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Ricard Chiang o la naturaleza del crepúsculo plateado
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Ricard Chiang o la naturaleza del crepúsculo plateado

Seguimos nuestro recorrido por la geografía de Mallorca y según el GPS hemos llegado al lugar previsto para la visita de esta semana. Una puerta de hierro corredera y un indicador de cerámica en el que puede leerse Son Banyeta. Estamos en una finca a las afueras de Llucmajor dónde reside Ricard Chiang. Un terreno con vivienda, jardín, nave industrial, almacén, piscina y mucho, mucho trabajo por hacer…
Le puse ese nombre a la finca porque cuando llegué aquí en 2009 me pareció un desastre que me ofrecía muchas posibilidades de convertirla en lo que yo deseaba. Necesitaba un espacio para poder ejecutar grandes formatos y tras largas jornadas, en 2021 no sé parece en nada a lo que era aunque todavía me quedan bastantes ratos de faena.

Ricard Chiang Martín abrió por primera vez sus ojos en Barcelona el 13 de agosto de 1966, hijo de Romín natural de la zona industrial Ningbo en Shanghái que se dedicaba a la venta de textiles principalmente en Estados Unidos y de María de profesión empresaria, natural de Salamanca y criada en Barcelona. De este matrimonio llegaron dos hijos, Ricard y Daisy.

Mis abuelos eran empresarios que se dedicaban a la ingeniería industrial y estaban bien posicionados hasta que en China entró el comunismo y les expropiaron todo cuanto tenían, casas, fincas, empresas y por supuesto la vida de mi familia cambió. Mi padre conoció a mi madre en Barcelona y ya no tenemos casi vínculos con Shanghái.

Ese mismo año de su nacimiento, Bob Dylan triunfaría en estados Unidos con su brillante álbum; Blonde on blonde, mientras Elizabeth Taylor recogía la estatuilla de los premios Óscar como mejor actriz por su papel en ¿Quién teme a Virginia Wolf?, Truman Capote publicaba: A sangre fría y Sergio Leone presentaba: El bueno, el feo y el malo, interpretada por Clint Eastwood, Eli Wallach y Lee Van Cleef.

Ricard no atesora memoria del tiempo en que vivió en Barcelona ya que cuando cumplió dos años, sus padres se desplazaron al barrio de Gomila de Palma.

Y de ahí esta pregunta: ¿Qué primeros recuerdos tiene de su infancia?

Jugar, jugar y jugar las veinticuatro horas del día en la calle. La barriada de Gomila era increíble. Con buen ambiente de día y de noche y cuando digo buen ambiente, me refiero a que todo los vecinos nos conocíamos y todo el que venía para montar un negocio o para visitar la zona o para residir en ella se integraba sin ningún problema.

Siendo muy niño tratábamos con soldados americanos de portaviones y buques de US Navy, nos daban caramelos y a veces incluso monedas, pero de buen rollo. No había conflictos entre nosotros.

Recuerdo un día; tenía doce años y me compré un kit de pintura y telas en Galerías Preciados. Fue mi primera inversión en arte.

¿Qué tal era usted como estudiante?

Siempre era el último de la clase. Odiaba estudiar, tenía y aún a veces tengo pesadillas, era angustioso ver como no había forma de aprender, es lo peor que me ha ocurrido en la vida. Incluso en dibujo sacaba insuficiente, por eso rememoro la única vez que me sentí feliz por haber obtenido un suficiente con cinco rascado, en dibujo. Y aún así soy de los que piensan que los niños de manera natural saben pintar, a medida que crecemos vamos olvidando y los que conserven esa capacidad serán artistas.

En su época de adolescente a finales de los 80 seguía viviendo en Gomila, pero el barrio había cambiado. Funcionaba de noche como zona de copas, los pequeños comercios iban desapareciendo. Ricard prefería desplazarse hasta El Jonquet, Abraxas, Clan y más tarde con un grupo de amigos a la zona palmesana de Son Dameto.

Fue un tiempo en el que pensaba que me gustaría ser dibujante de cómics, aún guardo tebeos y cómics de aquellos años. Pero me di cuenta de que no era un buen dibujante de viñetas y cuando tenía cerca de veinte años empecé a ilustrar libros, anuncios publicitarios. Siempre fui un autodidacta en todos los aspectos. Trabajé de lo que me salía, de vigilante, de albañil y principalmente de camarero. De hecho sé de albañilería, de fontanería, carpintería, de herrero, de electrónica, de mecánica, de electricidad, me encanta la jardinería y como no me gusta que me enseñen, todo lo aprendo por mí cuenta. En casa yo hago los armarios, las puertas, arreglo la piscina, soy un “manitas” sin oficio.

Entramos en una de las naves industriales y en el interior separaciones con cortinas de plástico, en uno de los espacios un lugar especial donde seguir pintando sus retratos, en otro tiene en el suelo una treintena de piezas en blanco preparadas para manipular.

¿También se hace los soportes y los bastidores?

Sí, compro tableros de madera y listones y me confecciono los bastidores y la finalización de los soportes de mis obras.

Seguimos de adelante hacia atrás y de atrás hacia delante y volvemos a situarnos en sus veinte años en los que en su tiempo libre se dedicaba a pintar por afición.

Cierto día un vecino, Joan Roig que era aficionado a la pintura me invitó a dejarle un cuadro pintado por mí, para presentarlo junto a uno suyo a un concurso de pintura que se celebraba en Son Carrió y curiosamente gané una mención de honor. Al mes siguiente la misma propuesta para presentar en Binissalem y al poco recibo una carta que he sido reconocido con un accésit. Eso me abrió los ojos y posteriormente me fui presentando a distintas llamadas de ayuntamientos y comencé a ganar premios. De tal forma que decidí dedicarme de pleno a aquel oficio que me estaba permitiendo empezar a moverme con cierta holgura. Se editó un catálogo con mis obras y de manera itinerante fui recorriendo la isla de Mallorca.

