la ampliación de derechos y capacidades a todos los individuos de la humanidad. Disfrutar de una casa o un coche propios, así como de poder realizar viajes vacacionales, son aspiraciones compartidas por cientos de millones de personas en todo el globo. Lo mismo se puede decir del acceso a la educación, a la sanidad, o de los retiros activos tras años de trabajo.
Aunque el sistema capitalista nunca ha disfrutado de buena prensa y, por tanto, nunca se le ha dejado funcionar plenamente, es el más deseado de todos los posibles, precisamente por democratizar las aspiraciones antes señaladas. Con él, el progreso humano viene acompañado de un imparable proceso de urbanización. Las ciudades atraen mucho más que el mundo rural. De forma que las pequeñas se convierten en medianas, las medianas en grandes y las grandes en macro-urbes. Palma no es una excepción. De hecho, sólo las ciudades decadentes decrecen.
Los urbanitas necesitan moverse y, además, aspiran a salir al campo o al litoral durante su tiempo de ocio. Por eso los coches son bienes anhelados que invaden las calles. Aunque es cierto que, aprovechando la mayor densidad urbana, es lógico esperar que se construyan medios de transporte colectivo más eficientes, capaces de facilitar el desplazamiento de muchas más personas; tales como metros, monorraíles, etc. En Palma hace casi dos décadas se construyó una primera línea de suburbano, hace tiempo que hace falta una segunda y, probablemente, una tercera. Tampoco estaría de más explorar la posibilidad de otros medios capaces de mover a mucha gente. Lamentablemente, no hay ni siguiera debate sobre la liberalización del sector del transporte colectivo, aunque ésta sea parcial. Así, al dejar el asunto en manos exclusivas de la política, las soluciones se retrasan.
Por otro lado, ahora tenemos nuevas Mecas. La cultura compartida, fruto del progreso alcanzado, señala unas pocas docenas de lugares, en todo el mundo, como los más deseados para todos nosotros. El enigmático, y magnífico, Machu Picchu forma parte del imaginario de niños y adultos americanos, europeos, asiáticos, africanos y de Oceanía. Por eso serán millones los que quieran, e incluso puedan, cruzar medio mundo para subir hasta su cumbre. El resultado, por supuesto, será que las visitas a tan fascinante lugar se realizarán en un ambiente de masificación casi fabril, aunque están férreamente limitadas. Lo mismo se puede decir de la Acrópolis ateniense, o de las pirámides de Egipto o del Taj Mahal en Agra. Por supuesto, también en Formentor, o en el Port de Sóller, o de cualquiera playa paradisíaca de este u otro archipiélago.
Somos masas y, por tanto, todos masificamos. El fenómeno no sólo es universal, sino que también es antiguo. De hecho, la masificación la vivieron nuestros padres, y, en parte, también nuestros abuelos. Desde que se derribaron las viejas murallas, nuestra capital nunca ha dejado de crecer atrayendo a nuevos vecinos. Ninguna ciudad crece vegetativamente, sino que lo hace recibiendo nueva población, por lo que tiene que contar con ello. Aunque desgraciadamente la planificación urbana burocratizada, así como la promulgación de leyes “buenistas”, que minusvaloran la importancia de la propiedad, no contribuyen a responder de forma eficiente.
Con la red viaria sucede lo mismo, ésta se ha ido adaptando a las nuevas demandas. Aunque es cierto que se debería complementar con medios de transporte de mayor capacidad. Al tiempo, los ciudadanos, racionales y concienciados, tendríamos que preferir automóviles mucho más pequeños, exigiendo a las autoridades que los permitan reduciendo absurdas regulaciones. En cualquier caso, los palmesanos podemos recordar cómo realizar el trayecto hasta la UIB requería mucho más tiempo, y nervios, durante los años noventa del siglo pasado que en la actualidad. También podemos rememorar como las colas para desplazarnos hasta Llucmajor comenzaban en la propia capital, por supuesto. Eso ocurría cuando éramos muchos menos.
En cuanto al turismo, durante los años ochenta se popularizó la expresión “exceso de oferta”, considerando que la existencia de excesivas plazas de alojamiento presionaba los precios hoteleros a la baja (turismo de alpargata). De forma que el saldo del turístico suponía un “coste social” inasumible para el conjunto de los baleares. Así que, durante la década siguiente, el Govern otorgó un privilegio a los empresarios hoteleros ya instalados, con la finalidad de evitar la saturación de la oferta. Por supuesto, aquellos políticos no fueron capaces de adivinar, que, en el futuro, existirían plataformas de contratación on-line ofreciendo viviendas vacacionales.
Como vemos, el tema de la masificación es muy recurrente y antiguo. Por su envergadura y universalidad, el margen de maniobra que tiene el Govern es extremadamente limitado. Lo cual no quita que algunos candidatos a puestos de mando autonómicos, carentes de cualquier idea que ofrecer, pueden realizar, sin coste para ellos, promesas imposibles. En confrontaciones electorales siempre ha sido posible apelar a Tomas Moro, cuando imaginó la Isla de Utopía, un mundo inalcanzable sin restricciones ni condicionantes. Desde luego, es una forma atractiva de criticar al que ocupa el cargo deseado.
En definitiva, el fenómeno de la masificación continuará. Y su principal característica siempre será que son los otros los que lo provocan.





