De tanto en tanto, alguna opinión autorizada nos recuerda que nuestro modelo sanitario es insostenible. Sólo la generalizada y descorazonadora crisis de valores, institucional, política y económica en la que languidecemos, hace que la gravedad de tal circunstancia pase casi inadvertida. El diagnóstico se nos presenta claro. La sanidad pública española se desangra por un creciente endeudamiento a corto plazo, cuya foto fija en este momento es de 15.000 millones de euros. Y a largo plazo en torno a 25.000 millones de euros. A efectos prácticos entiéndase por corto plazo hasta los más de 2 años que algunos proveedores de la sanidad pública tardan en cobrar lo que se les debe, algo menos, un año y medio, en Baleares. Por largo plazo entiéndase los próximos 30 o 40 años, en los que nuestros hijos y nietos seguirán pagando, con intereses, nuestros gastos de hoy y el despilfarro de los últimos años de bonanza. La patología se da indistintamente en las autonomías gobernadas (o desgobernadas) por conservadores, progresistas, demagogos, románticos o victimistas/nacionalistas. A pesar de sus diferencias todos coinciden en que la culpa de tan irresponsable endeudamiento no la tienen ellos, sino los otros. Las soluciones para la sanidad pública, de haberlas, son tan impopulares que no es previsible que se planteen, por políticos de diseño, expertos en frases trilladas, en poses artificiales y en gestos huecos, aprendidos durante cuatro tardes en un curso de oratoria. Incluso en el supuesto de que apareciera el político con el valor y la decencia suficientes para hacer lo que hay que hacer, liberado de la obsesiva dinámica electoralista, que en el decadente panorama político español ocupa los cuatro años de legislatura, éste no contaría con el beneplácito de una sociedad que, al igual que un adolescente inmaduro, malcriado e infantilizado, no quiere ni oír hablar de esfuerzo y sacrificio. En el tema que nos ocupa los análisis de quienes más saben coinciden en que el excelente sistema sanitario español, tal como lo conocemos, tiene los días contados. Basta analizar los presupuestos de los departamentos de sanidad. Sin ir más lejos el de Baleares. Premeditadamente imposibles año tras año, porque de antemano se sabe que el gasto realizado será muy superior al gasto presupuestado. Tal inmoralidad sólo es posible cuando se sabe que el desfase, en forma de deuda, no lo pagará quien lo origina, sino quien venga detrás, la sociedad presente y la futura. Si se comparte el diagnóstico expuesto, y aparcamos la demagogia, quizás percibamos el copago sanitario como algo más necesario y menos escandaloso. Pero cuidado, no caben confusiones, ni cheques en blanco. El copago mal planteado podría agravar el problema. No puede ser entendido, ni planeado como un aumento de los ingresos para seguir incrementando ilimitadamente el gasto. El copago ha de tener única y exclusivamente el fin de reducir una deuda sanitaria que no debería haber alcanzado el volumen presente, y que por cuestión de responsabilidad no debería ir más allá de la generación que la ha provocado. Simultáneamente a la medida se ha de informar a la sociedad, aunque se indigne y patalee, del coste de nuestra excelente sanidad. ¿A qué vienen los aspavientos ante la idea de entregar a los usuarios las “facturas sombra” con el coste de su tratamiento? Sólo una sociedad informada está en disposición de decidir si renuncia a uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo o cuánto está dispuesta a esforzarse por mantenerlo. Cabe tener en cuenta algunas argumentaciones de quienes se oponen al copago, especialmente las que hacen hincapié en eliminar gastos innecesarios del presupuesto general en partidas no esenciales (de los que en Baleares sobran ejemplos) para redirigirlas a apartados considerados esenciales por la sociedad (sanidad y educación). Pero tales medidas, imprescindibles para aproximar los ingresos a los gastos reales en cada ejercicio económico, son insuficientes para frenar la sangría de un endeudamiento incontrolado como consecuencia de la demanda ilimitada de quienes siguen percibiendo y usando las prestaciones sanitarias como algo inagotable y gratuito. Lamentablemente, en el panorama no se vislumbran unas nuevas bodas de Caná en las que el presupuesto sanitario se multiplique, milagrosamente, como los panes y los peces. Junto al copago sanitario (en la forma que menos duela) se imponen políticas de contención del gasto y de reordenación del presupuesto. Ninguna de ellas excluye a las otras, ninguna es suficiente por sí sola y de ninguna se puede prescindir. (*)Enfermero en Son Espases





