No todo es negro

Es difícil ver algo de luz en el agujero negro del Black Friday, a pesar de la recién encendida iluminación navideña. Escuchar la radio o leer la prensa, beneficiarios también del evento, suponen recibir el bombardeo más insistente de seducción publicitaria, bajo un concepto repetido. Siquiera las tradicionales rebajas de invierno, quizá por su desregulación y por el anticipo de esta semana, consiguen tantos impactos y tan agresivos. Una elevada inversión a la que solo llegan los grandes operadores locales y especialmente el comercio electrónico, que canibalizan gran parte de la actividad previsible para el establecimiento de proximidad.

Parece como si el fenómeno del ‘shopping’ compulsivo en el día de hoy, asimilado esta década entre nuestros hábitos propios, se hubiese convertido en una carrera consumista que, en muchos casos, no tiene meta. Sin el precedente Día de Acción de Gracias, ni el objetivo de compensar el excesivo gasto que conlleva, la lucha por ganar cuota de mercado -en el suculento periodo de compras que se avecina en nuestro país- ha disparado el éxito de unas jornadas, que hace un lustro algunos vaticinaban su fracaso en España. Nadie duda de los beneficios económicos que reporta adquirir un producto necesario en el momento más propicio, pero la existencia de las líneas de bajo coste, los ‘outlet’ y la globalización son una buena terapia para esta fiebre desatada, que deja secuelas en los trasteros de cada casa.

Aunque este año Cort haya anticipado una semana el encendido de las luces, con las que Palma adquiere un color especial hasta pasado San Sebastián, los representantes del comercio tradicional -que no ven claro su porvenir- siguen reclamando que la extensión no solo sea temporal, sino que alcance a otras barriadas, que también ven incrementada la competencia con la apertura de mercadillos tradicionales en diferentes plazas de Ciutat. Este tejido empresarial, mayoritariamente familiar, es el que sostiene la vida de los centros históricos y cohesiona las barriadas. Su desaparición, aunque su espacio pudiera ser ocupado por un local franquiciado o de titularidad oriental, despersonaliza las ciudades y deshumaniza la convivencia. Su adecuación a los nuevos tiempos, especializando su oferta y mejorando su servicio, es una tarea que no puede asumir la administración, aunque incentive levemente su transformación. Pero, mientras esto sucede y antes de que sea demasiado tarde, pensemos en las personas que nos aguardan con una sonrisa tras el mostrador, junto a nuestros hogares, porque para ellos también debe ser Navidad.

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