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Nos hundimos

martes 04 de junio de 2024, 05:00h

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El desgraciado y trágico accidente del Medusa Beach Club de la Playa de Palma con su secuela de muertos y heridos podría considerarse como un signo, un símbolo, de la situación a la que está llegando la saturación turística de Mallorca. El hundimiento de la terraza del edificio, por exceso de peso de la estructura y de sobrecarga de personas, que, a su vez, provocó el de la primera planta hasta el sótano es un triste, tristísimo, ejemplo de lo que sucede cuando se excede la capacidad física de las infraestructuras, físicas, administrativas y de servicios.

En este caso parece claro que hay una responsabilidad por parte de la propiedad, que realizó obras inadecuadas, sobrecargó con hormigón el suelo de la terraza, sin licencia de obras y sin licencia de actividad para la susodicha terraza. Pero llaman la atención las declaraciones del alcalde de Palma diciendo que el ayuntamiento se personará, supongo que como acusación particular, en el eventual proceso de investigación judicial que se derive. No sé qué decisiones tomará el juez de instrucción, pero quizás el ayuntamiento debería ser parte investigada, ya que no se entiende su dejadez en la inspección de obras irregulares y actividades sin licencia.

Mallorca en su conjunto también ha sobrepasado el punto de saturación y la isla corre el peligro de hundirse, no físicamente, pero sí metafóricamente. Hace tiempo que los residentes venimos padeciendo una insoportable invasión de hordas de visitantes, algunos de los cuales, demasiados, se comportan como bárbaros invasores, sin el más mínimo respeto por las personas, el patrimonio, el medio ambiente, las infraestructuras, ni la convivencia. Hacen un uso desmesurado, injustificado e insoportable de los recursos que la isla pone a su disposición y no tienen ni el más mínimo sentido de la mesura, el respeto y el decoro.

La pandemia nos dio dos años de relativa tregua, pero desde el año pasado la situación está empeorando al galope tendido. El paraíso se está convirtiendo en un infierno y el dicho “el turismo es una bendición” está transmutando en “turista go home”, se está produciendo una auténtica, y en mi opinión justificada, aversión hacia la saturación turística. Parece que hasta los políticos de Partido Popular, siempre aliados de la industria turística y proclives a implementar medidas favorables a los intereses de los hoteleros y que hasta ahora nunca habían querido ni considerar actuaciones de decrecimiento controlado del número de visitantes, están empezando a reconocer que habrá que empezar a pensar en políticas que conduzcan a algún tipo de límite. Esto parece deducirse de la declaraciones de hace alguna semana del alcalde de Palma, algunos de cuyos barrios empiezan a ser invivibles y en algunas de cuyas calles más céntricas hay que avanzar abriéndose paso a codazos.

El problema es que llevar a cabo un proceso paulatino y progresivo de decrecimiento turístico y uno paralelo de desarrollo de nuevas actividades económicas no es posible sin la cooperación y coordinación de la administración autonómica y el gobierno central, lo que no parece nada sencillo, debido a la dificultad inherente de casar dos intereses contrapuestos. No cabe olvidar que a España lo que le interesa de Mallorca, de Baleares, es extraer el máximo provecho posible, es decir, recoger mucho más de lo que invierte. Es por esta razón que todas las grandes inversiones que el estado ha realizado en Baleares han ido a infraestructuras que permitiesen la llegada de cifras cada vez más exorbitantes de turistas. Así la inversión en los aeropuertos o en las terminales de cruceros del puerto.

En cambio, brillan por su ausencia las inversiones para mejorar la vida de los residentes y para compensar las necesidades de una población que ha crecido desproporcionadamente por una inmigración atraída por el aumento del turismo. Tenemos déficits en sanidad, educación, asistencia social, transporte público, residencias asistidas, vivienda social y tantos otros, pero eso serían inversiones sin retorno para el estado y, por tanto, no le interesan. Dejan que sea la administración autonómica la que se encargue, con una infame financiación manifiestamente insuficiente, cuyo sistema está caducado hace diez años y que tampoco tienen ninguna voluntad de reformar y, en cualquier caso, ninguna reforma que vaya a favorecer a Baleares.

Hace muchos años, al poco de llegar a vivir y trabajar a Mallorca, leí, no recuerdo dónde, sobre una teoría de que la estructura geológica de la isla era como un hongo, esto es, que se levantaba del fondo del mar un pie rocoso estrecho que en la superficie se extendía como el sombrero de una seta. Obviamente es una memez del mismo estilo que la tierra plana, el mito polar, la tierra hueca y otras similares, pero en las circunstancias actuales resulta tentador pensar que, de ser cierto, correríamos el riesgo de que Mallorca empezara a desmoronarse en pedazos que se hundirían en el mar, debido al exceso de peso.

Si bien eso es geológicamente imposible, no lo es que la sociedad mallorquina pueda llegar a hundirse por la superpoblación, residente y visitante, y la rapiña económica del estado español.

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