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Tolerancia cero

miércoles 10 de julio de 2019, 02:00h

Es más que evidente que una parte de la sociedad española ha perdido el discurso sociológico. En el momento que por televisión se contempla que portar la bandera española junto a la del arcoíris es una incongruencia risible, no es difícil concluir que la izquierda que nos acompaña desde los tiempos de ZP se ha adueñado de toda autoridad moral para decidir lo que está bien o lo que está mal, política y socialmente hablando. Hay una línea roja que atraviesa esta nuestra sociedad que separa lo ideológicamente aceptable de los repudiables. Y el flanco bueno está tintado de rojo. Y ese flanco lo marca el discurso socialista, con la compañía inapreciablemente servil del comunismo populista. Y ese sentimiento de superioridad moral alcanza todo cuanto se decida desde esa jerarquía aplaudida por los medios sociales afines. Tanto lleno está el país de orgullo como falto de prejuicio. Se puede protestar, gritar, despotricar por los precios de los alquileres desde un palacete custodiado por patrullas de guardia civiles. Se puede protestar, gritar, despotricar contra un pacto con la derecha, rancia o no, mientras se llegan a acuerdo de gobierno con ETA, con Bildu, con el independentismo. No está mal visto montar escraches contra el político no socialista, puesto que, al fin y a la postre, no es sino un vulgar provocador. No hay que quejarse ni criticar a una alcaldesa que asiste a un festival rebozada de guardia urbana, mientras su ciudad es un territorio sin ley ni orden. Acudir a una manifestación, supuestamente libre, solidaria, inclusiva, igualitaria, puede ser objeto de todo tipo de recriminación, verbal o física, puesto que, a fin de cuentas, esa presencia no era sino una provocación. Por lo tanto, todo lo soportado por tales «provocadores» está absolutamente justificado. No solamente para los organizadores del evento, incluido los menores usados para el escrache, sino incluso para ministros en funciones responsables del orden público.

Estamos llegando a un punto en que, no solamente se han apropiado del discurso, sino que, también, van a por la calle. Ellos, los progresistas, socialistas, comunistas o feministas y sus confluencias pueden hacer cuanto les plazca, pero, jamás, jamás, consentir que la plaza de Colón se llene de personas libres, independientes de colectivos, ideológicamente distintos, pues, todo ello no es sino una simbología del fascismo, del franquismo, del españolismo más facha. Esa calle puede ser escenario de las profanaciones más sobresalientes de las creencias ajenas, de los desfiles calumniosos para las fes ajenas, pero, en modo alguno pueden presenciar ni sombra de crítica de todo aquello con lo cual una parte de la sociedad no comulga. Es anatema ideológico, y debe, no solamente ser prohibido, sino desterrado de la sociedad. No hay discusión; el NOM es el que marca las diferencias y el que fija el tono de lo positivo, de lo correcto.

Estamos a las puertas de penetrar en el tiempo del totalitarismo más sectario. Los medios afines aceptan y justifican todo cuanto provenga de esos impulsores de un país en el cual el Estado lo impregne todo, hasta lo más íntimo, convirtiéndose en director de la vida de toda la ciudadanía. Hay que pensar como está mandado, hay que hablar como está mandado, hay que estudiar como está mandado, hay que divertirse como está mandado, y sí, también hay que hacerlo como está mandado. Todo lo que no está en ese «como», es puro fascismo, según clama una Eva instalada en su búnker. Se duda si puede darse una conducta más grotesca.

Pero todo vale a la hora de lanzar las diatribas contra el adversario que se atreve a expresar que su orgullo va dirigido hacia otros ambientes; que osa exigir la misma tolerancia que le reclaman; que se siente obligado a defender sus principios vilipendiados y aherrojados por unos supuestos derechos surgidos de mentes alienadas. Unas mentes poseídas de un incomprensible don de superioridad moral sobre el resto de los mortales. Esas son las que no tienen prejuicio alguno en hacer uso de menores, de mayores, de hombres, de mujeres, de binarios, de neutros para adueñarse de la calle e impedir otro tránsito por ella que no sea el suyo. Esta intención es lo que subyace detrás los insultos, amenazas y lanzamientos que soportaron unos ciudadanos «provocadores» el sábado pasado en Madrid. Una conducta, una violencia, unos insultos, unos lanzamientos, que, sin ninguna duda, será aplaudida y justificada por todo personaje que, afirma, que la superioridad y el derecho y la libertad y la tolerancia y la igualdad está de su parte roja. A eso le llamará «Tolerancia Cero».

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