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No son tiempos para la improvisación

sábado 18 de abril de 2020, 10:46h

Los españoles están confinados desde hace más de 1 mes. Cortar los contagios entre personas se hizo imprescindible, inaplazable. El brote epidémico tensionó la capacidad asistencial y en algunos territorios se tuvieron que tomar medidas imaginativas, sobrehumanas y extraordinarias para no verse desbordamos. Este indicador, el número de infectados graves -depende directamente de la pendiente del número de infectados- es el que, de traspasarse, dispara la mortalidad evitable. La disciplina de los ciudadanos ha frenado la curva de contagios. Dedicar los centros sanitarios, prácticamente, al servicio exclusivo del COVID e implantar recursos residenciales -hoteles- ha permitido atender, tratar y aislar a los afectados.

Los recursos del país, desde las distintas administraciones, con el sistema sanitario y sus profesionales, han permitido aguantar la embestida. Con muchos, demasiados afectados, con muchos, demasiados muertos, con muchos profesionales, con demasiados profesionales infectados. Ayer mismo, uno más cayó en esta titánica labor de contención. Tuvimos conocimiento del fallecimiento del propio director médico del Hospital Infanta Cristina, Emilio Úcar, médico y gestor emblemático de la comunidad de Madrid. EPD.

La COVID19 lo impregna todo. Junto a esta labor de atención y contención, una sobredosis de homilías laicas sustituyendo los telediarios de medios públicos y subvencionados. Incluido el secuestro literal de la franja de información, suplantada por opinión de parte, en forma panegíricos paganos gubernamentales. Iván Redondo debería dar un paso atrás y dejar de priorizar la imagen frente a la información. Dar paso y peso al análisis riguroso de la realidad para aumentar la precisión en la toma decisiones. Si revisamos la hemeroteca de los dos meses previos a la gran epidemia, constatamos que el gobierno estaba en otras cosas. En muchas otras cosas, entre las que no se observa el analizar de la información que venía de China e Italia y con ella la previsión del brote epidémico y las medidas preventivas.

Ha llegado el momento de medir las decisiones con precisión. Es necesario acertar. Se ha hecho imperativo orientar las decisiones bajo acreditación técnica, bajo las premisas de compromiso, competencia y sensibilidad en la toma de decisiones. La lección política de la semana nos la ha dado dos primeros espadas. Los carismáticos Rita Maestre y José Luis Martínez Almeida, se han engrandecido mutuamente al demostrarnos, en época de zozobra, su capacidad de entendimiento. La negativa sigue liderada por Torra; orientando cualquier situación de la epidemia al enfrentamiento y a la secesión.

Mientras se está conteniendo asistencialmente a los afectados, en el corto plazo, con el ojo avizor, se debe trabajar en la planificación de la desescalada del aislamiento, en la recuperación del sistema sanitario para las patologías prevalentes y en proteger la maltrecha economía de ciudadanos y empresarios. Planificar no es acelerar, ni adelantar sino la evaluación de los distintos escenarios para poder aplicar el más conveniente en el momento más oportuno. Desescalada que debe ser integrada a nivel nacional pero que se puede fortalecer adecuándola a soluciones individualizadas, a medida de los distintos territorios y de su situación epidémica.

Con un mes de confinamiento, de cierre empresarial, nos hemos trasladado a unas estimaciones de paro para el año en curso del 21% y una bajada del PIB del 8%. Con un horizonte para un número muy importante de pymes y los autónomos abocados al concurso de acreedores.

No, no son tiempos para la improvisación, ni estos tiempos permiten afrontar las consecuencias de errores previsibles y evitables que contribuyan a dificultar la supervivencia. Las decisiones tienen que ser precisas, afinadas, en el tiempo, en la forma, en los contenidos, compartidas con formaciones políticas y agentes sociales y económicos. Deben caracterizarse por estar priorizadas y orientadas a recuperar al ciudadano y su entorno. Son tiempos para alinear las decisiones políticas con las técnicas; no al revés.

Las decisiones que se tomen tendrán mejores o peores resultados -no se pueden controlar todas las variables- pero tienen que ser comprensibles y con el orden de prioridades claro. No podemos seguir más tiempo en pódiums no deseables, liderando indicadores con amplio margen de mejora.

Ya no queda espacio para la improvisación ni la desmesura. El camino es largo y lo debemos recorrer todos, desde la sincera capacidad de autocrítica, con ponderación y eficiencia.

Buen finde.

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