La radiografía presentada por Emaya sobre la limpieza de grafitis en Palma durante 2025 ofrece números que bien pueden leerse como un dato positivo para la ciudad: casi 10.000 pintadas eliminadas en espacios públicos, mobiliario urbano y fachadas, lo que supone un incremento de casi el 80 % respecto a 2022 y un volumen notablemente superior a las cifras de años anteriores.
No cabe duda de que estos datos son un indicio de intensidad en la respuesta municipal ante un problema que deteriora el paisaje urbano y castiga la convivencia: la limpieza se ha extendido por todos los barrios y no se ha limitado al casco antiguo, y la ordenanza cívica contempla sanciones de hasta 3.000 euros por pintadas vandálicas. Esto demuestra que Cort ha asumido la cuestión como una prioridad real, y que el esfuerzo de Emaya —y de todos sus operarios— merece el reconocimiento de los palmesanos.
Sin embargo, la limpieza no puede ser el final del relato, sino el primer paso de una estrategia más amplia y eficaz. La realidad que esconden las cifras es que el problema persiste a un nivel estructural: por cada pintada que se borra, aparecen nuevas. El volumen de intervenciones refleja el trabajo hecho, pero también trabajo que hay que volver a hacer. Si la eliminación de grafitis se convierte en una rutina inagotable, es porque la causa del vandalismo no se está abordando con la contundencia necesaria.
Cort ha asumido la cuestión como una prioridad real, y el esfuerzo de Emaya —y de todos sus operarios— merece el reconocimiento de los palmesanos
Palma no puede contentarse con estar más limpia al final del año que al principio. La ciudad merece espacios públicos que no se manchen en primer lugar. Eso exige no solo operativos de limpieza más potentes, sino prevención efectiva: vigilancia, disuasión, educación ciudadana y, sobre todo, sanciones ejemplares para quienes destruyen con spray lo que pertenece a todos. Si la respuesta ante el vandalismo no incluye un componente real de disuasión, entonces la gráfica de grafitis eliminados seguirá creciendo cíclicamente, año tras año.
Detrás de cada cifra hay un síntoma de incivismo que no se corrige con pintura ni con decapantes. La clave está en que no se ensucie en primer lugar: en inculcar respeto por el espacio común, en que la ley se aplique de manera firme y proporcional, y en que quienes vulneran la convivencia asuman el coste —administrativo y social— de sus actos. Limpiar está bien. Evitar que ensucien está mejor.




