No ganó el PP, perdió la ineptitud socialista

El Partido Popular de Baleares tuvo un insignificante incremento de votos en las elecciones de ayer. No batió su récord absoluto de papeletas, sino que repitió prácticamente una copia matemática de su cuota electoral de 2007. Ayer, domingo, pues, la noticia no fue el PP sino el desplome del apoyo al PSOE que, en general, sufrió un castigo propio de la inutilidad de sus dirigentes y, sobre todo, de su corte de aduladores. Cayó de 112.000 a 89.000 votos, de un 34 por ciento a poco más del 21. No llegaron a los cien mil votantes, cuando en un pasado que hoy se antoja remoto, y sólo era 2008, había incluso superado los 200.000. El PSOE recibió una paliza de vértigo que debería haberse saldado anoche mismo con las dimisiones de sus secretarios generales, quienes, como otra anomalía de la democracia, no se han dado por aludidos (como si fueran otro Rajoy más, quien tras dos derrotas, sigue impertérrito) y ahora lucharán desesperados para seguir en algún carguillo, en algún lugar, preferentemente pisando moqueta. La tremenda derrota del PSOE, la única verdadera noticia de ayer se deriva de las innumerables tonterías que este partido viene haciendo al frente de la política balear. Sus bobadas son de tal calibre que ni siquiera la corrupción del PP ha bastado para limitar su hundimiento. Un partido serio, que tenga vocación de gobierno, no puede aliarse con cualquiera para acceder al Gobierno; no puede aceptar cualquier condición, como sí ha hecho; no puede violentar la democracia cediendo consellerias o concejalías enteras para que hagan lo que quieran; no puede sumarse a políticas minoritarias como algunas que les impuso UM o el PSM, no puede tener un discurso carente de respuestas para los principales retos, no puede sólo pensar en los titulares de los periódicos. Aquí estamos ante unas siglas, las socialistas, con voluntad de gobierno, dirigidas por lo más mediocre que se ha podido juntar, resultado de que el aparato de ese partido está conformado por aprendices que se han asentado en su seno, amarrados con cadenas a las sillas. Una pena. Ni la mayor historia de corrupción ha parado la paliza que los ciudadanos propinaron a tanta ineptitud. Hoy, tras la debacle, sólo podrían prometernos que van a renovar el partido, dando entrada a savia nueva. Calvo, pese al desastre que también le afectó, podría darles pistas de por dónde se puede empezar a construir un discurso nuevo, capaz de aportar alguna vibración, algún síntoma de vida. A ver si son capaces de conformar una alternativa, que en cuatro años será imprescindible.

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