El domingo pasado, un chico de 31 años pasó a la historia del deporte mundial. Sebastian Sawe se convirtió en el primer ser humano que completa un maratón oficial en menos dos horas. Digo oficial porque siete años antes, el 12 de octubre de 2019, otro atleta keniano había corrido esa misma distancia en Viena en unas condiciones que no permitían validar la marca. Eliud Kipchoge dispuso de un grupo de siete liebres durante todo el recorrido, que se iban turnando, entrando y saliendo del circuito, para rodear al atleta y reducir la resistencia del aire. Kipchoge no se tuvo que desplazar a un lado en los avituallamientos, porque su entrenador le acercaba el líquido desde una moto eléctrica. Incluso la organización construyó un pequeño peralte en una curva de 180 grados por la que tenía que pasar en cuatro ocasiones, y así evitar que perdiera algún segundo en cada giro.
El caso es que yo estuve allí aquel día, en la Hauptallee, la avenida de casi cinco kilómetros que recorre el Prater de Viena de punta a punta. Vi pasar muy de cerca a Kipchoge ocho veces, cuatro en cada sentido, flotando sobre el asfalto subido a aquellas zapatillas blancas Nike que parecían el calzado de un astronauta. El caso es que es yo estaba situado a doscientos metros de la meta, y la última vez que se acercaba Kipchoge vi de lejos sus dientes blancos. Llevaba corriendo a un ritmo sobrehumano durante una hora y cincuenta y nueve minutos, pero en esos momentos era capaz de sonreír con todos los músculos de la cara relajados, como si terminara de rodar con los amigos una mañana cualquiera por los caminos de tierra en Kaptagat, su centro de entrenamiento en Kenya a 2400 metros de altitud.
La proeza de Kipchoge abrió el debate sobre cuándo sería posible para un atleta bajar de las dos horas en un maratón oficial, sin esas ayudas ni condiciones controladas en la carrera. Algunos opinaban que aún estábamos lejos de verlo, sobre todo por la ayuda de las cinco liebres dispuestas en forma de lanza delante de Kipchoge, y del coche que marcaba el ritmo con una señal láser sobre el asfalto. Pero a mí, aquella sonrisa de Kipchoge me decía que lo veríamos pronto. Si hemos tardado algo más de seis años, ha sido por dos motivos: el primero, la pandemia en 2020. Y el segundo, la muerte en 2023 de Kelvin Kiptum, el chaval de 24 años que cuatro meses antes se había quedado en Chicago a 35 segundos de lograr la gesta.
Ahora, leo crónicas que ponen todo el acento en la importancia de la tecnología, en la ingesta exacta de carbohidratos por hora y en esas zapatillas Adidas que pesan 85 gramos. Es cierto que la ciencia ha desarrollado una suerte de telemetría del esfuerzo, una medición de los parámetros fisiológicos de los atletas de élite similar a la que vemos en las carreras de Formula Uno. Sobre los coches, no sobre los pilotos. A mí me parece que todo eso no le resta un ápice de mérito a esa capacidad del ser humano para romper barreras físicas. Como si Duplantis saltara con la misma pértiga que Bubka, o Djokovic jugara con la misma raqueta que Borg.
Además, todos estos desarrollos tecnológicos de las marcas comerciales también favorecen la práctica del deporte popular. Hoy, corre más gente que nunca. El pasado octubre, la última edición del Maratón de Palma reunió a un total de 8500 participantes, de los cuales el 93% eran extranjeros. Es decir, participaron unos 600 corredores españoles.
Sólo existe otra prueba en el calendario balear que iguale esa cifra de inscritos. Es la carrera ciclista Mallorca 312 que se celebró el 25 de abril, sólo un día antes de que Sawe volara por las calles de Londres. Esa misma semana, había escuchado a una diputada de Mes por Mallorca embistiendo en una sesión de control parlamentario al conseller de Turismo, Jaume Bauzá, por las molestias que causa el cicloturismo a los residentes. Algo de razón tenía, pero el tono fue tan vehemente que se podía percibir el olorcillo turismofóbico: «Todos esos putos guiris que colapsan nuestras carreteras, y usted tan contento de que nos visiten», se vino a entender.
De las 8500 bicicletas que hace nueve días circularon por las carreteras cortadas al tráfico del norte de Mallorca, 2650 iban conducidas por ciudadanos de Baleares. Eso son cinco veces más que los vecinos de nuestras islas que corrieron el Maratón de Palma seis meses antes. Es una cantidad asombrosa de ciclistas locales para una comunidad pequeña como la nuestra. Me vengo a referir a que, cuando los expertos coinciden en que Mallorca es uno de los cinco mejores destinos del mundo para practicar cicloturismo, los primeros que lo sabemos somos los residentes que montamos en bicicleta, que somos legión, y no somos tontos. Lo digo porque, de las miles de sonrisas como las de Sawe y Kipchoge que yo vi hace dos sábados en la meta de Playas de Muro, muchas eran mallorquinas.
José Manuel Barquero



