El pasado domingo lo disfruté en la playa de Puerto de Alcudia con un grupo de amigos. Comimos en uno de nuestros restaurantes favoritos y al despedirnos el propietario nos recordó que en breve inauguraban la temporada de tardeos de los sábados y las tardes ochenteras de los jueves. Agradecimos la invitación y tomamos buena nota, un poco a disgusto ya que nuestra preferencia implicaba un esfuerzo adicional al celebrase en día laboral. Esta circunstancia me hizo reflexionar porqué nuestra generación prefiere la música de la época en la que nos acostábamos aplastados bajo el peso de tres mantas que olían a naŌalina, a la que suena en la era del edredón nórdico ultra light.
En aquellos años, el medio bote de laca en el pelo y las hombreras marcando el paso no eran un ouƞit para lucirnos en la pantalla sino nuestra armadura para vivir una vida que se senơa con intensidad. Las letras de los ochenta se escribieron desƟlando el alma, desde un lugar que hoy parece inaccesible. Evocan calles, jardines, soportales, madrugadas y tugurios de luz tenue que permanecen en nuestra memoria como si hubieran sido el escenario de flashes de nuestra vida. Por el contrario, la mayoría de música actual se consume como un producto desechable falto de profundidad, plagado de pegajosos y estériles estribillos.
No me reconozco en los “likes” ni en los seguidores, ni siquiera en la lista de a quiénes sigo. Considero todo eso una vanidad que insufla el ego de quien siente pánico a la respuesta de si se siente solo, vacío o realizado en la vida. Los ochenta con su asfalto y su libertad vividos no permiơan ese vacío, te obligaban a estar presente recordándote el fundamento de tu dignidad.
Mi identidad, al igual que la mayoría de mis coetáneos, no se forjó en un escaparate ni en una métrica digital, ni cediendo datos y aceptando invitaciones y cookies, sino en una crianza colectiva formada a base de estar presente: soy un trocito de la sopa que me servían las madres de mis amigas y del asiento de escay de los coches de nuestros padres que nos acompañaban y recogían de verbenas y conciertos. En aquellos coches llegamos a descubrir que el destino era menos importante que la lealtad, las confesiones y la compañía.
No les quiero confundir, no estoy hablando de nostalgia sino de criterio. Los que crecimos así preferimos la verdad de lo que nos orjó a la vacuidad del aplauso desganado, agrio, rancio y fácil. Al final, la mujer que soy hoy fue una chica de ayer que prefiere la profundidad de una letra que duele al silencio de una red social que no escucha, y en la que por muchos corazones que me compartan me he obligado a recordarme que en el fondo le importo nada.





