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Nervios y algo de miedo

miércoles 20 de mayo de 2020, 01:00h

Tengo en mi haber -y más concretamente, en la terraza de mi casa- una jaula con dos periquitos. Uno de los dos es macho; el otro, la otra, es hembra. El macho luce un plumaje verdoso aceitunado en su sector pectoral mientras que las alas y espalda son perfiladas con un esbozo de estrías mezcladas del mismo verde, quizás algo más cetrino, con trazos negros. La hembra, por su parte, se distingue por poseer pecho y barriga de un azul un punto aturquesado y el espinazo y los flancos diseñados a base de un azul menos celeste combinado con un listado blanquinegro.

El macho verde se llama Pixie; la hembra azulada, Dixie, en homenaje a los famosos y ocurrentes “malditos ratones roedores” (doblados en España con un delicioso y marcado acento andaluz), que eran objeto constante de acoso y persecución por parte del gato Jinks en la simpática serie de dibujos animados producida por los geniales creadores americanos William Hanna y Joseph Barbera en los juguetones años setenta.

La pájara Dixie fue rescatada por dos almas caritativas cuando, paseando con su perro, éste la cazó al vuelo y la pillo a bocajarro. Las dueñas del can consiguieron recuperar la periquita de las fauces de su mascota y devolverle una libertad que a punto estuvo de ser póstuma. Bueno, lo de la libertad fue algo transitorio y pasajero ya que las almas caritativas se quedaron con el ave como nueva mascota; probablemente, no quisieron que la periquita volviera a sufrir un nuevo percance. En su casa, una vez prudentemente enjaulada, Dixie presenció como un día, un nuevo pájaro, Pixie, realizaba su entrada en su morada y así nació una nueva vida de pareja. Ya se sabe, convivencia y sociabilidad. El cómo llegaron a mi terraza es harina de otro costal

Desde su encuentro, la coexistencia se forjó con unas normas regidas por Dixie, la periquita liberada. Más que normas, en el común habitáculo se creó un estado de poco derecho en el que Dixie dominaba la situación a base de infringir continuos picotazos (seguramente cariñosos pero con la impresión de mala leche) al macho y demostrar, así, quién mandaba allí. Y así siguen.

Les observo con bastante frecuencia y me quedo pasmado cuando estudio su comportamiento; el de los dos. Como otras aves (palomas y tal) su cuerpo se mantiene en un frenético y perseverante movimiento, constituido a base de “tics” sin pausas ni descansos. Se trata de una tensión categórica sin paliativos. Sus cuerpos no conocen el reposo ni siquiera más allá de una milésima de segundo. “¡Debe ser agotador!”, pienso yo en plena observación atónita y estupefacta. Es tal el nerviosismo acumulado que no me veo capaz de aguantar unos minutos en mi contemplación periódica. El baile vital, extenuante y agobiante, se produce con toda clase de sonidos extraídos de sus potentes pulmones (o lo que tengan por pulmones). Toda la coreografía y actuación sonora llega a ser un auténtico coñazo -disculpas por la soez expresión- aunque, a su manera, brindan un espléndido homenaje a la Madre Naturaleza, cosa que me ofrece, como propietario, una gran satisfacción; se les llega a querer, vamos.

Y de los nervios producidos por los pajarracos amados al miedo por otra expresión, bien distinta, de nuestra temida Naturaleza: la pandemia fatal.

Me informo en Mallorcadiario de que, visto lo visto durante la entrada en vigor, en Baleares, de la desescalada en el desconfinamiento por el ataque vírico y su entrada en la Fase 1 (con la consecuente apertura de terrazas de bares y restaurantes), en ésta su pasada semana) una encuesta realizada en las islas informa que “sólo” un 14% de la población opina que el “pueblo” ha tenido una actuación correcta en cuanto al seguimiento de todas las normas de seguridad vigentes en la actual legalidad excepcional. Quiere esto significar que (¡ojo al dato!) un 86% del resto de ciudadanos cree que existe un total despiporre sobre el seguimiento de las protecciones dictadas por el gobierno. Dicho de otro modo, el incivismo generalizado y la irresponsabilidad de muchas personas y grupos pueden estar echando por los suelos la lucha contra la pandemia, cosa que puede devenir más que catastrófica, colosal, irreversible e infausta para la totalidad del país. Bajo mi punto de vista, el relajamiento es indudable y sus consecuencias, repito, nos pueden llevar al garete o -dicho de modo más vulgar- nos podemos ir “todos” a la mierda por la culpa de una serie de estúpidos descerebrados.

Soy de los que tengo miedo, sí. Lo reconozco públicamente. El “festival” pandémico es de tal envergadura y acarrea tanto dolor, muerte y miseria que, o bien se reacciona con inteligencia (a base de extremar la prudencia) o moriremos todos en el intento.

Por favor, se lo ruego: consigan que los imbéciles (que, como las habas, los hay en todas partes) frenen sus instintos y se aparten (sean apartados por quien pertoque legalmente) de la sociedad, aunque sea temporalmente. Ya luego, si hay un luego, ya se les deja salir y eso...

¡Prudencia y seso!

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