Visité Cuba por primera vez hace más de veinte años. Viajé allí por motivos profesionales, y mi conclusión sobre el país fue clara: todo era mentira. Todo, menos la simpatía de sus gentes, su naturaleza espectacular, sus playas paradisíacas y un hedonismo generalizado que impregna el día a día de los ciudadanos. Esa filosofía de vida, que se traduce en maximizar los placeres y minimizar los disgustos, supone un arma de doble filo. Por un lado, ha permitido a una mayoría de cubanos soportar durante siete décadas una dictadura sanguinaria. Por otro, ha facilitado que el régimen castrista perdure mucho más tiempo del que nadie preveía.
Insisto en que, desde el punto de vista de su economía, a principios del XXI todo era mentira en la isla caribeña. Cuba era un país que sobrevivía gracias a la caridad de otros países administrada por un gobierno profundamente corrupto. Si un ejecutivo treintañero como yo era capaz de advertir aquel panorama, qué no sabrían los grandes empresarios turísticos que comenzaron a invertir allí a finales del siglo XX.
Como no soy muy listo, preferí preguntar. Y pregunté. ¿Dónde está la gracia de hacer negocios teniendo como socio mayoritario a una empresa del ejército cubano? Porque la dificultad no consistía en que se llevaran el 51% de los beneficios de tu trabajo. Es que, además, te colocaban en los hoteles a todos los familiares inútiles de la nomenclatura del Partido Comunista de Cuba, a menudo jóvenes malcriados que consideraban humillante servir un café a un extranjero, pero que se aguantaban por las propinas en dólares o en euros que les dejaban los turistas. Este siempre me pareció un ejemplo muy gráfico de la contradicción existencial, o más bien hipocresía, que anida en el comunismo.
Pero volvamos a la pregunta. En aquellas circunstancias, ¿para qué Meliá e Iberostar querrían operar casi treinta hoteles en Cuba? Muchos creen que para forrarse, pero no es del todo cierto. La facturación de esos establecimientos en los últimos años había caído en picado. Es cierto que, al principio, el negocio era rentable a pesar del enorme mordisco que se llevaba Gaesa, el holding público que ha hecho millonarios a unos cuantos burócratas y generales del ejército cubano. Sin embargo, si se compara con el total de beneficios que reportan cada año esas dos multinacionales con sede en Mallorca, Cuba nunca fue el solomillo de sus cuentas de explotación.
Entonces, ¿qué hacían allí esa empresas? Básicamente, esperar. Era imposible que, lo que había visto yo, no lo vieran empresarios mucho más inteligentes que este juntaletras. Aquello era todo mentira, un sistema económico de cartón piedra que sólo se sujetaba por la propaganda oficial del régimen y la limosna internacional, primero de la Unión Soviética, luego de China y, finalmente, de la Venezuela chavista que le regalaba, o se dejaba robar, su petróleo. Aquella patraña no podía durar para siempre. Tarde o temprano, la tramoya del escenario se vendría abajo con estrépito, y allí quedarían empresas bien posicionadas para expandirse en un país con infinitas posibilidades turísticas.
Ocurrió que Fidel Castro aguantó vivo hasta los 90 años. Viendo aquellos habanos que fumaba sin parar, nadie apostaba a que sus pulmones funcionaran durante tanto tiempo. Desaparecido el líder de la revolución —otro faro moral, como Zapatero— tomó el relevo su hermano Raúl, que este año ha cumplido 94 evidenciando una envidiable genética familiar. Juanita, la hermana disidente, falleció en Miami también a los 90, como Fidel.
Cuando, en 2021, Raúl Castro cedió sus poderes ejecutivos a Miguel Díaz-Canel, los más optimistas se ilusionaron con la apertura del régimen. Pero eso significaba ceder, algo complicado cuando se lleva medio siglo manejando el país como si fuera tu cortijo particular. Obama y Biden, probaron la mano blanda, relajar el embargo y aflojar las sanciones. Pero todo siguió igual, o sea, degenerando.
Ahora, Donald Trump y Marco Rubio han pisado a fondo el acelerador para asfixiar a una dictadura que lleva décadas aplastando a la disidencia y llevando al pueblo cubano a la miseria. En consecuencia, Meliá e Iberostar se han visto obligadas a abandonar la gestión de los hoteles que compartían con Gaesa. Ocurre que Trump no hace nada gratis, y todo apunta a que, cuando el tinglado castrista finalmente se desmorone, serán empresas hoteleras estadounidenses las primeras que vuelvan a instalarse en aquel paraíso turístico. Gabriel Escarrer y Miguel Fluxá se anticipaban al fracaso del comunismo cuando decidieron invertir en Cuba. Lo que no pudieron prever es que un tiburón de los negocios, y no un político, llegara a ocupar la Casa Blanca.




