Hace una semana sucedió algo en el mundo, que provocó que sucediera algo en España, que provocó que sucediera algo en Baleares. Podríamos decir que fue una sucesión de causalidades que se desarrolló en el sentido inverso al efecto mariposa, según el cual sobreviene un caos a largo plazo como consecuencia de una pequeña variación inicial en una estructura compleja.
Ya digo que en este caso ha ocurrido al revés, porque la «pequeña variación inicial» no ha sido tal, sino más bien el bombardeo de Irán, un país que dispone de enormes yacimientos de gas y petróleo y que lleva años tratando de fabricar armas nucleares. Es difícil de predecir la duración del caos actual, pero la mayoría coincidiremos en que un ejemplo claro de estructura compleja es el sistema mundial de equilibrios geopolíticos. Digo la mayoría, porque nuestro presidente del Gobierno al parecer no aprecia tanta dificultad en el análisis de la situación. La cosa es tan sencilla que Pedro Sánchez ha sido capaz de resumir la posición de España en cuatro palabras: No a la guerra.
Esa capacidad de síntesis no ha estado al alcance de ningún otro líder de la Unión Europea. La mayoría de ellos han manifestado sus reparos a la operación militar de Trump, pero sin llegar al nivel de clarividencia de nuestro presidente, que llegó a afirmar en su comparencia que esta guerra de Irán no traerá «salarios más altos, ni mejores servicios públicos ni un medio ambiente más saludable». Ojo a este argumento pacifista, tan pueril e incontestable que lo podríamos aplicar también al desembarco de Normandía.
La perversión del debate estriba en el planteamiento de máximos. Criticar el discurso irresponsable, maniqueo y oportunista de Sánchez supone, de manera implícita, aplaudir la muerte de civiles y animar a Estados Unidos para que destruya Irán. Igual que en la guerra de Gaza, o en la operación para detener a Maduro. Defendemos la legalidad internacional y protestamos, de palabra, cuando Hamas asesina en unas horas a mil judíos, o los ayatolás arrasan en dos días a cuarenta mil manifestantes en las calles de Teherán. Al contrario de lo que pueda parecer, esa es una postura cobarde y abyecta.
La mayoría de análisis sobre los efectos de este conflicto, si se alarga en el tiempo, se centran en lo económico. Subida de los carburantes, de los precios de la energía y de los tipos de interés. Inflación, retroceso del comercio mundial, aranceles… Todo esto es verdad en términos globales. Pero en España, el afán de Sánchez por tensar el debate público con declaraciones mucho más gruesas que las del resto de nuestros socios europeos y de la OTAN, tiene otras consecuencias.
Esta semana tuvo lugar la ITB de Berlin, una de las ferias turísticas más importantes del mundo. Como siempre, el presidente de la Federación Hotelera de Mallorca dio una rueda de prensa para valorar el evento y las perspectivas de la temporada turística. A diferencia de Pedro Sánchez, Javier Vich se avino a contestar preguntas de los periodistas. Una de ellas fue sobre fue sobre el uso de las bases militares estadounidenses en España. A partir de ahí, sólo uno de la decena de medios de comunicación allí presentes publicó un titular tendencioso que no reflejaba la respuesta y que inducía a pensar que los hoteleros estaban a favor de los bombardeos en Irán. Se exigió una rectificación al periódico y este aceptó. Entre medias, ocurrió algo surrealista.
A raíz del titular manipulado, la plataforma “Menos Turismo, Más Vida” emitió un comunicado denunciando que «el gran lobby turístic pretén marcar l’agenda política i el relat públic en funció dels seus interessos econòmics». Y aún más: «És profundament indigne que davant escenaris de guerra, morts i destrucció, la principal preocupació que es posi damunt la taula sigui la temporada turística i els beneficis del sector. Aquesta actitud revela una mentalitat obscena: la vida, la pau i el dret dels pobles queden subordinats a l’ocupació hotelera i als marges de benefici».
O sea, la periodista hace una pregunta que no tiene que ver directamente con el contenido de la rueda de prensa, tergiversa la respuesta, y al rato leemos un comunicado delirante de una plataforma cuyo nombre es algo parecido al «No a la guerra». ¿Quién en el mundo, excepto los iraníes masacrados por sus gobernantes, está coreando un «Sí a la guerra»? En la actual situación de Baleares, ¿quién se apuntaría a una manifestación con el lema «Más turismo, menos vida»?
Este es un buen ejemplo de cómo las decisiones de un político irresponsable para dividir a una sociedad en su propio beneficio, pueden traspasar el ámbito de ese debate para terminar encabronando otros asuntos en los que es necesaria cierta mesura para alcanzar acuerdos. Nadie quiere la guerra. El problema es que, a los más vociferan por la paz, no parece que les interesen demasiado los consensos.




