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Una investidura incierta

jueves 19 de diciembre de 2019, 01:00h
Ningún patriotismo, ni tan siquiera el sentido común, obliga a nadie a ofrecer alguna forma de apoyo a quien ha elegido por voluntad propia la dependencia de su proyecto de Gobierno de las voluntades contrarias a la estabilidad constitucional. Un Gobierno cautivo de quienes quieren romper la unidad de los habitantes de España y de quienes quieren quebrar la libertad de su economía y de su cultura no puede ser aceptable en su deriva destructiva por ninguna fuerza emanada del bloque constitucional basado en la conformidad latente de la mayoría de los españoles.

De nada sirve que intente disfrazar una mesa de negociación con los sediciosos con la pantomima de un cónclave de las autonomías o con elementos extraparlamentarios consultados según su gusto. La realidad es tozuda. El bloque constitucional a su derecha no puede condescender a su delirio pero, tampoco está claro que su conducta sea la deseable por una izquierda democrática si no es sometiéndola a acuerdos oscuros o secretos incompatibles con la seguridad del Estado y la lealtad que deben los gobernantes honestos a las instituciones vigentes.

Pedro Sánchez, falso pero osado, ha emprendido la aventura irresponsable de una investidura a ciegas sin otra seguridad que la que tenga a bien concederle el partido separatista Izquierda Republicana de Cataluña o, con más precisión, su dirigente Oriol Junqueras condenado e inhabilitado por sedición. Confía en el chantaje sobre el conjunto de fuerzas que conviven en la sociedad española de nuestros días por la necesidad apremiante de contar con un Gobierno en plenitud de funciones. No existiendo otro aspirante al cargo con suficiente respaldo parlamentario se considera a sí mismo como la única solución posible para intentar una vez más sacar a España del atasco creado por su propia obstinación en no negociar más que hacia su izquierda encubriendo bajo el adjetivo de progresista todo lo que suponga deslealtad contra el sistema constitucional unitario.

Ha cometido la deslealtad de abrir un procedimiento paralelo a las consultas institucionales del Rey con los partidos políticos con representación parlamentaria utilizando una opaca trama de negociaciones entre una dudosa representación del PSOE y una delegación extracarcelaria de ERC sin programación divulgada pero celebradas ostentosamente mientras Su Majestad despachaba consultas con los políticos correctos y se veía obligado a proponer a un candidato inseguro por la conveniencia de no dilatar los plazos para una investidura que, a juzgar por los indicios, se celebrará en plazo indefinido e indefinible a la espera de la resignación por fatiga del personal político.

Estas negociaciones no son diálogos con Cataluña, ni con los habitantes separatistas de Cataluña, sino con un partido que tampoco ostenta la presidencia de la Generalidad de Cataluña. Para corregir esta pifia, Sánchez se ha inventado esta ronda de intercambios con los presidentes de todas las Comunidades Autónomas a los efectos de que figure como una más su relación con Torra. Esa burda pantomima que ha hecho torcer el gesto a los presidentes autonómicos ha indignado a Torra que considera que, puestos a negociar “sin límites”, él es singular y no le falta razón. Más auténtico que Rufián no cabe duda que es. Este es el fondo incierto sobre el que Sánchez trata de legitimar la formación de un Gobierno de coalición con Podemos que tendría como distintivo ser el primer Gobierno de la Unión Europea con neocomunistas en el poder desde la caída del Muro de Berlín. Más impuestos para la clase media, resentimiento contra los empresarios, mentiras para los trabajadores, aumento de parados y avances en la desmembración del Estado es el horizonte previsible de una investidura nacida de un confuso pacto del sanchismo con el neocomunismo y el separatismo que sustituya a la presencia constitucional aceptada por el pueblo por una difusa referencia a unas leyes no escritas más que en la imaginación versátil de los mercachifles de la historia.

Con el Estado español maniatado por su propio Gobierno, un separatismo catalán minoritario, dividido y desprogramado se permite desafiar, humillar y degradar a una nación entera y potente porque quien ejerce el poder ejecutivo en funciones está empecinado en pasar a ejercerlo en propiedad sin el consentimiento de una representación basada en la aceptación mayoritaria expresa de la mayoría del pueblo soberano. Su dependencia vergonzante de un fragmento del nacionalismo más reaccionario lo convierte en un gobernante moralmente desarmado y operativamente paralizado. Un Estado con la potencia económica, cultural, diplomática y militar en el primer nivel del planeta se enfrenta apocado ante un desafío interior porque su gobernante en funciones no funciona como debe sino como cree que conviene exclusivamente a una megalomanía entre perversa e infantil. La fórmula de Gobierno que propone Sánchez no es la única posible. Es, sencillamente, la fórmula más tóxica posible para el futuro de España. Pero, Sánchez juega a la investidura como un jugador de ruleta rusa, esperando que con suerte no se dispare la bala del fracaso.
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