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Que Dios nos coja confesados

domingo 19 de enero de 2020, 01:00h

Hace pocos días en una de las calles del centro de la ciudad de Palma se produjo un pequeño colapso circulatorio (uno de esos a los que ya estamos acostumbrados estos últimos años) si bien por motivos completamente distintos a los habituales. Nadie se había parado en doble fila para comprar el pan (los residentes en Mallorca ya sabemos que lo prudente es circular siempre por el carril de la izquierda o del centro, si lo hay, evitando a toda costa el carril derecho aunque aparentemente no lo esté usando nadie porque sabemos que si lo esta usando alguien, pero parado).

Ese pequeño caos circulatorio tampoco se debía a las inclemencias climatológicas que convierten, de vez en cuando, a la ciudad de Palma en un campo de prácticas para conductores repentinamente inexpertos. No se había producido afortunadamente, ningún accidente de tráfico ni era el día de todos los Santos día que aprovechan los conductores de más de ochenta con permiso de conducir, vigente o no, para desempolvarlo y sacar el seiscientos o el coche del nieto a fin de trasladar a toda la panda de ochenta y tantos y montar un inolvidables caos en los cementerios de la ciudad.

El caos de hace pocos días tenia algo de especial: una calle con vehículos aparcados en ambos lados y un solo carril de circulación. Los vehículos en fila india parados sin poder avanzar porque en un vehículo aparcado en la parte izquierda un señor con una silla de ruedas intentaba en vano introducirse en su vehículo por la parte del copiloto y manteniendo la puerta, de forma comprensible, abierta de par en par para efectuar la difícil maniobra.

Todos los presentes que contemplaban la escena tardamos varios minutos en comprender: esa persona, un señor bastante mayor, estuvo intentando pasar de su silla de ruedas al interior del vehículo durante varios minutos porque en realidad cuando uno ve una escena así, enseguida piensa que saldrá de repente alguien corriendo, le ayudará a subir, se sentará a su lado en el asiento del conductor y lo acompañará dónde tenga que llevarle.

No obstante a veces las cosas no son como parecen. Cuando después de varios minutos de espera bajo del vehículo el primero de los conductores que estaba esperando pacientemente en esa fila india pudo comprobar anonadado que, en el interior del vehículo, si había una persona esperando, sentada al volante, una cuidadora del anciano que cuando se vio amonestada por todo el personal allí congregado y presente, bajo del vehículo sonriendo y pidiendo disculpas, para ayudar a quien tenía que haber ayudado desde el minuto cero.

Seamos realistas: si sobrevivimos a todas las catástrofes climatológicas que nos esperan; si sobrevivimos a enfermedades que no tienen todavía cura; si llegamos a esa edad en la que ya no podremos tener autonomía suficiente para casi nada, como se dice vulgarmente “que Dios nos coja confesados” porque podemos tener suerte y tener a nuestro lado a un ángel que nos cuide o caer simplemente en manos de cualquiera y nada podremos hacer para remediarlo.

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