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Sí al catalán, por pragmatismo

Por Francesca Jaume
lunes 13 de septiembre de 2021, 04:00h

Tras semanas de polémica, IB-Salut ha anunciado que no expedientará a la doctora denunciada por discriminación lingüística al no haber querido atender a una paciente que se dirigió a ella en catalán. Una vez más, ha vuelto a haber polémica en torno a la exigencia -o no- de conocimientos de la lengua catalana para el personal sanitario. El “¿Que prefieres, que te cure o que hable catalán” versus “se vulnera el derecho de los ciudadanos a hablar en una de las lenguas cooficiales de la comunidad autónoma” ha vuelto a llenar tertulias y debates. Y, como nebulosa en todo ello, está la sempiterna discusión en torno a la denominación de la lengua propia de las Islas Baleares, que científicamente se llama “catalán” aunque algunos la denominen “baléà” y otros “mallorquín, menorquín, ibicenco y formenterense”.

El gran problema de la concepción de nuestra llengua propia versa en torno a su nombre. Si en vez de “català” se llamara cualquier otra cosa, no sé, por ejemplo ‘jatedirecoses’, ya no existiría el problema tal como está planteado. Porque la catalanofobia que ha explotado a nivel de toda España de una década hasta hoy es atávica en nuestra comunidad, y de manera muy especial en Mallorca. La catalanofobia en Mallorca no proviene sólo de población emigrada de la Península Ibérica, proviene especialmente de personas con los ocho apellidos mallorquines que han vivido toda la vida con aquello de “català si no t’ha fotut te fotrà”. Para muchos, decir que aquí se habla en catalán equivale a afirmar que Mallorca pertenece a Catalunya, lo que es absurdo porque para estos mismos seguro que no se les ocurre pensar que México pertenece a España por hablar español (así lo defiende la RAE a pesar de que la CE lo denomine “castellano”).

Esta actitud se me antoja un tanto torpe de miras. Siendo como es el carácter mallorquín muy pragmático, debería de entender que no es bueno reírse cuando se hace de menos a todo lo catalán, aunque sólo sea por interés propio. Detrás de las actitudes que desprecian e intentan denostar todo lo que huela a una Catalunya - o Euskadi también- con características identitarias propias, está el ansia de destruir aquello que supone diversidad, para sustituirlo por lo querido por la mayoría.

Cuando nos parece bien que a nivel popular se pida que no se consuma cava, estamos contribuyendo a que sólo se consuman fermentados de las regiones vitivinícolas más famosas. Cuando aplaudimos comentarios de desprecio hacia las sardanas, le estamos dando alas a que después se haga lo mismo el ball de pagès (mal llamado ball de bot). Y cuando nos parece bien que digan que el catalán no sirve ni para viajar, estamos dando pie a que la lengua que llevamos tantos siglos hablando en Mallorca acabe arrinconada a un ámbito estrictamente familiar. Si nos parece bien que se trate al catalán como provinciano, luego no nos podemos quejar que se nos trate igual a nosotros. Lo hemos consentido y fomentado.

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