Pep Pinya propietario de la Galería Pelaires le comunica el interés por su trabajo y le propone su primera exposición en galería comercial y es cuando Chiang se convierte en un artista visible con futuro por delante.

Cuando eso ocurrió yo había participado en concursos como ya he comentado y también en colectivas, pero esa iba a ser mi primera individual. De ahí ya comenzaron a surgir otros proyectos.

Su historial es tan extenso que abarcaría espacio para otra entrevista, entre premios, menciones, actividades en las que ha colaborado, ferias internacionales, revistas, cómics, exposiciones colectivas, individuales que han llevado su obra a casi la totalidad del territorio español, Madrid, Barcelona, Valencia, en el Guggenheim de Bilbao y numerosos lugares como Tokio, Miami Beach, Turín, Hong Kong, Moscú, Lisboa, Bonn, Milán, Pekín, Bolonia, París, Colonia, Buenos Aires, entre otros.

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La mayoría de artistas son reacios a describir sus creaciones, reticentes a narrar más allá de la ficha técnica.

¿Usted tiene opinión sobre su pintura?

No sé si eso les ocurre a otras personas, pero parte de mis obras las ejecuto revisando mis sueños, a veces pesadillas. Me siento cómodo ejercitándome en terrenos sarcásticos, limitados y acomplejados por las religiones y al tiempo soy un paisajista que ha aplicado las técnicas más actuales a esta simplicidad, posiblemente de las más clásicas. Para la ejecución de un paisaje antes no disponían de compresores ni de aerógrafos, eso es lo que cambia, pero el concepto es el mismo.

A esta breve referencia habría que añadirle que en una larga y coherente etapa, un supuesto perverso sueño que se repitió durante años, le convirtió en un pirómano de rostros y cuerpos de terroríficas muñecas que le acosaban cada noche, en un caustico almacenador de imágenes, en un encolerizado hijo de Dios, en un amargo resabio que extiende cristales hirientes, un lenguaje profano que vocifera espinas, cruces, tumbas, cráneos, huesos, baúles, seres deformados que comparten escenas de crónica irreverencia con vigilias macabras, escaleras que se adentran en zona prohibida, vírgenes condenadas por misteriosas religiosas refugiadas tras gafas oscuras, naturalezas que resplandecen lúgubres y que conviven con rostros que trasmiten felicidad, tierras fértiles cuidadas con aditivos tóxicos por personajes de irónica sonrisa. Y es que en su pintura aquello que puede parecernos tétrico, él nos lo presenta sobre una alfombra mágica.

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¿Qué es lo más importante en la finalización de una obra para usted?

Mi ritual, es dar una serie de capas hasta conseguir una base muy sólida, eso pueden ser muchas horas, luego dibujar con lápices, carboncillos, tinta china, barnices o pinturas y tener a mano siempre el color negro que es la simplificación personalizada. Pinto directamente sin bocetar y lo más importante para mí es tener la percepción de que la obra ha quedado totalmente equilibrada. No hay reglas, pero debe flotar equilibradamente.

¿Tiene usted referentes?

Nunca los he tenido, no quiero tenerlos para no contagiarme. Desde siempre he procurado resolver las cosas por mí mismo, sin consultar a nadie, ni con pinturas de nadie.

¿Qué ha conseguido dedicándose al arte?

Un privilegio; poder vivir de la pintura, además de habitar aquí en este paraíso, en una relajante tranquilidad y todo gracias a la pintura.

¿Alguna manía insuperable?

Odio los protocolos para viajar. Los controles, los chequeos, las colas. Cuando eso ya ha pasado vuelvo a la normalidad. De joven viaje por todo el mundo y siempre tenía ganas de regresar a casa, ahora ya solo viajo cuando me place.

¿Alguna afición no perjudicial?

Procuro aprovechar mis aficiones para convertirlas en situaciones de agrado físico y mental. Las manualidades, la jardinería y la agricultura, dejar de pensar, mantener la mente en blanco, subirme al tractor, sembrar, la agricultura en general.

Casi a punto de acabar, Ricard confiesa:

Me gustaría que llegase el tiempo en el que solo pintase para mí. Guardo obras que nunca me desprendería de ellas y estas, de manera especial serán para dejárselas a mis hijos.

Muchas de las obras de este creador nacen de sueños que le abordan y son parte testimonial de los análisis que de vez en cuando realizamos a nuestro interior mental y espiritual. Un complejo y metódico encuentro con seres y elementos de otros sistemas pero vinculados perpetuamente a nuestras emociones. Un milímetro entre la vida y la muerte, entre el sueño y la realidad, entre el principio y el fin, entre el cuerpo y el alma. En sus atmósferas se retiene la meditación, el arte de la autoconciencia. Si en otro tiempo nos presentó una visión en penumbra, hay que rendirse ante la arrogancia de su simplicidad, ramas, raíces, velos, nebulosas, telarañas sedosas, sus bellos paisajes que en la Biblia se conciben como paraísos a partir del día séptimo. Una luz plateada envuelta en resinas que aquilatan la intensidad de la existencia.

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Mira el reloj y comenta; - debo marchar a recoger a mis dos hijos que pronto saldrán del cole.

Así que es hora de plegar y regresar a Palma. En la despedida, Ricard nos muestra que habla un perfecto mallorquín con acento coloquial y que no se parece en absoluto a sus monstruos.

Ha sido un día soleado y provechoso tanto para Francisca con las fotografías como para mí con los apuntes.

Texto: Xisco Barceló

Fotografías: Francisca Sampol

Para más información: ricardchiang.com

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