Otra vía de agua

La huelga inesperada de los controladores aéreos no tendría importancia si no fuera que en este país vivimos de sobresalto en sobresalto y que ya tenemos anuncios de que el año acabará en el caos. Es una vía de agua que, si fuera la única, sería perfectamente controlable. Pero el problema es que ya no quedan marineros ni bombas para achicar el agua. Esto empieza a escorarse. Los controladores constituyen un grupo de poder que saben que tienen la capacidad de presión suficiente para imponer sus condiciones al Gobierno. Por eso y porque nunca han tenido delante a nadie dispuesto a anteponer el interés público a su supervivencia, tienen salarios superiores a los 200 mil euros, lo cual es indecente, vergonzoso y debería ser suficiente para abrir una investigación para conocer quién firmó estos salarios (y no es un socialista). Ellos aducen que Aena gestiona mal. Tal vez sea verdad; incluso probablemente sea verdad. Pero una persona que gana 200 mil euros no puede quejarse. Es obsceno que abra la boca. No debe más que ser servil con los españoles que le pagamos ese dineral. Deberían estar en sus horas libres abriendo los coches que llegan a los aeropuertos y dando besos a los viajeros. Ese sueldo supera al de muchos directores generales de empresas, incluso importantes; no lo gana casi ningún trabajador autónomo, mucha gente que no sabe lo que es el reloj, ni el descanso, ni los 'puentes'. Si encima le añadimos el escándalo de que no pueden ser despedidos, de que son funcionarios, de que es un sueldo de por vida (perdón, hasta que se prejubilen), ustedes me dirán. El Gobierno socialista, otra vez, ha armado un lío. Con un colectivo así sólo hay dos posibilidades: una es callar y pagar, que va a ser lo que se hará y la otra es callar, prepararse con la detección de sustitutos, ensayar el golpe, buscar controladores por toda Europa y, por ejemplo en un día como hoy, proceder a despedirlos a todos en cumplimiento del Código Penal. Mañana no tendremos aviones, el lunes podrían volar algunos servicios mínimos, y en una semana, tras incorporar la plantilla previamente detectada en Europa, recuperar la normalidad. Esto no sólo es necesario, sino urgente. Hay un antecedente: Reagan en Estados Unidos despidió a todos los controladores y, por supuesto, jamás hubo otra huelga similar en el país. Pero no, ya verán en qué acabará todo. En lo mismo que la huelga de personal de Aena en Barcelona que bloqueó totalmente el aeropuerto. En lo mismo que todas las sempiternas huelgas de los pilotos del Sepla. Por lo tanto, mañana pondremos unas toallas en esta vía de agua, sabiendo que no hemos arreglado el problema, pero que aguantará hasta que llegue el siguiente Gobierno, en unos meses. Como venimos haciendo desde hace más de veinte años con todos los problemas, con todas las crisis. El gran problema de este país es que, si continuamos así, los ciudadanos dejarán de aceptar a las instituciones que nos hemos dado; habrá una reacción virulenta contra este estado de cosas y, al final, habremos acabado con uno de los períodos más prometedores que hayamos vivido jamás. Después algunos que han abusado de las instituciones, algunos que han dejado que se llegara a este punto, dirán que hay gente que no respeta las normas. Pero la cuestión es que el modelo que nos hemos dado está generando desesperación, lo peor para pensar fríamente.

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